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Estas últimas tardes he estado bajando a la piscina. Me siento “el último hombre sobre la Tierra”, o al menos de mi urbanización. No hay nadie. Es la puta realidad. El viento cambia, o pasa una nube, pero nadie puede verlo. Solo estamos él vigilante y yo. Puedo oír su piel cuarteándose impasible bajo el sol, fundido bajo una sombrilla que soporta heroicamente, el paso de otro verano. Me mira y se encoje de hombros. Se aburre. A las 19.30h. recoge sus cosas y se larga. Ha terminado su jornada. Me saluda al irse, y me advierte de que si me ahogo, tendré que salvarme yo solo. Cada tarde, hace el mismo chiste sin gracia, con prisa y ganas de desaparecer.

Ahora sí que soy el último hombre, el último mono bajo el sol, pero decido quedarme, es el mejor momento. La brisa cambia a fresca y aún me queda una lata helada de cerveza. Lo justo para terminar un par de capítulos de esta novela de misterio que encontré por casa “Asesinato en alta mar”, muy predecible, aunque con ciertos toques eróticos que me agradan. Estoy salido, es otra puta realidad.

Quizá debería salir esta noche, ir a una de esas terrazas de moda. Elegir a una “victima” y avanzar con depuradas maniobras de acercamiento. Disfruto ese momento del acecho. De trabajar el terreno con mi elocuencia, y ver como la chica en cuestión, se va entregando sin remedio. Pobrecillas, son tan fáciles de encandilar. Todas caen rendidas del mismo modo y con los mismos chistes. No falla. Siempre follo.

O podría usar una de esas apps de ligoteo. Es muy fácil y práctico. Aunque en ocasiones, puedes llevarte alguna desagradable sorpresa. La mayoría de las veces, la foto del perfil dista mucho de la persona que se presenta posteriormente a la cita. Recuerdo la última vez que usé la aplicación. Me contactó una mujer que usaba en su perfil la foto de una escultural masajista eslovaca. Después de varias conversaciones calenturientas y ante mi insistencia en quedar, me confesó que se llamaba Manolo, no el del bombo, no. El de la tranca, me dijo. Ahora me lavo los dientes cada vez que me acuerdo, intentando borrar con dentífrico ese doloroso recuerdo. Tan solo de pensar que podría haber acudido a la cita… ¡aghhh!

He decidido darme un baño. Tengo tal calentura en tantas partes del cuerpo, que pienso que eso no puede ser sano. Necesito refrescarme.

Parece que he oído la cancela de metal, alguien está abriendo el cerrojo. Desde aquí no puedo ver quién será. El sol me da de frente…

—¡La piscina está cerrada!,  -advierto en voz alta al desconocido inesperado. No veo a quién le hablo, nadie contesta, sea quien sea acaba de zambullirse en la piscina. Puedo oír que se acerca nadando hasta mí. Levanto la cabeza estirando el cuello, intentando ver de quien se trata. Y de golpe, aparece ante mis ojos saliendo a flote, una chica pizpireta de nariz respingona y gruesos labios.

—¿Está cerrada? me pregunta resoplando, sonriendo y casi atacando. Y si está cerrada ¿Qué haces tú aquí?

—Pues, tienes razón,  soy el único que queda, así que eso  me convierte en el guardián de las olas.

—Pocas olas veo yo aquí.

—Bueno, yo tampoco. Es una tontería que me ha salido, me has puesto nervioso. No esperaba a nadie, me has asustado, lo confieso y encima tienes esa mirada. Impresiona, ¿sabes?

—¡Qué original! -dice la chica, con tono burlesco. Bueno, encantada, soy Agatha, tu nueva vecina. Espero que no te importe, pero voy a hacerme unos largos, aunque esté cerrada. ¡Que te diviertas, guardián de las olas! Ah, y si ves que me ahogo, espero que me salves.

—No sabía que teníamos nuevos vecinos. Soy Apolo, vivo en el sexto B, encantado de salvarte y todo lo que necesites, quiero decir de conocerte y todo eso.

—Uhmm, Apolo viviendo en el sexto… Me gusta. Yo vivo en el cinco.

—¿Quieres decir en el quinto, no?

—Déjalo. Quería hacer un chiste, ya sabes… el cinco. Ese número que siempre tiene premio, se burla de nuevo la chica de morros mordibles.

¡Caramba, qué descarada es! Diría que va lanzada, siendo una vecina nueva, y sin conocer a nadie… ¿Se atreve a hacer ese tipo de chistes? Debe ser una colgada, por muy buena que esté.

—Vale, Agatha, yo voy a terminar de leer y luego me iré a casa.

Me ha dejado hablando solo y se ha sumergido, nadando hasta el otro extremo de la piscina. La perspectiva de su trasero chocando y ondeando con el agua en perfecta sincronía, me ha puesto el ánimo festivo. Creo que mejor me voy a casa y me preparo para salir. Sí, definitivamente, iré a la terraza del Riu.

—Eh, Apolo  ¿ya te vas? , pensé que te ibas a quedar a leer un rato.

—Bueno, he cambiado de opinión. Voy a salir esta noche y prefiero retirarme ya. Antes de salir me gusta tomar un buen baño con música y burbujas, ya sabes.

—Calentando motores ¿eh? Eso quiere decir que vas a salir a comerte la ciudad.

—Bueno, nunca se sabe, nunca se sabe. Hasta luego, Agathita. Ya nos veremos.

 

Mi gato ha desaparecido. Dos días fuera de casa es demasiado. Pero el jodío está en celo, como yo. Parecemos siameses, o será la puta Luna y su influencia, yo qué sé. La verdad es que la vecinita me ha puesto  el ánimo jodedor. Saber que es nueva y que no conoce a nadie… Ya veremos qué pasa… Ya veremos qué pasa.

Continuará…