Quieres algo más

Quieres algo más

Tú quieres hacer realidad tus sueños.

Notar que escribes realmente bien.

Sabes que puedes.

Ver publicado tu libro.

Dedicar más tiempo a lo que es tan importante para ti.

Ya no te basta con lo que haces.

Quieres ir un poco más allá y sabes que es algo que está en ti.

Con el taller de Enrique Brossa y con Desafíos Literarios, escaparate donde las editoriales buscan nuevos escritores, puedes conseguir mucho más.

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Los días empiezan bien o perseguido por la policía

Los días empiezan bien o perseguido por la policía

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Yo qué culpa tenía de que me persiguiera un coche de policía por la M-40. La gente me miraba mal cuando una hora más tarde, ya me habían detenido y esposado. Cuando llegué a comisaría, qué casualidad, había en la puerta periodistas de todas las cadenas de televisión, radios, prensa… Yo creo que no faltaba un reportero ni del boletín de la parroquia. Es más: de hecho me pareció ver un niño vestido de monaguillo con una cámara de fotos.

¡Qué tendencia a exagerarlo todo! Yo  que soy siempre tan moderado…  La gente enseguida te mira mal. Pero bueno, y ellos,  ¿qué sabían acerca de los motivos por los que yo estaba siendo detenido? Nada de nada. No saben si es justo o injusto que me encuentre esposado. Que un guardia te sujete por el codo y te empuje. ¿Saben ellos si es lo que merezco? ¿Por qué la gente tiene esa tendencia al linchamiento? A hacer astillas del árbol caído.

Todo había empezado bien. Los días empiezan siempre bien, creo yo. Que un día empiece… es una buena señal. Me dispuse a escribir con el desayuno a la izuierda. Soy cumplidor. Me he metido a columnista en desafiosliterarios.com y al día siguiente tenía que presentar mi relato semanal, así que con mi portatil y mi café con leche, empecé a contarme cosas. Pero claro, no llevaba yo ni dos lineas cuando sonó la primera llamada de teléfono. Una persona que tenía una urgente necesidad de telefonearme para nada. Cómo le gusta a la gente demostrar con montones de preguntas que no tenemos verdaderos temas de conversación comunes.

—¿Qué harás este verano? ¿Cómo te va todo? ¿Hace allí el mismo calor que aquí?

Y yo, que tenía cosas que hacer, me estaba impacientando…

—Pero allí más seco, ¿no?

Al  final, no pude evitarlo:

—Consulta esa comparativa en internet porque yo no sé el calor que está haciendo donde tú vives ni la humedad que  soportáis. ¿No tenéis un barómetro en tu casa? Ni siquiera recuerdo  bien de dónde eres. ¿Estabas tú por Castilla, o en Cabo Cañaveral, o por dónde? ¿Quién me has dicho que eras, a ver?

La gente se ofende. Los conoces de internet. Se empeñan en meterse en tu vida sin motivo. Se dicen: le llamaré, le preguntaré por todo lo preguntable, le confesaré tres asuntos míos que no le interesarán en absoluto y se sentirá muy agradecido de que  me acuerde tanto de molestarle, claro que sí. Pues no. Esa es la gente que luego, cuando te detiene la policía, te mira mal. ¡Son los mismos! Exactamente no, pero igualitos, del mismo tipo de gente. Te aprecian y desprecian sin motivo, según lo hagan los demás.

Cosa distinta es que estés realmente vinculado a ellos por algún tipo de objetivo o actividad común. Por ejemplo, mis amigos, los que se meten como yo en el TALLER DE NOVELA, o los que se vienen a las ESCAPADAS LITERARIAS. Son otro tipo de relaciones y de historias.

Luego dijo que se sentía idiota  por pensar que tenía un amigo. ¡Normal que se sintiera idiota! ¿Cómo se tendría que sentir si no?

