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(Tercera y última parte)

Bajo una luz mortecina, y antes de estar frente a la puerta donde nos recibiría aquel hombre que me iba a proporcionar el trabajo, subimos tres pisos por una escalera de madera que crujía como si la azotasen. Varios tipos mal encarados, de gruesos bíceps y barba de varios días, estaban en una especie de vestíbulo, donde yo debía esperar a mi acompañante mientras que este hablaba con su «amigo».

Las manos me sudaban y un párpado empezó a temblar fuera de control. Mi nerviosismo había ido creciendo y constatar aquel despliegue de matones y misterio no hizo sino aumentarlo. Había sobrevivido en la calle gracias a no confiar en nadie y a considerarme autónomo. Bien para ocupar cualquier cajero que ningún otro mendigo me disputara, como llevaba haciendo las últimas noches, bien para no arriesgarme en aventuras en las que no estuviera seguro. Esta de ese día era una excepción y empezaba a arrepentirme. Tampoco contribuyó a sosegarme el escuchar poco después y desde dentro del despacho una voz grave y enérgica diciendo: «¡Pasa!».

Detrás de una mesa enorme y toda llena de papeles desordenados, se encontraba de pie un tipo gordo, calvo y con cara de pocos amigos. Vestía una americana de cuero gris, una camisa negra sin abrochar los últimos botones y, con el nudo aflojado, una corbata  de colores muy chillones, como si todo el atuendo hubiera sido rescatado de un baúl con ropa de cincuenta años atrás. Al cuello llevaba una gruesa cadena de oro así como varios anillos también de ese metal. Todo en él era ostentoso hasta parecer grotesco. El tipo al que yo había ofrecido mi generosidad la pasada noche —¿sería inútil mi gesto?— estaba a un costado de ese hombre y, con su sonrisa, intentaba calmarme.

Después del interrogatorio en el que fui incapaz de decir una palabra sin tartamudear, justo tras escucharse que el puesto sería mío, aquel individuo soltó:

—De aquí y con el medio habla, mejor negocio. —Dicho esto, se giró hacia el otro y  lo abrazó.

Antes de que saliéramos, ellos conversaron en un idioma extranjero que me pareció cargado de consonantes y, en esta ocasión, no solo repitieron el achuchón sino que se dieron dos sonoros besos. Cuando comprendí que era la hora de despedirse, aunque perplejo y sin saber qué hacer, atiné con un adiós al que mi problema convirtió en palabra de cinco sílabas.

—Él también mi país, primo mío —dijo sin perder su sonrisa mi amigo mientras bajábamos por las escaleras y ya sin posibilidad de que los guardaespaldas le oyeran. Una vez que estuvimos en la calle, me explicó el trabajo con todo lujo de detalles. Insistió mucho en lo del «medio habla», él sabía que yo no me trabucaba tanto pero, además de ser un buen reclamo, a su primo no se le podía llevar la contraria, y como yo me había empeñado en hablar así, ahora no debía dejar de hacerlo. Al menos, durante mi jornada laboral.

 

De esta forma fue como llegué hasta aquí, al lado del único cajero automático de cobro que hay en el aparcamiento público de este hospital. Mendigando unas monedas y abusando del acento patrio, que despierta la solidaridad nacional, a la vez que lo hago de una exagerada y forzada tartamudez, hasta convertir el padecimiento en reclamo. De esa manera, remuevo todas las conciencias, sobre todo aquellas remisas a entregarme las monedas que, como si de una tragaperras se tratara, golpean la bandeja metálica donde caen. Un magnífico empleo que nos deja, a mí y al «primo» muy buenos beneficios.

Mi nueva amigo, sin duda el mejor que nunca tuve, y al que no he dejado de ver desde aquella noche, ocupa otro cajero también de gran rendimiento. Gracias a su recomendación, el primo nos ha alquilado una vivienda, que aunque creo no es de su propiedad sino ocupada, nos permite ilusionarnos con que tenemos un hogar. Su fajo de billetes es ya muy grande y no deja de enseñármelo cada noche. Poco le queda para que, también el primo, le venda un viejo Mercedes diésel de los 80 con el que piensa regresar hasta su país. Aunque pienso que tras pasar unos meses con la familia, volverá. No están los tiempos como para despreciar empleos de esta clase.

Por mi parte, he conseguido tomarme la medicación al poder pagar las pastillas, y estoy muy recuperado. El pariente de mi amigo, auténtico director de una empresa multiservicios, también vende teléfonos. Son robados, pero no me importa. Quiero llamar a mi madre y a mi hija, decirles que gracias a una recomendación, tengo trabajo fijo y estable, y también que muy pronto iré a visitarlas.


( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias.)