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Carta de Napoleón Bonaparte a Josefina:

La relación del emperador francés y su esposa Josefina es una de las más tormentosas de la historia. La emperatriz llevó una disipada pero siempre supo conservar el afecto del general y sostuvo con él una copiosa correspondencia.

“Verona, 13 de noviembre de 1796

Ya no te amo: al contrario, te detesto. Eres una fea, una ingrata, una estúpida, una desgreñada. Ya no me escribes; ya no amas a tu marido. ¡Sabes el placer que tus cartas le producen y no le escribes más que seis líneas trazadas al azar!

¿Qué hacéis señora durante todo el día? ¿Quién puede ser ese maravilloso, ese nuevo amante que absorbe todos vuestros instantes, tiraniza vuestros días y os impide acortaros de vuestro marido? La verdad es, mi buena amiga, que me tiene inquieto el no recibir cartas tuyas. Escríbeme pronto cuatro páginas y llénalas de esas amables frases que inundan mi corazón de sentimiento y de placer. Muy pronto te estrecharé entre mis brazos y te cubriré de besos ardientes como el clima del Ecuador.
Bonaparte”.

Carta de simón Bolívar a Manuela Sáenz:

En su período de mayor gloria, días antes de la batalla de Ayacucho, el Libertador le escribe a Manuela Sáenz exhortándola a quedarse en Lima para evitar escándalos y enojos de su esposo el doctor Thorne:

“Ica, 20 de abril de 1825
Mi bella y buena Manuela:
Cada momento estoy pensando en ti y en el destino que te ha tocado. Yo veo que nada en el mundo puede unirnos bajo los auspicios de la inocencia y del honor. Lo veo bien, gimo de tan horrible situación, por ti, porque te debes reconciliar con quien no amas, y yo porque debo separarme de quien idolatro. Sí, te idolatro hoy más que nunca jamás. Al arrancarme de tu amor y de tu posesión se me ha multiplicado el sentimiento de todos los encantos de tu alm y de tu corazón divino, de ese corazón sin modelo.

Cuando tú eras mía yo te amaba más por tu genio encantador que por tus atractivos deliciosos. Pero ahora ya me parece que una eternidad nos separa porque mi propia determinación me ha puesto en el tormento de arrancarme de tu amor, y tu corazón justo nos separa de nosotros mismos, puesto que nos arrancamos el alma que nos daba existencia, dándonos el placer de vivir. En lo futuro tú estarás sola aunque al lado de tu marido. Yo estaré solo en medio del mundo. Sólo la gloria de habernos vencido será nuestro consuelo. ¡El deber nos dice que ya no somos más culpables! No, no lo seremos más.
S.B.”

De Henry Miller a Brenda Venus:

Hace unos meses se publicaron por primera vez las cartas de amor de uno de los octogenarios más famosos, el escritor Henry Miller, quien a partir de los 70 años de edad sostuvo un tórrido romance epistolar con la modelo y actriz de 25, Brenda Venus.

Fue ella quien buscó su dirección y comenzó a escribirle como una admiradora más, hasta que pasados unos meses se conocieron y, como era de esperarse, el viejo Miller se volvió a enamorar. Para entonces, el escritor estaba casi ciego y enfermo, incluso había perdido la memoria y tenía dificultades físicas para escribir.

Sin embargo, la correspondencia superó las 1.500 cartas, de las cuales se han convertido en el éxito de librería del momento, bajo el título Dear, dear Brenda: The love letters of Henry Miller to Brenda Venus, por su estilo, un tanto picaresco, publicamos aquí solo el comienzo de dos de ellas. La primera corresponde al período de apogeo del romance; la segunda fue enviada poco antes de su muerte.

Acabas de irte. Es como si la ciudad hubiera perdido todo su poder eléctrico. Te has ido. No veré a Brenda por unos días. Debo aprender a vivir sin Brenda. Puedo pensar, puedo esperar. Te has metido en mi espíritu, en todo mi ser. Eres como los Navajos, de los que leí en mi juventud, que aparecen silenciosamente y se van sin hacer ruido.
Solo con mis sueños… No hablo más de mis deseos, ni de mis apetitos. Eres una pantera vestida de seda y armiño… un ángel eterno de bondad, gracia y luz. H.M.

No he sido capaz de irme a dormir después de que hablamos esta tarde. Me siento demasiado feliz, demasiado elevado. No solamente tienes magia en tus manos, sino en tu voz, en tu mente y en todo tu cuerpo.
Eres algo como para celebrar, como la vida misma. Me acabo de tomar un Valium y dos aspirinas que usualmente me disponen a dormir (imaginativamente) a tu lado, preferiblemente en tus brazos, pero no como un fornicador sino como un amante. Mientras más te conozco, más profundamente crece mi respeto por ti y mi certidumbre de que todos tus deseos se cumplirán. Y quiero decir, antes que tengas ochenta o noventa.

De Freud a Martha Bernays:

El padre de los complejos también alguna vez escribió cartas de amor. Esta fue dirigida a su esposa Martha Bernays

Mi preciosa amada:
Sólo cuatro letras, que quizás lleguen al mismo tiempo que yo. Me alegro que hayas renunciado a poner resistencia a mi viaje. ¿Recuerdas aún mi primer cumplido hace tres años y medio, cuando no sospechabas nada? Te dije que de tus labios caían rosas y perlas, igual que le sucedía a la princesa del cuento que la única duda posible era si lo que predominaba en ti es bondad o la inteligencia. Así adquiriste el nombre de princesita. Y ahora que te conozco bien, no puedo sino corroborar el cumplido, aptitud tan sólo adivinaba por entonces.

Que las cosas sigan siendo siempre entre nosotros como lo son hoy. Debo dejarte, querida mía, pues es medianoche. Que el amor y la ciencia jamás abandonen a tu Sigmund.

Del marqués de Sade a su esposa:

A pesar de la negra fama que le precede al Marqués de Sade, pudo escribir la más triste de las cartas de amor a su esposa desde la cárcel, condenado allí por “sádico” por su propia suegra:

“Hoy jueves 14 de diciembre de 1780, hace 1400 días, 200 semanas y casi 46 meses que estamos separados. He recibido sesenta y ocho provisiones por quincenas y cien cartas tuyas y ésta es la que 114 de las mías. Me gusta con locura ver copias de tu puño y letra; no puedes imaginar el placer que me da. Nunca olvidaré que, mientras yo estaba en Italia empezaste a copiar el Celibataire, porque había algunos pasajes que tú creías que me gustarían. Esta atención tuya la he recordado cien veces lo menos.

He recibido todos tus envíos. Esta vez, corazón mío, son encantadores y te los agradezco con toda mi alma: una vela soberbia, un faisán digno de ser presentado a un comandante de torre, una flor de azahar exquisita y unas confituras selectas…

Sácame de aquí mi buena amiga, te lo suplico con toda mi alma. Por lo menos envíame mis sábanas cuanto antes, te lo ruego. Adiós mi querida amiga, ámame tanto como sufro, es todo lo que pido.
Sade”

Como hemos podido ver en esta pequeña antología de cartas de amor, nadie que se haya enamorado de verdad se ha librado de sus sentimientos más profundos.

Fuente: revista Diners