Bueno, llevé mi café al microondas,  porque con esta charla innecesaria se me había enfriado. Volví a ponerme a escribir y cuando ya había cogido el hilo, otra persona me llamó. Era una buena  amiga, empeñada en contarme su último desastre amoroso. Bueno, yo también tengo amigos y amigas,  creo, y con esta ya no  pude ser tan desconsiderado.

—Está bien que me lo cuentes, porque yo te quiero mucho, siempre que no te extiendas demasiado. Que me informes me interesa por ser tu vida. Pero si lo que quieres es ampliarme mucho el tema, ya eso es para que lo hables con una amiga, no conmigo. Yo soy un amigo, no una amiga. Es distinto, verás que sí que  lo es. No me acuses de sexismo, por favor. Yo estoy para otro tipo de temas. Pero, mira, yo te diría que lo mejor es que lo escribas. Si lo escribes, yo lo leeré con interés. Me he metido en DesafíosLiterarios.com, en uno de los TALLER DE NOVELA. Podrías hacerlo tú también. A mi esto me da la vida. Si te metieras en el mundo de DesafiosLiterarios.com te olvidarías muy pronto del desgraciado de tu ex-marido. Si te metes en el taller o te haces COLUMNISTA puedes entrar en su siguiente LIBRO DE RELATOS. En fin, hay algo en “Desafíos”. Amistad y mil propuestas literarias y… gente que vale la  pena conocer. No solo es literario lo que escriben. Ellos mismos lo son.

Así que lo que le dije a esta amiga mía vale  para todos. Registraos gratis en desafiosliterarios.com,  y mandar un texto vuestro. Y luego a disfrutar como COLUMNISTAS, o  con  los TALLERES DE NOVELA, o con las escapadas. ¿Quieres participar en el libro 3 con un relato o poema tuyo?

¡Ah, sí! Lo de la policía, que os lo estaba contando y me he  ido del tema: pues que no hago más que colgar y me llaman por el messenger.

—Hola. Oye,  ¿tenéis  por allí tanto calor como por aquí? Aquí es tremendo. ¡Sofocadita estoy!

¡Dios! Le pregunté su dirección y le dije que quería hacerle una visita urgente, que no saliese de casa. 400 Km más tarde, perpetré un plasticidio con un cuchillo jamonero. Se me fue la mano, lo sé, está mal… ¡Qué cantidad de sangre, oye! Es lo que mejor recuerdo… Pero bueno, todo esto lo voy a contar en el LIBRO 3 DE DESAFÍOS LITERARIOS que va a salir dentro de dos o tres meses lleno de relatos inéditos de todos mis amigos. Siempre que nos dejen escribir un poco, claro está.

QUIERO EL NUEVO LIBRO DE ENRIQUE BROSSA

TRATADO DE FILOSOFÍA CASERA PARA UNA GENERACIÓN OBTUSA.
Un libro de relatos, ideas y humor no necesariamente juntos

 

En aquel momento quiso flotar (fragmento)

En aquel momento quiso flotar (fragmento)

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En aquel momento quiso flotar. Había estado caminando un rato. Desolado, triste, tratando de encontrar un sentido a las cosas. Sentía una cierta inclinación por la derrota. Se aflojó levemente la corbata y se alejó del coche sabiendo que el día estaba gris y que se pondría más gris aún. Quizá deseaba la lluvia. Quizás deseaba ahogarse. Caminaba, miraba… como quien trata de encontrar algo, pero no descubría nada que fuera suficiente para cambiar ni su humor ni su vida. ¿Dónde aparecería lo que estaba buscando? ¿Era el letrero de alguna tienda? Quizás un perro abandonado. ¿Podría ser una chica que le ayudase a arrancar un capítulo nuevo? ¿Una propuesta inesperada? ¿Un conflicto distinto?
 
El cielo estaba tan oscuro… Y comenzó a gotear. Pero él siguió cargando sobre su espalda cierta lástima por sí mismo, ya que no veía de qué modo las cosas podrían variar. La cara y el pelo ya estaban mojados. La corbata parecía ser de las que se estropeaban con el agua. ¿Qué más le daba?
 
