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La verdad que rodea nuestros actos, lo verdadero en contraposición a cuanto imaginamos, esconde afiladas dagas que suelen herirnos si profundizamos o nos damos de bruces con ella. Muy pronto lo aprendí, fue solo con catorce años y tras enamorarme por primera vez. En aquel tiempo colegial, mi vida daba saltos continuos minuto tras minuto. De esta manera, al meterme en la cama cada noche sentía un alivio espontáneo por haber culminado una etapa pero estaba seguro que la siguiente, solo unas horas después, cuando saliera el sol, me reservaba otra todavía más excitante. Los días transcurrían bajo un carrusel de actividades porque todo lo tenía por descubrir y, si era algo relativo al otro sexo, incluso muchísimo más. 

Ese mundo, a la vez tan secreto y prohibido, había brotado dentro de mí recientemente. Sin comprender bien por qué lo hacía, el cuerpo de una mujer en bikini, con toda seguridad hoy una casta imagen que pasaría inadvertida a los ojos de cualquier adolescente de esa edad, desató mi instinto y lascivia, término este último que el padre Prefecto del colegio usaba en sus sermones y cuyo significado exacto tardé años en descubrir. Naturalmente, el siguiente paso que busqué fue el de volar desde aquella fotografía en blanco y negro, ubicada en la penúltima página de un diario deportivo, hasta la piel de alguien cercano, aunque para realizar tal trayecto lo disfrazara de irremediable flechazo.

Las chicas de mi edad me parecían insulsas y, aunque con toda seguridad nos superaban en madurez para las relaciones con el otro sexo, yo, ignorante e inexperto, aspiraba a mucho más. En mi retina estaban grabadas miradas de perdición como la de Ava Gardner, el andar cruzando las piernas de Lauren Bacall o, algo más colorido, como los ojos y los desafiantes pechos de Ornella Muti. 

Con tales ejemplos fue casi algo natural que me enamorase de la única enseñante femenina que daba clases en mi colegio religioso. Era una mujer ni muy baja ni muy alta, de complexión media y de voluminoso pecho, o así me lo imaginaba, que andaba siempre como de puntillas pareciendo alargar su figura. Además, sabía que era soltera y estaba sobre los cuarenta. Para mí, cada centímetro de aquel cuerpo rezumaba sensualidad arrolladora, muy parecida a la de esos mitos cinematográficos. 

Sin embargo, solo yo entre mis compañeros era capaz de percibirlo de esa forma. Con la perspectiva de los años, he de reconocer que seguramente ellos llevaban razón, pero me parecían irresistibles su voz bronca y gesto grave que cada día usaba para dirigirse a nosotros, sus pasos cortos cuando la veía caminar delante del encerado,  o el sobrio atuendo, blusa clara cerrada al cuello y traje de chaqueta gris con falda tapando la rodilla, con el que, fuera la temporada que fuera, siempre acudía a clase. Refugiada tras unas gruesas gafas de pasta, la mirada era severa, incluso dura, pero yo sentía lo que ni gestos ni actitud declaraban: una voluptuosidad en la que deseaba perderme para siempre, quemándome en el fuego eterno con el que tanto me habían amenazado. 

Evidentemente, era mayor que yo, pero no me importaba; al contrario, como tampoco me preocupaba en exceso esa seriedad permanente que transmitía «la amargada», según la llamaba el resto de la clase. Era una máscara, lo sabía, y en cuanto cayéramos uno en los brazos del otro, se la quitaría. 

A nadie, ni a ella, por supuesto, le había hablado antes de mi amor, aunque sí tuviera que aguantar alguna chanza de mis compañeros al defenderla ante ellos de comentarios soeces.

Una excusa cualquiera —la revisión de un examen suspendido— me dio la oportunidad, al fin, de estar sentados a solas frente a frente. En cuanto levantó la vista y me preguntó por mi queja, sin esperar a preámbulos y de manera atropellada, más ante su reciente asombro, le confesé algo parecido a mi pasión por ella, el incontenible deseo que sentía por besarla, la apremiante necesidad de hacerle el amor y alguna otra frase que no recuerdo con exactitud. Su rostro acusó por un instante la sorpresa, lo que no hizo sino elevar mi excitación. Pero de inmediato regresó al sereno rictus que la caracterizaba para, observándome con fijeza a los ojos, midiendo cada palabra con pasmosa lentitud, decirme que ella no podía solucionar la confusión mental en la que me encontraba pero que si volvía a insinuarme, el director del colegio e, inmediatamente después mis padres, lo sabrían. 

Tras el discurso, un largo silencio sosteniendo mi mirada, que yo no tardé en bajar, se instaló en aquel cuarto de docentes donde, esperanzado, había acudido al encuentro de mi profesora de física. Con la poca dignidad que me quedaba, salí presuroso de allí y de aquel conato de aventura.

Esa verdad, la que yo no había querido ni tan siquiera intuir, me hirió de tal manera que tardé bastante en volver a declarar mi amor a alguien. Me sumergí en las estampas, por fin en color, con la única certeza de estar seguro sobre lo poco que se intuía o recibía a cambio de ellas, como también que estas jamás me rechazarían o delatarían. El tiempo pasó con el imperturbable caminar al que nos va acostumbrando durante nuestra vida. Poco a poco recuperé la normalidad y, olvidándome al completo del frustrante enamoramiento, tropecé en otros más a mi alcance. Sin duda, habiendo aprendido ya a escrutar la realidad antes de dejar imponerse a la imaginación y a la fantasía, mucho antes que la verdad se vuelva dolorosa y cruel. 

También, y escarmentado por el episodio, rehusé entender por qué ese curso y el siguiente, sin haber estudiado nada, la nota final de la asignatura incluyó, injustamente, sendas matrículas de honor.


( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias.)