Clica para calificar esta entrada!
[Total: 0 Promedio: 0]

Con todos los hombres le había ocurrido lo mismo. Por eso, ella sabía que algún día su hijo también la abandonaría y que su corazón se rompería con mucho más estruendo y dolor que cuando la dejaron por primera vez. Sin embargo, sería mejor desechar malos pensamientos, todavía faltaban muchísimos años para que su bebé  se hiciera adulto. Solo hacía tres meses que había nacido.

Tomó la cabecita entre sus manos y con suavidad, aunque con una mueca de dolor, le retiró del pecho una vez que notó que no lo succionaba. Ya debía haberse quedado dormido. Tras posarlo sobre la cunita, lo arropó y sonrió, intentando olvidar por qué  desconfiaba del género masculino. Esa tarde, y muchas más por delante, su hijo la necesitaría.

Después, se dedicó a lavar y planchar la ropita, a bañarlo y vestirlo cuando despertó y, más tarde, al aseo propio. En solo una hora debería ir a ganarse el sustento con el que vivir. La falta de trabajo por la preñez había dejado en números rojos su cuenta bancaria. 

La angustia se transformó en alegría cuando comprobó como su cuerpo, tras meses de ensanchar, recuperaba anteriores curvas y ya se podía poner el ajustado vestido negro con pequeñas piedrecitas brillantes y trasparencias. Se esmeró en darse el rímel y la sombra de ojos que los resaltara, en cubrir de maquillaje alguna arruga y en pintar de rojo intenso sus labios. Una vez hecho, dio de nuevo de mamar al bebé y, con alguna lágrima, se lo dejó al cuidado de la canguro cuando esta llegó. En unas pocas horas estaría de regreso y dejaría de sentirse culpable por no poder quedarse con él. Pero el dinero que había ahorrado ya solo era un recuerdo y tenía que pagar el piso, la luz, los pañales y comprar comida. A partir de ahora, debería aprovechar cualquier oportunidad para conseguirlo.

El hombre de la cita era calvo y tripudo, con la piel muy grasa además de no haberse esmerado en la higiene corporal, pero los tiempos no estaban como para rechazar ‘mirlos’ así. Aguantó una insulsa conversación durante la cena, pareciendo que el mundo estuviera exclusivamente compuesto por la Liga, la Champions, Cristiano o Messi, limitándose a decir sí a casi todo, aún a costa de no entender de qué hablaban  o de aparentar  ser la dócil novia  que aquel hombre esperaba que ella fuese. No puso mucha atención en nada de lo que él escupía, porque literalmente eso ocurría cuando aquel hombre hablaba. Todo ello consecuencia de una dentadura con falta de varias piezas así como de un buen cepillado. Algo que empezaba a irritarla ya que su halitosis era notoria sin necesidad de estar pegada a él.

Tan deseosa estaba por acabar esa etapa, como temía comenzar la siguiente en la habitación del hotel donde cenaban. 

Entre los postres y las posteriores copas, los minutos de esa noche se fueron consumiendo hasta que, con una palmada y soltando un «vamos al lío», el hombre dio por concluida la sobremesa. Ella no había dejado de forzar la sonrisa todo el tiempo, o era muy buena actriz o aquel tipo parecía estar ciego, cada vez estaba más animado. 

De camino hacia el ascensor sintió como él colocaba la mano sobre su trasero, todo ello mezclado con risitas sin sentido. Era el hombre más zafio y menos atractivo de todos con los que había estado. Y había estado con muchos. 

Nada más entrar en la habitación, él la agarró por la cintura y aproximó su boca a la de ella. Enseguida le vino una náusea cuando sintió otra lengua intentando entrar entre sus labios. Fingió un acceso de  tos  y con alguna carcajada procuró que aquel tipo no se molestara.

Prometiéndole que lo iban a pasar muy bien, consiguió convencerlo de comenzar en la ducha. Al menos se ahorraría las arcadas iniciales, pensó. Con esmero, primero enjabonó y aclaró cuanto pudo, deseando convertir en neutros sabores y olores. La cama aparecía como el siguiente escenario en el que continuaría el combate. 

