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Manuel está frente al Bar Sansegundo. Ha dejado atrás las pocas casas de esa calle y la antigua fábrica de jabones, hoy semi derruida. Sobre el cierre alguien ha pintado un grafiti con un pene descomunal y lo que le parecen a Manuel dos letras mayúsculas superpuestas. Por el suelo hay papeles, colillas de tabaco y hojas de árboles. Desde que cerró el Sansegundo por esa acera no pasa nadie.

Ese mismo día Manuel cumple veintiún años. Según piensa la de veces que estuvo dentro del bar, sonríe al recordar cuando Marijose, su madre, le preparó una fiesta por tener siete años. Aquella tarde no pudo despegar los ojos de las velas, la tarta estaba recubierta de chocolate, con ‘Lacasitos’ por el borde, y estaba escrito «Felicidades» además de lo que parecía ser la cara del ratón Mickey. También Marijose cumplía años, treinta, ya que los dos habían nacido en el mismo mes y día. En el recuerdo de Manuel aparece sobre la mesa un bolso de piel a medio desenvolver, varios ceniceros en los que no cabía ni una colilla más, muchos vasos de tubo sin bebida y una botella de whisky Dyc junto a otra grande de Coca Cola.

La madre de Manuel no dejaba ni un segundo de bailar y él todavía escucha las notas del «Bailando, me paso el día bailando» mientras que ella le decía:

—Mi amor, sóplalas de una vez. Hoy pareces estar en la luna.

Marijose, a golpe de cadera, se agachó y le dejó un beso. Durante mucho rato, Manuel tuvo la mejilla manchada de carmín aunque pareciera más un rasguño tras intentar limpiárselo.

Cuando por fin Manuel sopló, lo tuvo que hacer un par de veces hasta que consiguió que las llamas se apagaran. En cuanto levantó la cabeza vio que las manos de su madre y las manazas de Marcos, el dueño del Sansegundo, aplaudían mientras ella empezaba a cantar: «Cumpleaños… » Las manos de Pepe, que antes le habían dado un coche de policía de regalo, estaban sobre el trasero de Marijose. Aunque entre toses, una fuerte ronquera y lo que le pareció cierta desgana, Pepe acabará entonando junto a Marcos el « ..te deseamos todos… » Pero ninguno de los dos terminó la canción.

Manuel escucha a lo lejos el sonido de una moto y levanta sus ojos hasta el rotulo roto en el que todavía se puede leer: ‘Bar Sansegundo. Vinos y comidas caseras’. Debería irse ya, pero pensar en aquel cumpleaños le tiene hipnotizado y hace que sus piernas parezcan de goma. Marijose le regaló un atlas muy parecido al que ahora lleva debajo del brazo, también estaba envuelto en papel con ositos. Manuel cierra los ojos para contener las lágrimas. No lo consigue y hurga dentro del bolsillo del pantalón buscando el paquete de pañuelos para poder limpiarse.

—¡Mira que fotos de mares y de montañas tiene! ¡Qué maravilla! De pequeña siempre quise tener uno —le dijo Marijose según se colocaba a su espalda y empezaba a pasar las hojas.

Al principio, Manuel apenas lo miró, prefirió moverse hasta donde había dejado el juguete para rodarlo por la mesa. Una vez que se cansó del coche, comió otra porción de tarta mientras observaba en silencio a Marijose, sentada entonces frente a él ensimismada con el libro. Marcos les había regalado una jarra de porcelana anunciando «San Miguel»; una para la madre y otra para el niño, dijo en tono solemne. Manuel todavía escucha las risas de Pepe mientras que Marcos rellenaba la de él con algo de cerveza y mucha gaseosa. Marijose, al advertir lo estaban haciendo, dejó de mirar el libro y  les hizo un mohín para, a continuación, apartar un poco la jarra dejando espacio en la mesa para el atlas. 

—¡Anda, míralo tú! Verás como te gusta.

