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La indignación no le dejaba pensar con la frialdad que requería su propósito. Silvia ansiaba vengarse de Luis. Él había traicionado su buena fe y el amor que por él sentía. Hacía años que vivía amargada, presa de un matrimonio sin amor. Cuando conoció a Luis, toda la ternura que atesoraba en su corazón revivió con una pujanza que le estremecía, que le hizo despertar a la ilusión y que le descubrió un apasionamiento jamás sentido. Pero él era un canalla que jugó con sus sentimientos. Ahora sentía un odio profundo. Desde que recibió la noticia se debatía entre el odio y el amor, en una dualidad imposible y desconcertante.

—Silvia —le dijo al teléfono su amiga Candy—… Sabes que te quiero y te considero mi mejor amiga, ¿verdad? —Silvia asintió y su amiga pasó a contarle, sin rodeos, la cruel traición de Luis.

—Tengo un grupo de Whatsapp con varias amigas y hemos recibido un vídeo en el que se ve a una pareja gozando en la cama, en plena faena. En un principio no di crédito a las imágenes, pero al fin acepté que la pareja de aquel vídeo erais Luis y tú. Te lo comparto para que tú lo veas.

Las escenas que el video mostraba eran vergonzosas. Allí se veía ella fornicando con la mayor crudeza, sin tapujos y sin el menor recato. Comprendió que Luis había grabado las escenas sin su consentimiento y sin que ella lo sospechase. Era ella, sin duda, pero no se reconocía por la lascivia y por el gozo desmedido de sus obscenos movimientos. ¡Qué vergüenza! El amor que sentía por Luis se convirtió en un odio tan hondo, que sentía cómo inundaba una a una todas sus vísceras.

Se puso ropa de calle, entró a la cocina y metió en el bolso un cuchillo de grandes dimensiones. Con expresión resuelta y un extraño vacío en el estómago, salió a la calle y se dirigió a la tienda que Luis regentaba.

***

Aquel establecimiento estaba dedicado a la jardinería y era el mayor de la ciudad.

Las persianas estaban a medio bajar, ya que había llegado la hora de cierre, pero aún las luces estaban encendidas y la puerta entreabierta. Silvia entró y en una esquina del mostrador encontró a Luis atendiendo a un representante de semillas y flores ornamentales.

—Buenas noches —saludó con frialdad— Tengo que hablar contigo.

Luis se sorprendió de la presencia de Silvia en su tienda y por la expresión de su rostro dedujo que nada bueno le llevaba allí.

—¡Hola Silvia! Pasa a la trastienda —dijo aparentando un aplomo que no sentía—. En cuanto acabe con este señor te atiendo.

Silvia pasó a la trastienda y se alegró de tener tiempo a solas para prepararse. Tomó de un perchero un amplio impermeable con capucha y se puso unos guantes de jardinero que encontró sobre unas cajas. La imagen que le devolvió un espejo de cuerpo entero fue de su total aprobación, comprobando que sus ropas quedaban protegidas de posibles salpicaduras. Por último cogió dos bolsas de plástico y se las calzó sobre sus zapatos. Desde allí había unas escaleras de madera que daba acceso al sótano y pensó que le esperaría allí, juzgando aquel lugar el más discreto para realizar su propósito.

Encaró decidida las escaleras y en el tercer peldaño un tacón le quedó trabado entre dos maderas mal unidas, que le hicieron perder el equilibrio. Rodó otros cinco peldaños y cayó sobre unos rollos de alambre de espino, con tan mala suerte que las púas se le clavaron en el cuello, produciéndole una honda herida por la que la sangre salía a borbotones. Quiso gritar, pero las aguzadas espinas le habían cortado las cuerdas vocales y sólo pudo emitir un gorjeo, mientras que el aire de sus pulmones salía entre burbujas de su sangre a través de la herida. El dolor era insufrible y el terror se apoderó de ella, cuando pensó que moriría allí desangrada.

Pensó que aún llegarían a tiempo de socorrerla y centró su atención en algún sonido que le hiciese saber que alguien se acercaba, pero lo único que escuchó fue la melodía de “la vida es bella”, emitida a través del hilo musical. El sabor metálico de la sangre le hizo comprender que la hemorragia interna era importante y sintió cómo sus pulmones se anegaban lentamente, entre convulsiones de ahogo.

Comprendió que debía hacer algo, pero sus fuerzas le abandonaban con una rapidez alarmante, según el líquido vital abandonaba su cuerpo. El terror se apoderó de ella, al comprender que la vida se le escapa sin remedio. Sus cinco sentidos se mantenían alerta, pero la falta de sangre hacía que, entre el hormigueo en todo su cuerpo, apenas si notara en el tacto de sus dedos lo que parecía ser el granuloso sustratos de tierra, derramada de un saco roto a causa de su caída.

Aspiró el aire que le llevaba el ferroso olor del cable de espino y, entre débiles estertores, sintió cómo el alambre desgarraba aún más la herida al más débil movimiento. Sus pulmones se comprimieron con violencia en un acto reflejo intentando despejar las vías respiratorias, pero sólo consiguieron aumentar su suplicio. Su mente estaba ya adormecida, pero no por eso dejaba de sufrir dolores y un miedo que sólo quien se enfrenta a su fin experimenta.

De repente, la esperanza volvió a su ánimo cuando escuchó los pasos de Luis bajando la escalera. ¡Todavía podrían salvarla! Los pasos eran cada vez más ligeros, más rápidos. «Seguro que Luis —se dijo— me ha visto y podrá socorrerme» Hizo un esfuerzo para despabilar sus sentidos cada vez más dormidos y de nuevo el dolor le mordió inmisericorde.

Todavía se aferraba a la esperanza, pero su vista se oscureció y, al tiempo que sus sentidos se anulaban, su alma se desprendió del cuerpo y se fundió en la fría negrura de la nada.