Quizás debería entregarse a la bebida y morir algo más rápidamente… Beber, caminar bajo la lluvia y morir sobre un charco… Se percató de que tal muerte le parecía más dulce que trágica. Lo trágico era seguir viviendo.
 
Las nubes estaban imponentes al atardecer. Parecían los cascos de acero de una flota de submarinos sumergidos en el cielo de Madrid. Pero realmente eran nubes y tan pronto dejaban pasar el sol como le regaban la cabeza. Pero él seguía alejándose del coche, aunque pensando en su paraguas abandonado en el asiento trasero. Allí estaba el paraguas.
 
La lluvia ya era intensa y le recordaba de modo impertinente que debía volver a la realidad y dejar de volar imaginariamente entre las gotas. Las chicas que salían de un colegio se ponían las carpetas sobre la cabeza para cruzar corriendo las calles. Los viejos se sujetaban el sombrero o la gorra. La gente se agolpaba bajo las marquesinas y se quedaban mirando su andar lento de caballo moribundo. Un camarero recogía los toldos y dejaba sin resguardo a unos peatones allí refugiados. Y cuando el agua ya manaba del cielo con rabia, empezó el verdadero aguacero. De los tejados chorreaban cataratas de un agua gris oscuro que rebotaba con fuerza de los aleros. Algunos coches paraban a un lado porque la calle se había convertido en un embalse. Los limpiaparabrisas no daban abasto para retirar el agua y dentro de cada auto, los hombres miraban con ojos igualmente intimidados y redondos que las mujeres y los niños por lo que parecía que era el principio de una inundación que llenaría la ciudad como si estuviera edificada dentro de un depósito, y se estaban temiendo llegar a ver el nivel del agua por encima de sus ventanillas. La tormenta era ruidosa por los chasquidos y latigazos que los chorros infligían sobre las aceras y las fachadas, pero de vez en cuando se escuchaba la voz de algún niño gritando, mamá, fíjate cómo llueve. Y mientras el caminante seguía impasible.
 
La lluvia arreció cuando él ya estaba empapado. En consecuencia, optó por decirse a sí mismo que eso no empeoraba dramáticamente las cosas. Se sentía patético y por algún extraño motivo, quería resistir así, permanecer patético. El mundo no le prestaba suficiente abrigo, pues el ignoraría al mundo, empezando por los fenómenos atmosféricos. Su traje y zapatos estaban ya arruinados y su triste figura siguió avanzando hasta que resbaló. Era imposible decir que se precipitó en un charco. Casi sería más apropiado contar que cayó sobre un estanque. El golpe le dolió. Se sentó sobre la acera notando el empuje del agua que circulaba cuesta abajo. Un matrimonio con un paraguas acudió a ayudarle. Pero él solo decía, estoy bien, estoy bien, hasta que casi enojado les dijo que podía levantarse solo, que le dejasen en paz.
 
El matrimonio se fue. Y siguió sentado empapándose.
 
Notó que lo miraban desde una cafetería extrañados. Se dijo que pensarían que era un loco. Y quizás acertaban.
 
Cada cierto tiempo alguien pasaba por ahí con un paraguas y le preguntaba si podían ayudarle. Otros tal como estaba decidían que era un marginado. Y a los marginados no se les ayuda nunca, porque se les ve ya instalados en su infortunio tan ricamente. Les dará igual. Solo sentimos mayor compasión algunas veces por los que no están tan mal. Quizás debía profundizar en eso… En lo de la derrota. De nuevo el alcohol le parecía la mejor idea.
 
Se hizo de noche y él, entre tanto, siguió sentado mirando hacia la leve cuesta arriba cómo brillaban las luces naranjas intermitentes de un cruce, sin poder determinar en qué pensaba exactamente. Solo mojándose sentado en mitad de la acera. Los nubarrones no podían distinguir bien desde su altura a aquel  hombre, oculto entre la tormenta y las sombras.
 