A Manuel enseguida le llamaron la atención las fotos y unos mapas con todas las cordilleras del mundo. No tardó mucho Marijose en volverse hacia Pepe, al que atrajo hacia ella cogiéndole por el cuello para darle un beso. Pepe le acababa de pasar un porro para que ella lo encendiese. Manuel recuerda que hizo por no mirarlos y acercó mucho la nariz y los ojos a las fotos del atlas. En aquel instante, pensó por primera vez que ver aquellas fotos era como viajar hasta el pico del Everest, la cumbre nevada del Aconcagua o la selva del Amazonas. Era el mejor regalo de todos los que le habían hecho. Sin embargo, muy a su pesar, se distrajo al observar por el rabillo del ojo a su madre y a Pepe ir hasta el baño, que estaba bajando unas escaleras llenas de grasa y serrín.

Manuel arruga el pañuelo humedecido con sus lágrimas y lo deja caer junto a la entrada del Sansegundo. Al alejarse, se quita la chaqueta. Esa primavera está siendo muy calurosa y seca. Menos mal que pasaron horas y horas en el Sansegundo, piensa Manuel; la casa en la que entonces vivían era muy fría, no tenían calefacción y, con las lluvias, los cubos de las goteras se llenaban enseguida. 


Manuel llega a la parada del autobús. Una niña se le ha quedado mirando el paquete con el atlas envuelto que lleva bajo el brazo. El que le regaló su madre también lo llevaba a todas partes. Fue su favorito durante años. Se lo sabía de memoria y no le importó que Marijose solo le pudiera regalar unas pocas chuches en los siguientes cumpleaños. 

Al irse Pepe, llegaron otros hombres de los que Manuel nada hace por recordar como se llamaban. Así hasta que Marijose ya no tuvo a nadie a su lado. No era de extrañar, comprende Manuel después de tanto tiempo, a su madre le faltaban dos molares y un incisivo, su risa debía saber a prematura vejez mezclada con alcohol, y tenía marcadas demasiadas huellas de manos por el cuerpo, era imposible que a nadie le apeteciera cambiar un minuto de magreos por mañanas de resaca. Pero Manuel también recuerda que a su madre no le importó estar sola entonces. Todavía no se quejaba por nada, y se la veía feliz cuando movía las caderas con los boleros que ponía Marcos en el radiocasete del Sansegundo.

Manuel ha encontrado una plaza libre en el bus y se ha sentado. Cierra los ojos y el torrente de imágenes regresa a él. Como aquel cumpleaños en el que Marijose  daba un traspiés tras otro.

—¡Muchas felicidades, hijo! Eres ya un hombre, quince años… te quierooo. 

Al ir a besar a Manuel, Marijose logró no caerse porque él la abrazó antes, aunque no pudo evitar que le llegara el tufo a alquitrán mezclado con vinagre que desprendía el aliento de su madre. Dos  días atrás pudieron escapar del incendio del piso. Una colilla, la estufa de butano o, tal vez, el ‘pedo’ de Marijose, que en vez de derretir la ‘china’ prendió las cortinas, provocaron que las llamas consumieran todo lo que tenían. Llevaban viviendo en un albergue del ayuntamiento desde aquel suceso. 

Ese otro cumpleaños, aunque Marijose llevara toda la tarde bailando, debía de estar deprimida. También intentó acariciarle la cara, pero el temblor se lo impedía. Un temblor que a un palmo de Manuel, hacía mucho más visibles unas uñas llenas de desconchones y unos dedos pintados de azafrán. Al final, pero una vez que Manuel le hubo sujetado las manos, ella pudo deslizar las suyas por el rostro de su hijo. Manuel tiene grabada en la retina los ojos acristalados de su madre en los que destacaban las pupilas, que parecían enormes focos de escenario. Manuel, como otras veces, quiso aquella vez abrir  la boca, decirle que buscaría ayuda para ella, pero no pudo ni empezar la frase. Marijose le sonrió y se soltó de él para darle la espalda. Manuel no hizo intención por ver qué hacía, ya sabía que su madre estaría derritiendo un pedazo de hachís con el mechero para luego juntarlo con las hebras de un ‘Fortuna’. Tras enroscar el papelillo y encender el ‘canuto’, Marijose fue hasta la barra sin mirar a Manuel. Una vez allí, le dijo algo a Marcos y bajaron juntos hasta los baños.

