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( Tercera parte)

El jefe de Carlos le ofreció cambiar de línea, al menos mientras durasen las reparaciones en el trazado. Pensaba que era un desperdicio, casi una ofensa, tener al mejor maquinista de la compañía obligado a llevar el tren tan lento y por vías tan antiguas. No sabía que a Carlos era precisamente eso lo que le había hecho volver a sentirse niño, a regresar al mundo que giraba alrededor del cuarto de los trenes. Carlos rechazó el traslado. Seguiría absorbiendo como una esponja todos los detalles que pudiera en cada ocasión que atravesara San Ufano y, en paralelo, planificaría con minuciosidad el viaje y la estancia hasta ese paraíso cuando dispusiera de los primeros días de vacaciones.

Esos días llegaron al principio del verano. A Carlos no le importó conducir el vehículo una hora más de lo previsto, tampoco derrapar fuera del asfalto en las cerradas curvas que protegían a San Ufano del mundo exterior.

El acartonado viejo que había saludado el paso del tren fue la primera persona con la que Carlos habló, aunque también le diera la impresión de ser  un árbol más del paisaje por sus arrugas y pose erguida. El anciano, amable pero parco en palabras, no le supo decir dónde encontrar alojamiento. Tampoco a Carlos le preocupaba, era tan dichoso que flotaba al caminar. Fue hasta la represa, cruzó el puente y la vaca, no tan distraída ahora, giró su enorme cabeza para mirarle con ojos de tristeza. Volvió sobre sus pasos, viendo a lo lejos  a la labriega y escuchando el ‘chof-chof’ del tractor. El río tenía una capa cristalina en la que se reflejaba un azul brillante y alguna nube aislada. Carlos dio pequeños saltos mientras se quedaba embobado viendo su imagen aparecer sobre las aguas.

Bajo los pies de Carlos el suelo empezó a temblar. Se sobresaltó al notarlo, pero cuando fue seguido de un pitido largo de aviso y del golpe regular al pasar por encima de las traviesas, enseguida lo reconoció. Levantó su muñeca derecha para ver bien el reloj. Sí, era la hora en la que el tren debería pasar. El mediodía. Esta vez, pensó, él sería quien contemplaría a la gente pegada a las ventanillas. Esta vez, mezclado con el río y las casas, como una pincelada más de ese cuadro deslumbrante, él también desearía un buen viaje a los pasajeros.

El eco anunciando al gigante que se aproximaba, se volvió excesivo. Carlos le pareció extraño y dio algún paso hacía la vía. Entonces, lo intuyó antes de verlo, el tren circulaba a excesiva velocidad. Echó a correr al mismo tiempo que agitaba sus brazos sobre la cabeza. Gritó cuando pudo pero cuando el convoy apareció ante sus ojos, ya venía descarrilado.

Un estruendo gigantesco le hizo cubrirse los oídos primero y, más tarde, su cabeza como si algún vagón fuera a alcanzarle. Los chirridos era muy afilados y el hierro al quebrarse como cartón, insoportable. Se rehizo pero solo a tiempo de ver como los vagones más cercanos caían al agua de la presa.

Sin tregua, el amasijo empezó a hundirse poco a poco. De repente, se hizo el silencio durante unos interminables segundos. Un grito aquí, un llanto allá lo fueron rompiendo hasta acabar por convertirse en un coro desgarrador.

Carlos se hincó de rodillas y miró al cielo. Por un momento, recordó el día que rasgó el papel de aquella primera maqueta, sus saltos de alegría, los besos que le dio a su padre, todas las horas que había estado jugando con las miniaturas, y comprendió de golpe que el infierno disfrazado de progreso acababa de tomar al asalto el paraíso, su paraíso. Nadie podría jamás volver a recomponerlo,  como él hacía cada vez que una de sus maquetas ferroviarias descarrilaba. Reaccionando ante los primeros gritos de auxilio, Carlos supo que los sueños nunca deben salir del cuarto donde se han producido.

Fin

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