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I

Nunca olvidaré la primera vez que estuve cerca de Ariadna. Los jóvenes de familias humildes no teníamos otra salida para combatir el hambre que alcanzar la fama para salir de la pobreza. Ese reconocimiento llegaría si conquistaba a la hija del rey, a Ariadna. 

Nada de lo que yo había imaginado antes me sirvió al verla, era una mujer muy distinta a la que durante tres milenios había sido dibujada en vasijas, cuadros o narrada en poemas y obras de teatro por grandes escritores. La Ariadna real era deslumbrante como el sol y ejercía la misma fuerza de atracción que este. Pero aquella luz, aquella belleza, también estaba salpicada de fragilidad, como si fuera a evaporarse en cualquier momento. Su mirada iba a la deriva, lo que me llamó la atención enseguida porque chocaba contra mi empeño en reclamarla solo para mí. Sin embargo, el latir acelerado de mi corazón no bajó el ritmo. Al contrario, teniéndola tan cerca fue cuando comprendí sin ninguna duda que el futuro de Ariadna sería muy diferente al que nos habían contado. La conquistaría pero ya no me importaba la fama sino pasar el resto de nuestros días juntos.  Esa sería mi meta a partir de entonces, aunque todavía sintiera la zarpa de la incertidumbre sobre la garganta. 

Había dibujado en mi cabeza el cuerpo de Ariadna en cientos de noches solitarias. Una mala copia frente al original. Estando a tan solo dos pasos de ella, se levantó la falda para cruzar las piernas dejándome ver como una de sus sandalias de tiras aparecía desabrochada. Poco después, giró la cabeza hacia donde me encontraba iniciando un amago de sonrisa. Una sonrisa que significó el imán del que ya jamás me desprendería, y que me permitió disfrutar de unos labios entreabiertos mucho más carnosos que los de mis sueños. 

Más allá de la fragilidad y ausencia que mostraba en la mirada, el gran ruedo que era cada uno de sus ojos negros me fascinó. De inmediato quedé hipnotizado por el balanceo de su pie desnudo y por la visión de aquellos muslos infinitos, el camino hacia el paraíso. 

Ariadna estaba muy delgada, siendo de cintura estrecha pero de amplia cadera. Tenía los pechos pequeños y puntiagudos, dando la impresión de querer escapar de la ajustada blusa blanca que los aprisionaba. El pelo, negro azabache, liso, la cubría toda la espalda. De cerca, su olor era igual al de las noches de verano a la orilla del mar. Imposible no sentirte invitado a acariciar su piel tostada por el sol.

Mientras yo intentaba ser el único destinatario de su mirada y voz, ella, como un faro, iba repartiendo haces de luz y palabras entre la legión de admiradores que la rodeábamos. A todos nos rogaba entrar en el laberinto, del que nadie jamás había salido, y vencer al Minotauro. No me preocupó apostar mi vida si el premio eran sus brazos abiertos para el resto de mis días.

Decidido a luchar por ella, proclamé en voz alta que vencería al Minotauro o sucumbiría combatiéndolo. Al escucharme, Ariadna por fin se fijó solo en mí. 

Tanto si salía victorioso como si no, viviera o muriera, fuera capaz de encontrar la salida o enloqueciera perdido entre aquellos muros, el mito de Ariadna aumentaría más y más ya que se nutría de los fracasos de cada uno de sus pretendientes. Merecía la pena la apuesta por aquellas manos con las que acariciaba el aire, por aquellos ardientes labios que, al regresar victorioso, seguro besaría.

Ariadna, mirándome a los ojos, me rogó que la liberara de la  condena impuesta por su padre y que la impedía viajar. Si triunfaba, si daba muerte al Minotauro y lograba salir con su cabeza como ofrenda, los dos huiríamos juntos. 

Tras rozarme los labios con un beso, se acercó a mi oído y me contó qué debía hacer. Matar al monstruo, para lo que untó mis flechas de una pócima letal, y encontrar la salida, si desplegaba nada más entrar la gruesa bobina de hilo que depositó en mi mano. 

Agarré las armas y, unos metros más allá de donde Ariadna se encontraba, crucé la puerta del laberinto sin olvidarme de empezar a desovillar el hilo como ella me había pedido.

(Continuará)

Photo by arquera