El autobús se va llenando y Manuel se levanta para dejar el sitio a una mujer que arrastra un carrito de la compra vacío y que no para de toser. Con dificultad, la mujer le da las gracias. Sin embargo, enseguida tiene que sacar un pañuelo para llevárselo a la boca. Una vez sentada, levanta la cabeza hasta cruzar la mirada con la de Manuel,  que ve en aquellos ojos apagados a los de su madre. 

—No tenemos un duro, no tenemos nada que llevarnos a la boca ¿o te crees que la comida la regalan? —le dijo Marijose en otro cumpleaños— El paro, ahora que me han despedido, no durará siempre y ya debo un dineral a Marcos, aunque todavía me fía. Me duelen las rodillas y la espalda de tanto fregar escaleras, no puedo más, no.

Apenas Marijose conseguía estar sobria un rato. Y si lo estaba era para lamentarse entre lágrimas con Manuel. A veces, vomitándole encima. Los cumpleaños fueron cada vez peores. Por entonces, Manuel empezó a recoger cartones, y algo de chatarra que rebuscaba por las basuras al salir del instituto. Al año siguiente, entró a trabajar como aprendiz en una imprenta. Esto, por lo menos, les permitía comprar arroz, tomate frito y, en ocasiones, pechuga de pollo. También servía para que a Marijose nunca le faltara una botella y hachis con los que imaginar otra vida distinta, aunque sus ojos estuvieran siempre cubiertos por la niebla.


Antes de que pare el bus, a Manuel le parece estar delante de una colmena al ver la inmensa mole blanca del hospital. Hace poco más de un año que acude. Desde que Marijose fue ingresada. 

Apenas llevaba una semana  hospitalizada cuando, haciendo esfuerzos por incorporarse de la cama, le dijo:

—No pienses que me he olvidado ¡menudo regalo de cumpleaños que tuve ese día!… Hoy hace veinte años que en este mismo hospital te besé por primera vez. Fue en la primera planta. No en la setecientos dos como ahora. 

Manuel se tendió a su costado y la abrazó. El médico le acababa de comunicar que su madre solo viviría unos pocos meses. Quizá seis, le dijo sin querer mirarle a los ojos.

—Tengo una noticia que darte…  —Manuel le hablaba al oído como si fuera un secreto que nadie más pudiera escuchar— Vamos a editar un atlas llenito de mapas y fotos como los que deseabas tener de niña. Igual a aquel de mi cumpleaños y que se quemó en el incendio ¿te acuerdas? Voy a regalarte el primer ejemplar que salga de la imprenta y te lo voy a dedicar. Para algo me acaban de hacer oficial.

—Patri, ¿lo has escuchado? — Y Patri, la vecina de la otra cama, con el gotero lleno de metadona y morfina no alcanzó a contestar.

Antes de entrar Manuel en el hospital pasa por el jardín que hay rodeando el edificio. Como siempre hace, corta varias rosas mientras el de seguridad de la puerta no le mira. Sube hasta la séptima planta, oncología. Todavía tiene que atravesar dos pasillos y doblar una esquina hasta estar frente a la puerta. Bajo el brazo lleva el libro aún caliente; en la otra mano tiene las flores. Entra y da los buenos días a las dos mujeres que están dentro.

A una de ellas, la que esta medio incorporada en la cama, le entrega el ramo y la besa. Es Doña Pura, una anciana de noventa años a la que estar sin medio estómago no le ha quitado el buen humor; fue la última compañera de habitación de su madre.

Manuel mira a la otra enferma, una mujer más joven que está sentada en el sillón de escay, y ve que tiene el pelo teñido de rubio y las manos temblorosas como Marijose, muerta una semana antes. El atlas estaba a punto de terminarse.

Manuel se acerca hasta el sillón y comienza a notar que sus lágrimas luchan por salir. Pero ya lo ha decidido, toma el libro y se lo acerca a los ojos de la mujer para que lo vea bien. Tras unos segundos, hace la intención de dárselo.

—Es para usted, ábralo y verá qué fotos más buenas tiene. Hoy es mi cumpleaños, también lo sería de mi madre.

La mujer le sonríe al mismo tiempo que Doña Pura, con voz rota pero muy aguda, comienza a entonar el «Cumpleaños Feliz».

Fin