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Los días calurosos pasaron. Ahora llueve siempre y la tierra se ha convertido en barro. Tino no recuerda cuando fue la última vez que comió. Ha mordisqueado alguna de las pequeñas hojas que tiñen de púrpura las calles, también alguna rama. Pero las ha vomitado. Está cansado, tiene las manos llenas de heridas y el hocico lleno de tierra. Lleva días escarbando. Siente unos pinchazos en el vientre que le obligan a retorcerse. Parece que al hacerse un ovillo, el dolor no es tan agudo.

Cuando los automóviles y la gente desaparecieron, Tino se quedó  allí. Solo la mujer que lo había sujetado y acariciado ha vuelto otras veces. Siempre con unas flores amarillas y blancas, también con una bolsa de plástico con huesos y trozos de carne. Incluso le traía las mismas bolitas que el amo. Dejaba las flores sobre la piedra que pusieron encima del agujero, se sentaba sobre ella y le llamaba: «Hola Tino, ¿cómo estás? 

Acudía rápido porque sabía que deslizaría la mano por su lomo y le rascaría abajo del cuello. También porque, después, ella le dejaría lamer esa misma mano mientras que Tino se quedaba sentado poniendo mucha atención cuando la mujer rompía su silencio con alguna palabra en voz alta. Pero no iban dirigidas a él aunque ella, a la vez, sacara de una bolsa las chucherías crujientes. Masticándolas, la mirada de Tino se perdía en el cielo. Así hasta que el algodón de las nubes se volvía gris y desaparecía el color azul. Entonces, cuando las farolas de la calle empezaban a brillar, Tino veía a la mujer restregarse los ojos dejando su mano suspendida en el aire. A Tino le sabía salada. Luego, ella se levantaba pero, antes de irse, dejaba la bolsa abierta cerca del cuenco con agua que ella misma trajo la primera vez que regresó.

Tino la veía irse pero no sentía tristeza, él debía estar junto a su amo. En una ocasión ella le agarró del collar y tiró fuerte para llevárselo. «Tino, vente conmigo», le dijo como si fuera una orden mientras lo acariciaba con los otros dedos entre el pelo. Tino clavó las manos y las patas traseras en la tierra. «Sé bueno y regresa a tu casa». No podía irse, no podía abandonarlo.

Ahora su hogar era aquel.

Hoy ya no llueve, pero el viento, que silba cada vez más fuerte, es seco y afilado. Lo mismo que días anteriores, Tino ha esperado la llegada de la mujer sentado en uno de los costados. Desde que empezaron las tormentas y los aguaceros no la ve. Se levanta y olisquea el aire. No hay rastro de la mujer. 

El agujero que ha cavado detrás de la piedra lisa tiene un charco de agua. El lodo le permite ahondar un poco más, pero, al querer  salir, el esfuerzo lo agota. Tiene todo el cuerpo adentro.  Con la lengua fuera, y después de varios intentos, lo logra pero se queda en el borde y mira hacia el fondo. Aún no ha llegado hasta la caja con el amo. Debe seguir. Casi arrastrándose, entra de nuevo en el hueco y, con las pezuñas ensangrentadas y llenas de fango, continúa la tarea.

Ha pasado la noche dentro de la cavidad. No pudo seguir hurgando ni volver a salir. Al menos, le ha servido de refugio porque, nada más anochecer, la nieve reemplazó a la lluvia de días pasados. Ahora, apenas se puede mover y no intenta sacudirse la capa blanca que lo cubre. El frío hace que se convulsione y que, entre toses, una espuma sanguinolenta salga de su boca. Escucha pasos, oye que lo llaman, pero siente que sus músculos son de cristal y si los mueve, se harán añicos.

—Tino, Tino ¿dónde estás?… Tino, toma … tengo bolitas que te he comprado —es la voz de la mujer. 

Aunque le están clavando miles de agujas, hace un nuevo intento por incorporarse y emite un corto ladrido. No lo pretende, pero suena a tambor rasgado al retumbar dentro del foso. Desea seguir durmiendo y olvidarse del dolor pero al oír su nombre otra vez, vuelve a ladrar, en esta ocasión, dos veces seguidas. Oye el crujir de unos pasos derritiendo la nieve cada vez más cerca.

—Tino, Tino, ¿qué te ocurre?

Desde el borde del agujero la voz de la mujer es una corriente cálida que le hace girar la cabeza hasta que la ve. Tino tiene el cuerpo encogido cuando se ve reflejado en las pupilas que le miran. No puede volver a ladrar, no puede decirla que debería irse, nota como la vida se le escapa. No tiene ganas de comer. 

Tino siente que unas manos intentan agarrarlo. Son las de la mujer, pero no lo consiguen. Entonces, la ve tumbarse sobre el manto helado y estirarle de las patas. Así es como consigue moverlo unos centímetros hasta que, asiéndolo por el cuello, al fin lo arrastra fuera del hoyo. Sus patas apenas le sostienen mientras que la mujer le sacude los copos. Después de un rato haciéndolo, lo levanta del suelo y se lo acerca. Tino siente unos latidos ajenos cuando ella, sin dejarlo caer, se quita el abrigo y lo envuelve con él. Ese calor le empieza a despejar la nube que tiene en la cabeza.

—¡No te mueras! … ¡Ahora no! 

Tino escucha ese grito en el mismo instante que la mujer le frota arriba y abajo del cuerpo. Suelta un ladrido que parece un silbido cuando le pasa la mano por la tripa. La punzada interior no ha desaparecido, aunque ya puede mantener los ojos abiertos cada vez más tiempo. 

Sin dejarlo en el suelo, Tino siente que la mujer comienza a andar. No puede evitar hundir el hocico entre sus brazos cuando el viento hace que la nieve los golpee. Le parece que la mujer rompiera una pared con cada paso que da, casi no avanzan. Eso le lleva a levantar un poco la cabeza y ver como se doblan los picos de los cipreses y los esqueletos de los otros árboles parecen de papel. Antes de acurrucarse de nuevo contra el pecho, descubre sobre la carretera el reguero de huellas oscuras que los separan de un coche.

— Tino, vas a venir conmigo, quieras o no. Yo también pensé en tirarme a ese agujero, en ser enterrada junto a él. Tú eres lo único que me queda vivo de quién amé. Y no te voy a dejar, no —dice la mujer y, durante un instante, los ojos canela de Tino se clavan en los de ella. 

Dando un paso tras otro, aquel muro de viento empieza a resquebrajarse.

No quiere abandonar al amo, pero Tino sabe que ahora no podría caminar. Además, empieza a sentir como unas olas de calor le recorren el lomo y llegan hasta las manos y las patas al mismo tiempo que la mujer le rasca el cuello. El pecho de Tino ya no parece un acordeón.  

Huele una bolita crujiente que ella le acerca. Hace un esfuerzo para tragarla pero nada más hacerlo, busca la cara de la mujer para darle varios lengüetazos. Algo que solo había hecho con el amo, si bien ahora  no quiere volver a pensar en él.

En cuanto entran al coche, Tino queda tumbado sobre el asiento delantero con las patas y las manos encogidas. Al iniciarse la marcha, incorpora el tronco y, de lejos, ve el lugar donde ha estado todo este tiempo. Aunque él tampoco sepa llorar como el amo, en ese momento dos lágrimas saltan de sus ojos. 

Lo que sí intenta es ladrar pero solo alcanza a toser un par de veces. Nota que la mano le vuelve a rascar la cabeza. No espera a que termine, hace un esfuerzo y se estira un poco más para, otra vez, lamer la mejilla  de la mujer.

 

(Fin)

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