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Tenía dieciséis años cuando supe que sería el mejor escritor de la lengua castellana. Un desengaño amoroso fue el detonante.

—Vicky, ¿quieres ser mi novia?

En aquel instante, el banco del parque en el que estábamos sentados me pareció un velero navegando en un mar encrespado. Vicky no levantaba la cabeza del suelo y solo respondió tras un silencio eterno en el que podría haber cabido un siglo entero:

—Mira, eres muy amable, pero ¿sabes? yo no estoy enamorada de ti, vamos, que no me gustas.

Era inútil preguntarle si ni un poquito le atraía. Me levanté de golpe y, sin despegar los labios para decir adiós, me fui a casa. Mi madre, con el portazo que di a la puerta del dormitorio, debió suponer que de nuevo el Real Madrid había perdido con el Barsa y de ahí mi enfado. Pero aguanté las lágrimas en vez de tumbarme sobre la cama y patalear. Aunque deseara morir, antes escribiría el mejor poema de amor jamás escrito hasta entonces. Acababa de leer las rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, al que superaría sin lugar a duda ¡Y vaya que sí lo hice! Una obra maestra del romanticismo, el soneto más vibrante y hermoso que nadie podría imaginar. O eso pensé. Vicky lamentaría su negativa.

 

Lo de escribir poemas se me pasó tan rápido como lo fue olvidarme de aquel primer amor.  Entré en la veintena devorando las novelas de Stephen King y las de Michael Crichton. Cuando las hube leído todas, lo único que quise fue ser como ellos. Un autor de fama reconocida era mucho mejor que escribir poemillas por despecho. También es cierto que la idea romántica de ser poeta y pobre no me seducía nada. Sería novelista. El mejor de todos.

Nada más terminar mi primera novela, dos años había tardado, empecé a sentir el cosquilleo del triunfo en cuanto tuve entre mis manos los quince ejemplares del manuscrito que enviaría a distintas editoriales. Me veía portada del País dominical como escritor revelación del año.

La novela tenía por título: ‘El día nunca termina’. Era la historia de una chica abandonada por su madre en un orfanato siendo educada por unas monjas extremadamente crueles. Al cumplir los dieciocho, abandona para siempre la institución para trabajar como cajera de supermercado y estudiar física nuclear a la vez.  Acabada la carrera, y ya como responsable técnica de la mayor central nuclear del país, conseguirá, gracias a su valentía, evitar una explosión de consecuencias devastadoras para millones de personas, aunque ella quedará afectada por la radiación y no podrá casarse con el guapo futbolista que tiene de novio. La novela era una maravilla y me parecía que, no solo sería un éxito de ventas, también que algún productor cinematográfico compraría los derechos para convertirla en otro Óscar para el cine español.

Media docena de editoriales me enviaron una amable respuesta, el resto ni se dieron por enteradas. Al solo cosechar negativas, cambié la estrategia. Iría en persona a recoger mi manuscrito y, de esta forma, me anticiparía a su contestación. Cara a cara no tendrían el valor de decirme lo mismo que por carta. Mi novela era lo mejor que se había escrito en nuestra lengua durante este siglo.

—¿Qué, se habrá quedado sin palabras tras haber leído ‘El día nunca termina’? Dele gracias a que he esperado la salida de su secretaria a desayunar, se empeñaba en decirme que, sin cita, no me podría recibir.

El director de publicaciones de la editorial me miraba abriendo mucho los ojos tras unas enormes gafas de pasta. Acababa de irrumpir en su despacho.

