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Unas puertas correderas de madera y cristales ahumados daban acceso a la biblioteca que tenían mis padres en su casa. Por lo general, la habitación estaba cerrada  y en penumbra, a pesar de ser  muy luminosa gracias al amplio ventanal del  balcón que tenía adosado. Un mullido sofá con dos sillones de grandes orejas, una mesita baja y una lámpara de pie eran el mobiliario que acompañaba a las baldas que llegaban hasta el techo y que se encontraban desplegadas a lo largo de toda la pared del fondo. Entre sus estantes encontrabas todo tipo de libros: de arte, con estampas en huecograbado; el diccionario enciclopédico de diecisiete tomos; novelas premiadas o de autores malditos; biografías de gente ilustre; y libros censurados que solo ocupaban los lugares más inaccesibles. 

Estaba vedado a juegos infantiles y a mis pocos años, aunque he de confesar que desde  siempre me sedujeron aquel olor a papel que se respiraba así como el del tabaco de pipa que fumaba mi padre. Atraído, cómo no, por ese territorio prohibido, creía ver algo mágico en las hileras de aquellos libros que mostraban el título en el lomo. Cuando supe que muchos contenían aventuras fabulosas, el interés por llegar alguna vez a leerlos se convirtió en una obsesión. 

Mis primeros recuerdos de la biblioteca, todavía siendo muy niño y siempre acompañado de mi padre,  son de lo mucho que me llamaba la atención  el silencio monacal que reinaba imponiéndose a los ruidos de la calle o a los de las otras habitaciones. Ya dentro, me sentaba en el brazo del sillón en el que lo había hecho mi padre y, callado, dejaba transcurrir el tiempo viéndolo leer y fumar sin molestarlo, imaginando, solo por sus gestos, cuanto disfrutaba.

Según crecí y tuve libertad para entrar sin ser escoltado, me dejé conducir por aquellas maravillas hasta lugares inexplorados, hasta amar a los libros durante toda mi vida. 

Han caído unas cuantas décadas desde entonces, también ha habido grandes cambios en nuestra sociedad, y aquel templo donde transcurrieron mis más gratos recuerdos, ya no existe. Un supuesto progreso expropió el edificio para llenarlo de alquitrán y coches, de pitidos y ansiedad. Heredero de unas cuantas cajas conteniendo alguno de los libros de aquella biblioteca, su nuevo alojamiento está entre  los que he ido adquiriendo a lo largo de los años por las muchas estanterías que tengo distribuidas en cada habitación de mi hogar. Siempre pensé que con los libros uno nunca es el dueño, sino el encargado de transmitirlos hasta la próxima generación. Tal vez, esta afirmación haya empezado a dejar de tener sentido.

Hoy en día, cuando solo con unas pocas pulsaciones en este teclado por el que escribo puedo acceder a infinitas lecturas, no cambio aquel sereno aire respirado en mi recuerdo infantil por este tan contaminado de nuestro mundo digital. Por el momento, los libros impresos están resistiéndose  a ser pasto de cualquier pantalla. Al menos, alguna generación más sobrevivirá a su extinción y yo podré seguir pensando que serán la mejor herencia que podré dejar a mis hijos. 

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