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El delito que este mes realizaríamos se encontraba cifrado entre los mensajes de la sección de contactos. Era imposible descubrirnos, usábamos el mismo encriptado que los espías rusos durante la guerra fría.
Pero la afición por quebrantar la ley se quedaba en el plano teórico y nos limitábamos a detallar la planificación junto a la supuesta realización. Solo éramos delincuentes virtuales.

La idea de formar un grupo de aficionados a delinquir era mía, aunque me llevó un tiempo encontrar compañeros con gustos similares. Casi un año hacía que habíamos comenzado a jugar. Nadie nos podía relacionar, pertenecíamos a ambientes distintos y solo nos comunicábamos por un apartado de correos común, además de los mencionados mensajes en el periódico. Cada mes uno de nosotros planteaba una transgresión a la ley  y, de forma individual, el resto debía llevarlo a cabo. Lo de menos era ganar, lo conseguía quien demostrara haber urdido un plan perfecto y obtenía más votos de los otros miembros; aunque solo con participar, mi caso sin duda, se alcanzara  un inmenso placer.
Mucho más que preparando las oposiciones a registrador de la propiedad, un empeño de mi padre, mi intención era saborear cada segundo que dedicaba no solo a planear con detalle mis fechorías, sino a buscar indicios y pruebas que desmontaran los del resto. Para conseguir la excelencia en el crimen siempre debes observar las dos caras de la moneda.

Nervioso, leí la propuesta. Había que asesinar a un anciano pero con la peculiaridad que debería ser alguien con el que tuviéramos relación. Fue Flavio, el décimo y último componente del grupo, el urdidor de la idea. Un salto de gigante para quien siempre me pareció un tipo sin capacidad  creativa  a la hora de llevar a cabo nuevas incursiones por lo más sabroso de la vida, el mal. Rico heredero, nadie mejor que él para aportar los trescientos euros mensuales con los que financiar la sal y la pimienta de nuestros guisos, es decir los gastos que este hobby nos ocasionaba.

Mi camino hacia la perdición había sido frustrante hasta ahora, nuestras incursiones en las cloacas parecían ideadas por jovencitos cargados de chupitos y porros. Aburrido y decepcionado por planificar un robo a un furgón, que ya lo había hecho el Dioni con canción de Sabina incluida, o por entrar en los ordenadores de la Moncloa, que fue un aperitivo para Wikiliks, por fin mi carótida estaba gruesa y con la sangre como si hubieran abierto las compuertas de un pantano.

Estuve todo un día girando la ruleta entre los noventa años del tío Enrique, viudo de la argentina por la que se salió de los Jesuitas, y casi los mismos de Jacinto, coronel de artillería y vecino de escalera en la casa de mis padres. Con el primero nadie encontraría un móvil en la herencia, a poco tocaríamos sus doce sobrinos ya que su mujer se había encargado mientras vivió de dejarlo sin un duro. Con el segundo, a lomos del Alzheimer, no había cruzado nunca algo más allá de un «Buenos días». Sin embargo, con la interna que lo cuidaba, una dominicana de hipnótico culo, sí, y yo necesitaba un plan sin fisuras. Por no mencionar que no me apetecía dejar de  agarrarme a aquellas oscilantes caderas de ébano. Abrazar un placer para renunciar a otro no me pareció  lo mejor. Al final de la tarde, la elección fue mi pariente.

Es muy fácil matar a alguien con tantos años. Todos tienen varias enfermedades, toman infinidad de pastillas, necesitan ayuda y no se valen por sí mismos. Yo diría que están deseando morir como si fueran madera reseca que parece estar buscando arder. Mi tío Enrique había sufrido un infarto y un avanzado Parkinson le llevaba a desplazarse con ayuda. El territorio abonado para mis fines era fértil. Con treinta días para idear su desaparición, necesitaba pisar el escenario del crimen. Por eso, el primer paso fue visitarlo en la residencia de ancianos.

—¿Qué haces tú por aquí? ¿No pensarás en sacarme los cuartos? Llevo tanto tiempo sin verte que ni recuerdo tu nombre, ¿Emilio o Eladio? … Tu madre nunca fue muy original.

A diferencia de sus músculos, el mal genio lo conservaba incorrupto. Seguro que recordaba cómo me llamaba, también que sus ahorros volaron hacía tiempo.

—¡Que va, tío! Soy Ernesto, el hijo de tu hermana Margarita. ¿Cómo te encuentras?… ¡Si pareces un chaval! Estás muy bien, nadie adivinaría la edad que tienes… —la adulación es una ganzúa a la hora de abrir las defensas de cualquiera, en el caso del vejestorio de mi tío era jugar sobre seguro. 

—¿Sabes?, —continúe diciendo— quería que me contases de tus años de profesor en Argentina, un miembro del tribunal de mis oposiciones es también jesuita; lo mismo te conoce… —la excusa era perfecta, más cuando convives con la soledad todo el día y no tienes a quien contar batallitas.

Los ojos se le humedecieron pero rápidamente empezaron a destilar un brillo infantil. Se repanchigó en el sillón y empezó a hablar.

—¡Uy, Ernesto! Eso pasó hace muchos años. Me pidieron ir a la universidad católica de Córdoba a enseñar ética y literatura… allí conocí a tu tía…

Aunque le miraba fijamente y movía la cabeza asintiendo, me desconecté. Desde que fui pequeño y mi tío regresó casado, se lo había oído contar cientos de veces.

—Sigue tío no te pares, yo te escucho mientras curioseo lo que tienes por las estanterías —le dije según miraba medicamentos y pomadas. Atravesaba la parte más excitante, exprimirme hasta encontrar un hilo del que poder tirar.

El viejo siguió como si le hubieran inyectado adrenalina. Yo creo que se orinó encima, el olor se volvía insoportable por momentos. Al no ver mancha, deduje que llevaría pañal. Se le veía enganchado a la sobredosis de recuerdos.

—Hijo, llévame al baño —dijo pasado un buen rato.

Mejor sería, el hedor ya no solo era a orín. Lo levanté por los sobacos y fuimos dando pequeños pasos,  él incrustado en mi brazo como lo haría de un salvavidas. Con el otro que tenía libre, abrí la puerta del servicio y entonces lo vi.
El grifo del lavabo se lo había dejado abierto y un charco relucía sobre las baldosas. ¡Ya tenía el hilo del que tirar y, todavía mejor, también había encontrado el arma del crimen!

Cuando mi tío entró, no le advertí. Mis pensamientos eran muy rápidos. Solo tuve que empujarlo para que se resbalara con el agua. Lo hice calculando que su cabeza se golpeara con el bordillo del inodoro. No le dio tiempo a girarse, fue como un muñeco de trapo con voz aflautada al escapársele un «noooo» según caía. El golpe fue mortal, lo supe por el sonido a platos rotos que se produjo.
Por si acaso, tardé un buen rato en dar la señal de aviso. Cuando llegó la enfermera ya era tarde. «Accidente doméstico» escribió el médico de guardia en el certificado de defunción.

Aquel día, el corazón no dejó de latirme como si estuviese corriendo un sprint. Oleadas de calor, las endorfinas por haber cometido mi primer asesinato, me recorrían por dentro igual que si se tratara de una marea viva. Era el mejor subidón que nunca había tenido.
Lástima, para el juego del grupo ahora necesitaría matar virtualmente al vecino. Pero ya no dudaba, unos cuantos revolcones con la criada, aunque estos fueran gloriosos, nunca superarían el placer de haber matado de verdad.

                                               

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