Una lucha desigual, porque ella solo quería enterrar en lo más profundo de la memoria el trabajo que tenía. Solo quería acabar cuanto antes, coger el dinero e irse con su hijo pequeño. Algo muy diferente a lo que buscaba él, sentirse el macho de la manada que hace suya a otra hembra; complacer al ego sabiéndose deseado y llenar la memoria de imágenes con las que más tarde excitarse. Poco le importaba si lo conseguía con unos cuantos billetes.

Se aproximaron hasta el catre dejando un reguero de gotas por el suelo. Allí, él se tumbó sobre ella y comenzó a succionarle los pechos. Al principio ella no dijo nada, aguantó el dolor que le producían los dientes sobre los pezones agrietados aunque el individuo pusiera especial empeño en hacerlo y se olvidara de otras partes del cuerpo. 

Sin apartar la boca del pecho, el hombre intentó a continuación extraer algo de  leche haciendo presión con las manos. El dolor que ella sentía se estaba convirtiendo en insoportable. Le dijo que parase, pero él no quiso porque, cada vez con más fuerza, mordía los pezones provocándole una tortura extrema que la volvía loca. Tras muchas súplicas, empezó a darle  con los puños en la espalda gritándole para que se detuviera. Pero al contrario, eso pareció excitarlo porque, con más ímpetu, no cesó ni un instante de soltar el pezón.

Al límite del desmayo, ella vio una lamparita con pie de latón sobre la mesilla. En un último esfuerzo, levantó la mano hasta cogerla para golpearlo repetidamente, tan irracionalmente como él la había mordisqueado anteriormente.

Aunque el hombre ya  no ejerciera presión alguna después de uno de los primeros golpes que ella le dio en la nuca, siguió apaleándolo una y otra vez porque, cada vez más exhausta, no conseguía retirar ese peso de encima y, también, porque la mezcla de saliva y estertores ácidos la hacía continuar sintiendo un escozor muy doloroso. 

Los impactos acabaron por ir  disminuyendo poco a poco debido al cansancio. La respiración y las pulsaciones de la mujer volvían a ser menos agitadas  hasta que, al fin, sus brazos cayeron exhaustos sobre la cama. 

El hombre sangraba abundantemente y ella ya no escuchaba su respiración. Intentó quitárselo de encima pero pesaba mucho. Lo zarandeó varias veces y, con el corazón otra vez acelerado, llevó dos dedos hasta el cuello de él para buscar algún latido. No se lo encontró y, aún con asco, cogió con sus dos manos la cabeza ensangrentada del hombre en un intento por si le oía respirar. Tampoco respiraba. Debía llevar un rato muerto. 

Cerró los ojos y intentó pensar solo en su hijo pequeño. Tras unos segundos, se calmó lo suficiente para llenar su pecho de aire y, de un empellón, ahora sí, retirar el otro cuerpo echándolo hacía un lado.

Sintió mucho alivio y se incorporó hasta quedar sentada al borde de la cama. Se obligó a pensar otra vez en su bebé antes de levantarse hasta el baño,  apresurando los pasos porque le habían entrado muchas ganas de hacer pis. En cuanto acabó, se duchó y dejó correr un buen rato  las gotas de agua fría sobre su nuca. Necesitaba pensar qué era lo que debía hacer a continuación. 

Una vez vestida, se encargó tanto de borrar las huellas, aunque en su fuero interno supiese que era una tarea imposible, como de coger doscientos euros de la cartera del hombre que yacía sobre aquellas sábanas arrugadas y manchadas de sangre.

Con los billetes en la mano, antes de salir, apartó uno para comprar leche de sustitución. Buscaría una farmacia de guardia y la compraría. Su bebé no entendía de otra cosa. En una hora tenía que darle de comer, además de dedicarle toda su atención.