Le sobresaltó la voz de un policía:
-¿Se encuentra bien?
Levantó la vista y vio al hombre uniformado. Subió las cejas, pensativo,sin saber qué responder.
-Me encuentro como siempre más o menos.
-Levántese, aquí se va a poner malo.
Bajo la cabeza.
-Ya estoy mal.
 
El policía llamó a su compañero que lo miraba apoyado en el volante del coche de policía. Este salió de mala gana. Entre los dos lo tomaron por los hombros:
 
-Venga, haga el favor, que aunque usted se quiera mojar, nosotros no.
 
Le pusieron de pie a la fuerza y se refugiaron en un portal que había al lado. Comenzaron a preguntarle dónde vivía, qué le había ocurrido, si estaba bien. Él se encogía de hombros…
-Este hombre no tiene pinta de haberse fumado nada. 
-Déjenme. No estoy enfermo, ni drogado, y creo que… no tanto como loco, por ahora.
-Entonces, ¿qué le ha pasado?
Giró la cara como buscando hacia dónde seguir antes de responder:
-Nada. Que quiero flotar.
 
Hubo unos largos segundos de silencio, en los que los policías se miraron.
 
-Oiga, amigo. ¿Flotar? No flota, créame. ¿No será que usted en realidad lo que quiere no es flotar sino hundirse?
Él trató de sentarse de nuevo en el suelo pero se lo impidieron sujetándole otra vez.
-Vamos, levántese. ¿Qué le sucede?
-¿Quiere que le llevemos a su casa? -dijo el otro.
-¿Dónde vive? ¿Vive solo?
Los miró con calma y respondió.
-Llévenme a mi coche si quieren ayudarme, gracias.
-No. Olvídese un poco del coche, ya me dirá dónde lo tiene. O a su casa o a que un hospital le haga un reconocimiento.
Al dirigirse hacia el coche de policía se quedó mirando las gotas que, como pequeños brillantes, caían junto a los faros sin que nadie los recogiera y se subió al asiento trasero sin pensar en nada más.
Superviviente en un mundo frío

Superviviente en un mundo frío

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Hace frío, la verdad. Mi cabaña ofrece un aspecto acogedor que queda desmentido por el vaho que mi respiración desprende. Estoy incomunicado. La nieve no me permite ni abrir la puerta. Podría salir por la ventana, pero mi coche está cubierto bajo una espeso alud que por suerte no se ha llevado esta choza. Mi teléfono móvil parece tener una cierta cobertura intermitente, pero no logro avisar a nadie. Mis dedos tiemblan. Me cuesta telefonear. He echado ya los últimos troncos que tenía en la chimenea. Mantengo una llama suave para que no se consuma deprisa. Calculo que tengo fuego para una hora o dos. A partir de ahí, tendré que empezar a quemar las sillas.

Es tan bonita esta cabaña por dentro… A pesar de haberse quedado sin electricidad, y de estar tan oscura con este día horrendo. Pero la casa sigue preciosa, iluminada por la tenue fogata de la chimenea. Por ahora no tengo miedo. Hambre sí, ya son tres días… Ya tengo la primera silla preparada, con las patas rotas, listas para convertirse en combustible. Apenas hay algo de papel… Solo un periódico atrasado que he distribuido bajo mi camiseta y pantalones. Aísla muy bien del frío, esto ha sido una gran idea inspirada en los hombres sin casa que pasan las noches en los portales. Pero lo tendré que usar si me quedo dormido y las llamas se extinguen. Si el fuego se apagase… no sé si lograría hacerlo prender de nuevo. Quizás fuera haya doce grados bajo cero… Tengo helados los pies, pese a los mil calcetines que llevo puestos. Todo está muy húmedo. Necesito moverme, pero como tampoco he comido apenas… He abierto la ventana y he empezado a masticar y tragar las hojas de las plantas que tan cariñosamente viene cuidando la propietaria sobre el alfeizar. Muy bien no me siento.