—Tome asiento y deme un segundo —dijo mientras se giraba hacia la pantalla del ordenador y yo me sentaba frente a él mostrando mi mejor sonrisa—. Sí, aquí tengo el informe de lectura que hemos hecho… —para chasco que no lo tuvieran, por anticipado me habían cobrado cien euros como condición previa para evaluar mi obra— Si me deja una dirección de correo electrónico, se lo hago llegar. Lo que sí le anticipo es que su novela necesitaría un ejercito de correctores para que fuera comprensible, además de que, nuestra editorial, no está en este momento interesada en el tema que usted plantea. Como le veo muy decidido, y esto siempre es bueno, le aconsejo que busque alguna editorial de auto-publicación, las hay que por poco dinero imprimen lo primero que se les envía. De esta forma usted dispondría de su librito, y si consigue venderlo ya que es tan bueno, pronto recuperaría lo invertido. Si no conoce ninguna, mi secretaria, cuando regrese, podría facilitarle varias direcciones. Por lo demás… le rogaría que saliese ahora mismo de mi despacho. Tengo mucho trabajo. Pase un buen día… ah, y suerte con su obra.

¿Suerte? Era aquel cegato quien no la había visto sentada frente a él. Me fui dando un portazo. A pesar de que ocho de las diez novelas más vendidas ese año hubieran sido publicados por esa editorial, la mía habría dejado en ridículo los beneficios de la que más.

 

Toda la vida gastándome un dineral en libros, aceptando sin rechistar el precio marcado, abusivo en muchos casos, y, cuando pretendía pasar de la trinchera del lector a la del escritor, era una vez más pasto de unos cuantos tiburones, también conocidos como editoriales de auto publicación, dispuestos a vaciar mi bolsillo. Y no solo los precios eran descabellados, en cuanto pretendías imprimir unos cientos ejemplares las diferentes opciones te mareaban: con o sin promoción, con corrección o sin ella, publicidad o no, solapas, número de ejemplares, entrevista, vídeo… Si parecían los catálogos que por navidad lanzan las grandes superficies.  Guardaría la novela en un cajón a la espera de mejores tiempos.

Lo que necesitaba era ser conocido dentro del mundo literario. Para esto, la vía más rápida sería ganar un concurso, uno de relatos. Sin duda, convertirme en un Carver o un Chéjov no me costaría mucho. Además, pensé, las posibilidades de ganarlo eran altísimas, cada mes del año se publicaban, como poco, una docena de concursos literarios. Muchos con un premio monetario superior a mi paupérrimo sueldo como auxiliar administrativo en un ministerio, la única actividad que me había dado de comer hasta aquel momento.

Tres años habían transcurrido cuando, tras haber escrito y concursado con un centenar de magníficos relatos sin obtener premio alguno, recibí una llamada telefónica.

—Enhorabuena, su relato ‘el niño y el mar’ ha quedado finalista en nuestro concurso ‘Fiestas patronales de Buenapiedra’ y ha obtenido el segundo premio. La única condición para recibirlo es que deberá presentarse a recogerlo personalmente y, lo más importante, no olvidar agradecer a transportes ‘La veloz’, el patrocinador del premio, la gran labor que hace a favor de la literatura y, como no, al excelentísimo señor alcalde, de cuyas manos recibirá el galardón.

El premio económico apenas daba para pagar un par de menús y los peajes de la autopista para ir y volver hasta aquel pueblo. No me importaba, era solo el comienzo.

Menos mal que estuve rápido de reflejos y, antes de que me colgara el amable concejal de Buenapiedra, tuve tiempo de hablarle de mi novela y de mis otros cuentos. Tal vez les interesara patrocinar la edición de mis escritos, tratándose de un finalista de su certamen la publicidad que obtendrían para el pueblo dando a conocer a un nuevo talento sería extraordinaria. Mucho menos costosa que cualquier otra campaña promocional que contrataran. Fue una pena no poder explicarle bien a aquel tipo el argumento de mi novela, llegaba tarde a una reunión con el alcalde. Quedé en mandársela por correo.

 

Poca información figuraba en internet sobre Buenapiedra. Un núcleo urbano pequeño y campos con olivos y vides es todo lo que pude ver en un par de fotografías. Mi discurso de agradecimiento por el premio lo basaría en la pureza y riqueza del mundo rural. Si todavía no estaban convencidos de mi valía, con esto rompería cualquier obstáculo que quedara.

