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Una marea de suspiros bate las losetas del suelo,

son del hijo, en un rincón, comulgando con el silencio.

Truenan los temblores sobre los que su padre galopa   

mientras que el filo de la noche le va besando la boca.

 

Por sus gargantas, un nudo de preguntas sin respuesta 

que no oyen el rumor que la muerte de la muerte alimenta,

porque apenas en la hoguera arden ya esos lamentos 

en los que recitar adioses que acaricien desconsuelos.

 

En la blanca habitación grita ahora la luz del fluorescente

cuando el hijo, destapándose de aquella madrugada,

intenta volar hasta el universo que le separa de la cama.

Solo halla un mar oscuro en el que flotan piel y huesos,

una mancha que emborronará su álbum de recuerdos.

 

Ante padre e hijo desfila derrotado el último instante,

la vida en procesión robando palabras según pasa

con el viento arrastrándolas allí donde naufragan.

Solo de uno las lágrimas mojarán esa mirada acabada,

amalgama de tierra recubierta por más tierra y hojas secas,

pasos que nunca ya volverán a despertar mañanas.

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