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Me despertaron sus gritos desgarradores. Me senté en la cama sobresaltada creyendo que se trataba de una pesadilla, pero no, no se trataba de un mal sueño, aquellos bramidos eran tan reales como mi respiración agitada y los latidos acelerados de mi corazón. Sentía como su clamor penetraba en mis oídos y me recorría por completo. Un escalofrío dibujó a la perfección una columna vertebral que, expectante, se mantenía erguida. Profundos lamentos que provenían del rellano de la escalera no permitían que se oyera otra cosa. Me levanté y en medio de la oscuridad, avancé por el pasillo hasta la puerta. Cuando la abrí pude verla, estaba allí, tumbada frente a mí. Sus manos ensangrentadas cubrían un rostro despedazado, grietas sangrantes que dejaban entrever la belleza que antes había. Su cuerpo estaba cubierto de sangre, pinceladas de unas garras que se habían apoderado de ella con saña, con el ansia de saciarse de un encanto envidiado. En sus ojos el horror, el pánico y la necesidad de escapar, de huir desesperadamente de aquél dolor que quemaba.
Jadeaba, apenas le quedaba un aliento de vida, su mano temblorosa se alzó señalando hacia un lado. Yo la seguí con la mirada y le vi. Como si de una sombra se tratase,un pequeño gato negro al verme maulló levemente. Tranquilamente sentado, la miraba fijamente, mientras se afanaba en limpiar sus patas y su hocico.
Ella musitaba, me arrodille junto a ella y acerqué mi oído a su boca. Me miró a los ojos y en un último aliento susurró
-Nunca me gustaron los gatos negros.

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Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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