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No pienses que en estas líneas descubrirás la Caperucita Roja de toda la vida. Esa que aún sin saber leer ni escribir te contaba papá o mamá. ¿Te imaginas lo que sentirías con tan pocos años al ver a la abuela y la niña engullidas por el lobo feroz? El animal, con ese pelo oscuro, con esas garras afiladas y la mirada inyectada en sangre, era una estampa terrorífica que no lograba disimular ni poniéndose el camisón ni el gorro de dormir de la pobre anciana. Menos mal que había un cazador justiciero que permitía poner fin al cuento para que ninguna mente infantil quedara traumatizada.

Tampoco esperes las típicas desviaciones sobre el guion original en el que el lobo es tan inocente como Bambi, con Caperucita como ejemplo de asesina en serie. Incluso hay quien se ha atrevido a poner una gabardina medio roída al cazador para convertirlo en el sargento Colombo y así encontrar al culpable de la muerte de la abuela. ¡Cómo si no supiéramos que el asesino es el lobo! Mucho menos encontrarás aquí un rastro de lascivia, aunque en cuanto fuimos adultos a muchos nos diera la impresión que tras ver aquellos descomunales ojos, orejas, manos, nariz y dientes del lobo travestido de abuelita a Caperucita le faltaba otra pregunta por hacer.
No, este no será un cuento verosímil. Solo te recordará la realidad. Abre el periódico y en la página de sucesos encontrarás más detalles.

A la Caperucita de este cuento tampoco le ocurrirá como en la leyenda original. No la invitará el lobo, ya metido bajo las sábanas de la abuela, a consumir la carne y la sangre de la anciana que acaba de descuartizar. Tampoco la obligará a acostarse desnuda con él. La obligará a algo todavía peor.
Esta historia no pretende prevenir a las niñas sobre encuentros con malvados desconocidos, moraleja no hay. Solo es un espejo en el que verás lo que ocurre en el dormitorio, la cocina, el baño o el coche en el que están las caperucitas de hoy en día.
No sonreirás ni respirarás aliviado cuando lo acabes de leer. Al contrario, te removerás molesto y querrás gritar que ya basta, pero tu voz no será escuchada. El lobo nunca las oye.
En esta feroz historia no hay una única Caperucita, aunque sea un mismo lobo siempre quien las devora. Ellas son muchas. Incontables, además de silenciosas. ¿O ya no lo son tanto?

Una y otra vez, el lobo aparece. Siempre con el engaño del atajo. O lo que es lo mismo, con la boca saturada de disculpas, decorada con su último perdóname, con un voy a cambiar y todo será diferente. Y ellas, las Caperucitas rubias, morenas o de pelo blanco y ya escaso, aunque lo hayan oído miles de veces, y en todas hayan sido engañadas, van por el camino más tortuoso y consienten que el lobo llegue antes a casa de la abuelita. Allí, una vez que devore a la anciana, que seguro será el propio ego del lobo al que nuestra Caperucita intenta siempre salvar, se disfrazará con esas ropas; es lo que lleva haciendo toda su vida. Después, cuando Caperucita le pregunte porqué tiene esos ojos tan grandes, volverá a engañarla al decirle que para verla mejor, a ella, a quien más quiere. Pero inmediatamente después, o un poco más tarde, y si no es en ese día, será en otro, con dos tiros o con veinte puñaladas, muchas veces delante de unos ojos que hasta no ser adultos no entenderán lo que ocurre, Caperucita pasará a ser un número más que sumar a ese millar del que hablan las noticias. ¿Cuántos sumarían si se contabilizase a lo largo de todo el planeta?

Ya te dije que el final no sería como el del cuento. Los gritos de las caperucitas, siempre se oyen. Muchos quisieran ser el cazador y correr hasta la casa del bosque para, con su cuchillo tripero, poder rescatarlas del vientre del lobo. Lo que ocurre es que nunca llegas a tiempo o siempre bajas la cabeza, y Caperucita pasará a ser la mil dieciocho, o la mil diecinueve cuando estés leyendo este cuento. Un cuento que no quiere ser otro minuto de silencio más, otra unánime repulsa. Solo el relato de una violencia que no logramos detener.

Ya no es la voz de nuestros padres, es la de Pedro Piqueras, Matias Prats o Ana Blanco la que escuchas por la noche en las noticias contándote este nuevo cuento, hablándote de todas estas caperucitas de diferente nombre y edad aunque su condición de mujer las iguale. Como lo hace la capa roja que llevan a la espalda, esa que está teñida por la sangre que han derramado.

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