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La mano temblorosa niega los reflejos

envuelta en la niebla de su atardecer,

no hay bombilla que alumbre los espejos 

ni encuentra valor para lo que va a  hacer.

 

Despedidas sin respuestas,

recuerdos ya marchitos,

aire que no la alimenta, 

peldaños labrados al infinito.

 

La copa de vino varias veces se llena,

las horas bailan cada vez más lentas 

hasta llegue el fin y consiga detenerlas,

hasta que haga explotarle la cabeza.

Un último segundo enturbia sus sueños

en la verdad que nunca deja de arder,

en sus fantasmas gritando con estruendo,

unos que no lo haga; los otros, sí ven.

 

Noche de tormenta,

trae vientos de suicidio,

ya nada la violenta

al explotar su último latido.