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La rutina era el cansancio de diario, pero el agotamiento emocional era parte de la mayoría de los seres.
Y los fines de semana, esperados desesperadamente, por hartazgo intelectual, pretexto rutinario, o condicionamiento comercial para detonar el consumo, junto a la insatisfacción, y el deseo callado de que la vida empiece cada fin de semana, parecieran desplegarse en múltiples universos, entre jornadas épicas de reventón, avidez por vivir como si fuera el último día. Universos difusos y seductores, noches de farra, bebidas, drogas duras “experimentales”, tentadoras por hartazgo, no por su carácter científico o de estudio en contra de algún mal de cura desconocida, sino por tratarse de un “paraíso imperdible” para las “caperucitas”; a decir de los “lobos”, depredadores urbanos de huella oscura y estirpe de mención inmerecida.
Los “lobos” de bajeza inimitable; tendían su trampa para atrapar a sus presas; sin contemplaciones, ni escrúpulos, y apresarlas hasta degradarlas en la codependencia. No se trataba de instintos naturales ni cortejos de apareamiento, sino de alevosía situacional y ultraje emocional.
El silencio de la madrugada se alteró con el rugir de una motocicleta, cuyo acelere anunciaba una velocidad exigida đe manera perturbadora, una segunda motocicleta conducida por una chica temeraria, alborotaba la paz que ya se había roto, luego una tercera, con tres tripulantes aferrados uno a otro, parecía querer darles alcance a los primeros sin posibilidad alguna; con aceleres obsesivos los conductores parecían poseídos y no se daban por vencidos, una motocicleta más y otra… Todas habían arrancado desde el bar donde los “lobos” tenían su guarida. Y pareciera que estaban en la última vuelta de un circuito donde les iba la vida. Y también pareciera que el más adelantado les había ofrecido alguna fantasía insustituible, o un placer desconocido, a decir del afán suicida por alcanzarlo. La osadía de recorrer a toda velocidad la Calle Mayor sin hacer altos hasta atravesar las vías del tren. Tal vez era una fantasía contada seductoramente, que hacía creer que valía la pena el riesgo y, tener una odisea para contar… No sé cuál era la apuesta, pero la estupidez que es rastrera jugaba su papel.
La tercera motocicleta era exigida más allá de sus capacidades mecánicas en su carrera contra el tiempo, sobre una ruta que era vía pública con tráfico trasnochado.
Las “caperucitas” perseguían al “lobo” que las había seducido en la barra, embotado con un cóctel y la promesa de algo más intenso.
Dos de tres tripulantes de la motocicleta más exigida, iban con su caperuza amarrada a la cintura, pantalón corto y topless, sin saber que para ganarle a un “lobo”, era necesario llevar escudo para el cuerpo, coraza en el alma, blindaje emocional y armas de pertrecho contra el acoso y el ataque fiero.
Los “lobos” eran tipos gandallas, mandaderos de un pez gordo; que escogían, acosaban y seducían a sus presas en los bares de publicidad manipulada, con barra libre para damas, donde servían cócteles a cualquiera que quisiera experimentar una “sacudida” indescriptible, con la habilidad de los “lobos” en el arte de “tirar” droga y alterar las bebidas en contubernio explícito.
Las “caperucitas” eran jovencitas que aún no cumplían la mayoría de edad, pero la discrecionalidad y el negocio turbio las fichaba de importantes, y las hacia merecedoras del paraíso que encontrarían, a decir de la publicidad soterrada difundida por las “ovejas”, presas manipuladas y condicionadas a precio preferencial por gramo y, por toda una vida.
Los “lobos” no reparaban en razones de edad o género; y eso era de antemano muy “cool”, ya que el “guay” empezaba a sonar desgastado y provincial. Y lo de hoy, para estar al “top”, es ir con la moda. Y gozar con promesas de acceso a lugares de séptimo cielo, sin filtros, ni anestesia, ni preguntas de moral puesta en entredicho, “Sólo privilegios de placer bien merecido”, era el gancho. Llegada la hora del cierre, las merecedoras, con sentidos embotados y la avidez de un placer nuevo; cualquiera que arrancara de cuajo la monotonía, la desilusión, la desesperanza, la falta de compresión, el maldito desapego, el desengaño temprano, la puta incomprensión, la mierda que ensuciaba la vida desprolija de motivos edificantes, les hacía alucinar con la experiencia ofrecida. Era su tiempo. Lo demás estaba desfasado y era aburrido. La mezcla había hecho efecto. Cualquier droga que hubiera sido, era igual que todas; con un ápice de ventaja te poseía, como una ventosa pegada a tu cerebro que te sacudía las neuronas hasta la embriaguez, inhibiendo la culpabilidad, el miedo y la vergüenza, succionándote el último gramo de cordura hasta la estupidez.
El rugir exigido de los ofertados como imponentes y poderosos dragones, era de rodantes rastreros y sin alas, sin cadencia volátil, ni perspectiva de pájaros; entes articulados con el chantaje idiota del manipulador, otra estupidez en juego.
Los conductores de marras eran rastreros por el sueño ofertado a las “caperucitas”; fallido desde su nacimiento. Demasiado tarde para recapacitar, accedieron a un desnivel de 9 metros, que libraba el paso del tren, con aceleración al máximo para recuperar la desventaja y adelantar en el último tramo y, llegar al otro lado de las vías para merecer un gramo de estupidez. Con superficie de rodamiento irregular, poca visibilidad, velocidad máxima y los sentidos disminuidos…Volar, volar, era tal vez la promesa. Y el sueño último de un cuento ingenuo sin “Final fantasy”.

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