Alquilé esta cabaña para estar solo escribiendo el Desafío Literario.

Quería aislarme… y sí que lo he logrado…
Mi portátil, como mi móvil se quedará pronto sin batería…
Lo peor del caso es que me voy a quedar sin mi sesión de hoy del taller de Enrique Brossa, por videoconferencia. Son unas sesiones magníficas y especiales. Si salgo de esta… creo que no desaprovecharé más mi tiempo. Escribiré más y me apuntaré a sesiones diarias de Enrique Brossa. Puede que dos o tres al día. ¡O cuatro! Y me convertirá en novelista. Me enseñará a expresarme como yo mismo soy. De momento voy a usar lo que me queda de batería para hacer el Desafío Relámpago.

Espero que no sea tarde, porque ahora lo veo todo claro. Escribir… Escribir es importante. Más que comer.

Photo by Hugo-90

Soñar no cuesta nada

Soñar no cuesta nada

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En la estepa kazaja un hombre se ha asomado a la puerta de su cabaña, de madrugada. Mira a un lado y a otro, dice no ver a nadie en el suelo, pero confiesa que en ocasiones ve a gente caer del cielo. Vive desde hace años en las inmediaciones del Cosmódromo de Baikonur. Es escritor, hijo de padre granjero.

Nikolai III, el mayor de los hijos varones del señor Petronkov, siempre soñó con ser comosnauta. A la edad de cuatro años y medio habló con su padre para confesarle la cuestión:

—Padre, he tenido un sueño.

—Hijo, sueño tengo yo que trabajo de noche y tú te empeñas en despertarme cuando sale el sol.

—Padre, es que he tenido un sueño, y va en serio. He soñado un campo de estrellas y me he visto caminando feliz entre ellas, acariciando sus puntas de plata con las yemas de mis dedos. He visto una Luna gigante, con ojos como huevos, que parecía sonreirme mientras rodando se acercaba. Padre, quiero ser cosmonauta.

—Mira Nikolai, en nuestra familia nunca hemos llegado a ser gran cosa. Los Petronkos siempre hemos sido granjeros, y tú lo serás algún día. Los hijos de la estepa nunca viajarán a las estrellas. No sueñes cosas raras.

Nikolai no escuchó a su padre. Su sueño era tan poderoso que la negativa impuesta por alguien acostumbrado a vivir sin emoción, no supuso el más mínimo contratiempo.
Durante años siguió alimentando su sueño cada dia. Cuando alguien le preguntaba que sería de mayor, él contestaba orgulloso… Cosmonauta.

Pero Nikkolai en verdad no quería viajar a la Luna, ni siquiera pretendía mover sus pies del suelo.

Lo que él deseaba con pasión era, ser ESCRITOR DE SUEÑOS. A medida que fue creciendo algunos sueños se fueron perdiendo o extraviando. Pero nunca los abandonó, tan solo los cambió de nombre.

Hoy Nikkolai vive en una cabaña, en la estepa kazaja. No es un ermitaño. Es alegre, loco y romántico. Cuerdo pocas veces, pero en la noche mira al cielo y escribe bocetos de novelas sorprendentes.

Nikkolai es mi compañero en el TALLER DE ESCRITURA DE ENRIQUE BROSSA. Hemos adaptado el horario para poder asistir juntos los miercoles. No se lo contéis a nadie, pero entre ejercicio y ejercicio, Nikola nos cuenta historias increíbles sobre los comosnautas que en ocasiones le caen del cielo.

Y algunas noches, a modo de regalo, nos conecta en videllamada para que admiremos la maravilla que supone… Escribir bajo un manto de estrellas, iluminando la estepa kazaja.

Bienvenido Nikkola.

 

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