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Cuando Monipenny dejó del convento por primera vez, tenía dos cosas claras:

Los hombres, no se miran.

Los hombres, no se tocan.

Monipenny salió un día a la calle, con faldas y casi a lo loco. Sin la coraza que le proporcionaba la protección de aquellos muros de piedra. Tapias que tan celosamente guardaban al convento y a sus novicias. Debería estar de regreso a eso de las siete y media, la hora de la decencia, ni más ni menos. Pero aquel día el sol brillaba como nunca, reflejándose descaradamente en los mofletes sonrosados de Penny, que percibió sin darse cuenta, los efectos lascivos de la primavera en su mirada. No es que tuviera la sangre alborotada, ni que quisiera descarrilarse, es que le apetecía más que nada en el mundo, comerse aquellos labios con los que soñaba cada día con sus noches correspondientes.

Nuestra Penny era mona y estaba viva, y las sensaciones le brotaban de abajo hacía arriba. Sentía que algo por dentro le mordía las entrañas cada vez que veía a Salvador Ledesma, el hijo del panadero de la calle del Pez. Le venía ocurriendo cada primer domingo de mes, justo cuando obtenía permiso para salir e ir a buscar el encargo mensual de la madre superiora. Esperaba que Salvador la mirara como se mira a una mujer, no a una joven novicia que duda de su cuerpo, de sus posibilidades y hasta de su fe. Al salir del convento y pisar el callejón se santiguaba una y otra vez. Pero no lo hacía encomendándose a ninguna protección celestial, todo lo contrario, lo que deseaba que sucediera era muy terrenal.

Quería ser amada, que Salvador abrazara sus huesos y su carne. Que hundiera sus dedos en su cuerpo, como si deseara perforar un gran bloque de mantequilla y derretirlo. Fundirse estrechada contra su cuerpo y evaporarse, diluirse como gotas de agua que se pierden en la tormenta. Parece ser que en una ocasión, el chico le mostró cierta parte de su cuerpo, la dureza de su sexo escondido, contenido tras el pantalón. Fue un accidente totalmente premeditado, para ponerla a prueba. Para ver que tan fuerte era su fe y su vocación religiosa. Poco duró su contención y fortaleza, en realidad, no tenía intención de hacerse la digna. Desde ese día, Monipenny tuvo claro, que era mujer y que deseaba con fervor estar con un hombre a solas y desde luego, que ese santo varón no tuviera aspecto de profesor, ni confesor, ni mucho menos que vistiera sotana.

En aquellos días el calor se apropió de Penny. Un rubor ardiente se extendió por su cuerpo, se apoderó de sus candorosos pechos que luchaban por salir de su prisión monacal, explorar, incluso hacer estallar los botones de su blusa, y entregarse… Entregarse al universo para ser engullida por el mundo mismo, ser devorada por la pasión y el vicio incontenible de la carne. Monnipenny frotaba inocentemente su entrepierna con la bolsa de bollos comprados al panadero… cerraba los ojos y mordía sus labios, imaginando ser poseída por el miembro enhiesto de Salvador.

Pero Salvador le repetía… ¡No te obsesiones! ¡No soy ningún apolíneo, solo soy el hijo del panadero! Lo que pasa es que tú ¡te has enamorado, alma de Dios! y ya no sabes distinguir. Y volvía a repetir, ¡No te obsesiones, ¡No te enamores!, ¡No sufras!, ¡No me quieras!, ¡No me extrañes!… ¡No es para tanto, mujer!

Definitivamente era el rey del “No”. Y así se lo hacía saber, aunque en el fondo, estaba deseando deshacerse de todos esos remilgos y amarla de una vez por todas, con todas sus erectas consecuencias. Ella en cambio, era la chica del “sí”… siempre decía, “sí”.

Sí a todo, pero no a todos. Monipenny tenía claro que era él, el chino incrustado en la suela de su zapato, y que esperaría pacientemente, a que él sintiera lo mismo. A que experimentara en su cuerpo ese dolorcito, ese pellizco comprimido a la altura del ombligo que le calentaba el alma… y ciertas partes del cuerpo.

Aquel domingo Penny se propuso entregarse a su salvador… Y preparó una cita, en la que él no tendría más remedio que concederle todos los deseos, y amarla suciamente, como se ama solamente a una cándida aprendiz… Continuará…

 

 

 

 

 

 

 

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Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras. En ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... De todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.
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