Después de tres horas al volante, y a punto de llegar a ese pueblo según el navegador, el paisaje de cultivos cambió radicalmente. Un enjambre de enormes naves de almacenaje con camiones aparcados afuera, calles asfaltadas y farolas se extendía hasta el horizonte. El pueblo, apenas una treintena de casas pintadas de blanco y con una sola planta, su iglesia y su plaza, en la que aparqué mi automóvil, quedaba en medio. Estaba ansioso por verme con el concejal, el premio se otorgaría esa misma noche en el ayuntamiento, pero había llegado una hora antes. Me encaminé al bar. Con una tapa de torreznos delante, y ya con el segundo vaso de vino, me atreví a preguntar al camarero por el enorme polígono industrial que los rodeaba. Si en Buenapiedra no se dedicaban a la agricultura, lo mejor sería cambiar el sentido de mis palabras a la hora de recibir el premio. En efecto, me contó el camarero, ya nadie recogía las uvas ni las aceitunas, el alcalde, que lo era desde hacía siete elecciones, anticipó el futuro y convirtió en rica a toda la población. El pueblo entero trabajaba allí. Todos menos él, me dijo el camarero, su bar debía permanecer abierto por estar situado enfrente del ayuntamiento, al alcalde y a los de la corporación municipal nadie les quitaba el carajillo de por las mañanas ni los cubatas de por las tardes.

Saqué el discurso y empecé a corregirlo. Para un escritor como yo, acostumbrado a giros finales sorprendentes en los desenlaces y a logradas curvas dramáticas de los personajes, no me sería difícil darle otro sentido a las palabras que había escrito. El futuro es siempre de quien lo sabe anticipar, me pareció que debía ser la primera frase que pronunciara y, mientras iba pensando en cómo sería el gentilicio de los naturales de este pueblo, dos hombres entraron al bar y se situaron próximos al lugar que yo ocupaba en la barra.

—Dos gin-tonics, Pedro, pero no seas rácano con el Beefeater que te conozco.

No debía ser el primero que tomaban esa tarde. El volumen de la conversación, cada vez más alto, los delataba

—Lo que te contaba —siguió diciendo uno de ellos— aquel tipo no había quien lo callara. Le tuve que colgar mientras él insistía en enviarnos no sé qué por correo para que le publicáramos un libro. ¡Qué iluso! En media hora lo tendré en el ayuntamiento. Debe ser de los pocos que ignoran que a Clarita le gusta escribir y que a su papá le vuelve loco entregarle el primer premio en el escenario cada año. Con el bajo nivel de todos los que se presentan, el concurso habría que declararlo desierto. Pero yo no tengo huevos de decírselo al señor alcalde y tampoco quiero cargarme la desgravación por apoyo a evento cultural, ya sabes que los de ‘La veloz’ siempre se acuerdan de la concejalía de cultura en navidades.

Las risas del otro individuo todavía se escuchaban cuando salí de estampida a la calle. Me ardían las mejillas según atravesaba la plaza. Subiría a mi coche y no me verían más el pelo en ese inmundo pueblucho lleno de ignorantes y burdos paletos. Estaba a punto de arrancar el motor cuando la mejor idea que se me había ocurrido en mucho tiempo empezó a tomar cuerpo dentro de mí. Eso era lo que tenía que hacer.

 

El conserje me llevó a una sala de reuniones, pero el concejal tardó casi otra hora más en aparecer.

—Perdóneme, tenía una reunión inaplazable con el concejal de seguridad y transportes, pero ya estoy aquí con usted. Muy interesante su novela, pero lamentablemente no tenemos presupuesto para editarla…

No me había reconocido del bar. Mejor. No le dejé que siguiera hablando.

—No se preocupe. Ya no estoy interesado. Sin embargo, si me contrata con un buen sueldo como redactor de todos los discursos del alcalde, le aseguro que no se arrepentirá. No solo soy el mejor escritor en lengua castellana que existe, también no enviaré a todos los periódicos la crónica que desvele el fraude del concurso.  Así no tendrán que preocuparse por ‘La veloz’, podrán seguir desgravándose, lo mismo que Clarita ganando el concurso de relatos todos los años o usted recibiendo el jamón de pata negra cada veinticuatro de diciembre.