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TERRORES NOCTURNOS

Carmen se desveló pensando en las cosas que debía hacer antes de iniciar el viaje que planeaba para ese día. Abrió los ojos y paseó errante la mirada por el techo y los muros de la habitación. Vio que ya salían las luces vagas y pálidas de un falso amanecer, pues aún no había llegado el albor que le mostrara el nuevo día. No obstante, los objetos se veían, aunque imprecisos, con la débil luz de un cielo luminiscente ya sin estrellas, que se difundía en la habitación a través de la ventana abierta.

Comenzaba el mes de agosto y la brisa, que venía del cercano mar, enfriaba el aire y lo calaba de sal y humedad, en vivo contraste con el ardiente terral del día anterior. Un aire de tierra adentro, que quemaba en los pulmones y hacía difícil respirar con normalidad.

Aún somnolienta centró su interés en el tipo de ropa que se debería llevar y los mil detalles que debía tener en cuenta, cuando… ¡Supo que le acechaban! De súbito su pulso se aceleró, provocado por el miedo. Percibía una presencia que, aunque invisible, la sabía pendiente de ella. En principio dudó de sus sentidos y pensó que su instinto la engañaba, pues, si bien había ya suficiente luz en la alcoba, no veía a nadie.

Pensó que el intruso podría estar tras ella fuera de su vista, pero no se atrevía a moverse para comprobarlo. Le prestó oídos al más leve rumor y los únicos sonidos que percibía eran los de su propio jadeo y el continuo tic, tac, del reloj despertador. Aguzó su vista observando el espejo del armario en el que ella estaba reflejada y no observó nada inquietante a sus espaldas.

La muda quietud de la casa y la constatación de ver la habitación solitaria, tuvo la virtud de tranquilizar su ánimo y creyó que todo se reducía a una alarma sin fundamento, motivada por el letargo que aún empañaba sus sentidos. Suspiró con alivio y cerró los ojos. Quería dormir un par de horas más, ya que aquél día sería de mucho ajetreo.

Al fin la calma volvió a compasar su pulso y, cuando ya se iba a dormir,… ¡Creyó oír otra respiración! ¡Sí! Ya no le cupo duda: aislándolo de los demás sonidos tuvo la certeza de oír otro aliento ajeno. La angustia le oprimió el pecho y su mente le hizo imaginar móviles sombras entre las sombras. Presa de pánico intentó volverse, mirar atrás y salir de dudas, pero el creciente terror se lo impidió.

Con todo su brío gritó para pedir ayuda. Lo intentó con toda su alma, pero sólo logró que el grito se le ahogara, sin emitir voz alguna. Sólo expulsó un trémulo y ronco estertor y, aunque su ansiedad era inmensa, siguió debatiéndose contra sí misma intentando salir de aquel estado de impotencia. Notó un soplo helado de viento y todo su alrededor quedó congelado. Un frío indescriptible se infiltró en su cuerpo, haciéndole tiritar con violencia.

Carmen notó un contacto gélido que le hundía la piel del brazo. Marcas violáceas quedaron impresas, como si una mano invisible presionara y le clavara los dedos. Le dolía con una quemazón tan intensa, que las punzadas se hicieron insufribles. El terror le paralizó aún más. El pánico aflojó sus esfínteres dejando escapar la orina. Sintió un agradable calor, que de inmediato se enfrió escarchándose entre sus muslos.

Desesperada y convulsa, su pensamiento quedó aferrado en una sola idea: «¡un ser maligno me controla!» Creyó haber perdido la razón. Las lágrimas saltaron sus párpados y con lentitud bajaron por las mejillas, solidificándose casi al instante, a causa de aquel frío de ultratumba. Pensó… «¡Es el frío de la muerte!»

Le soltaron el brazo y sintió aquel contacto sobre su pecho. El frío se hundió hasta llegar a su corazón oprimiéndolo. Aquella invisible mano lo estrujaba con saña, casi impidiendo que siguiera latiendo. ¡El dolor era irresistible! No podía respirar y dolorosas pulsaciones le recorrían las arterias y golpeaban en sus sienes. El corazón dejó de latir y su mente se sumergió en una negrura tan cerrada, que parecía ser una sustancia casi sólida. Por fin se frustró todo hálito de vida y perdió el conocimiento.

***

Carmen se incorporó gritando y con violentas sacudidas, causadas por su sistema nervioso sometido a una tensión insoportable. El terror le embargaba y sus vellos se erizaron, con una sensación extraña y dolorosa. Al fin en su cerebro, ya despierto, se hizo a la idea de lo que en realidad ocurría: Nada había sido real. ¡Todo había sido una pesadilla!