La llama de la soledad. Capítulo 11. De repente estalla todo

La llama de la soledad. Capítulo 11. De repente estalla todo

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Al final cedí y pese a todos los obstáculos que había puesto durante la semana, el domingo comí con vosotras y con los niños. Ni tú, ni Raquel me hicisteis ningún reproche en aquella ocasión. Lo cierto es que me alegró mucho veros a todos. A media tarde me dirigí a Ciutat Vella, al café Concordia, en pleno barrio del Carmen. El autobús  se retrasó un poco, de manera que cuando llegué, Carlos ya llevaba un rato esperando. Me senté y pedí un café. Hacía tiempo que no iba por allí y encontré el local muy cambiado. En cuanto me acostumbré a la escasa luz pude advertir a un Paul Newman en plenitud, que no me quitaba su magnética mirada de encima desde la pared del fondo. Al lado de Newman una arrebatadora Marilyn hacía también ojitos al público masculino. En la pared de enfrente lucían palmito Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en una de las escenas finales de Casablanca secundados a poca distancia por Clark Gable y Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó. Ahora mismo no los recuerdo a todos, pero había muchos, muchos más y yo estaba disfrutando como una loca de aquel nuevo ambiente tan cinematográfico. Sin embargo, las palabras de Carlos me sacaron de mi abstracción.

—Parece que mi llamada de la otra noche te incomodó bastante —dijo en un tono algo socarrón—. ¿Con quién te pillé? —Su mirada era entre pícara y cómplice—. ¿Lo conozco?

No solíamos hablarnos de nuestros ligues. Teniendo en cuenta que habíamos sido pareja durante unos años, hubiera resultado algo patético. Pero me había pillado con las manos en la masa, como se suele decir. Por otra parte tampoco tenía nada que ocultarle, así que no dudé en contestar.

—Tal vez… Era Ricky. Bueno, Ricardo Ballesteros y… —apenas pronuncié su nombre pude observar cómo el rostro de Carlos se crispaba.

—¡Con ese impresentable! —exclamó lleno de furia—. ¿Cómo has podido, Sandra? ¿Pero tú sabes quién es? Además, ¿qué hombre de fiar se haría llamar Ricky pasados los cincuenta? —Ahí no pude menos que darle la razón.

La advertencia sobre Ricky de nuevo en otra boca. ¿Cómo los pude desoír a todos? Pero yo no estaba receptiva, no quise escuchar. Ese hombre me había causado buena impresión, me despertó interés e ilusión. Definitivamente, no. No iba a dejar pasar la ocasión de volverme a enamorar por tan poca cosa. Total, ¿qué podría pasar aparte de que me rompiese el corazón? Ya estaba acostumbrada. Yo era una superviviente de las desgracias y los desamores. Y no iba a dejar que nadie apagara aquella llamita de ilusión que había prendido mi salida con Ricky. Le repliqué a Carlos pensando que exageraba:

—De verdad, no hace falta que te pongas así. Fuimos a la ópera y luego cenamos, nada más. Yo solo sé que es concejal. Me lo presentó Amalia hará cosa de un par de semanas. Era la primera vez que salíamos…

—Pues harías bien en no juntarte más con semejante tipejo —respondió en un tono mucho más agrio de lo que me esperaba.

—Será que tú sabes de él más que yo.  ¿Por qué no me ilustras? —El hecho de que Carlos no cejara en su actitud empezaba a irritarme también a mí.

—Con muchísimo gusto, Sandra —dijo enfatizando la palabra «muchísimo»—. Según él mismo, Ricardo Ballesteros es el prototipo de hombre forjado a sí mismo, procedente de una familia muy humilde y que se ha ganado todo lo que tiene gracias a su esfuerzo.

—Entonces, no es para tanto.

—Sí, pero es que yo tengo otra versión. Justo la que él no quiere que se conozca.

—¿Y cuál es esa versión? Si puede saberse.

Conocía bien a Carlos y sabía que no soltaría a su presa así como así. A esas alturas ya comenzaba a tomar conciencia de que aquella tarde solo hablaríamos de Ricky. ¿Es que no había más temas? ¿Acaso Carlos había olvidado aquello tan importante que tenía que decirme?

—Es cierto que su familia era humilde y que estudió toda la carrera de derecho gracias a las becas, pero luego pegó un buen braguetazo al casarse con Carmen Pérez del Río.

—¿De los Pérez del Río de toda la vida? ¡Pero si esos están más que forrados! —exclamé yo, a punto de atragantarme con el café de la impresión.

—En efecto, y como no se fiaban de semejante elemento, los padres de ella lo obligaron aceptar la separación de bienes antes de consentir el matrimonio. Aunque le compensaron luego con un puesto de directivo en una empresa de su grupo.

—Pero ahora lleva un tiempo divorciado, ya no pertenece a esa familia  —le dije yo resuelta y dispuesta a defenderlo de unas calumnias que me parecían totalmente inmerecidas—. ¿Qué es lo que tienes contra él?

—¿Aparte de que se tiró años engañando a su mujer y de que esta lo dejó hartita de cuernos?

—Sí, aparte de eso. No creo que sea algo de tu incumbencia. —Yo seguía haciendo oídos sordos. Me daba la impresión de que Carlos simplemente estaba celoso.

—¿Y crees que ahora que se ha metido en política es mejor persona? Pues ya que lo quieres saber, te diré que es un corrupto de mierda y el tiempo lo pondrá en su lugar. Estoy seguro de no puede acabar bien.

Yo sabía que en los últimos tiempos Carlos vivía muy obsesionado por los trapos sucios de los políticos. No se cansaba nunca de husmear en la basura ajena y a veces, más me parecía un sabueso que un periodista. Conocía su buen juicio y su ecuanimidad. No obstante, continuaba pensando que no tenía pruebas de lo que me estaba contando. Volví a dirigir mi mirada hacia Paul Newman, como si esperara que saliera de la pared de un momento a otro para acudir en mi ayuda en plan de galán clásico. No hubiera dudado en rebatirle a Carlos si hubiera sido capaz de encontrar las palabras apropiadas. Estaba convencida de que todo era un infundio por su parte. Porque no soportaba verme ilusionada. Menuda egocéntrica estaba hecha.

—Aún hay otra cosa. En realidad, el motivo por el que te hecho venir.

Su rostro pasó del rojo colérico a un tono lívido, señal de que lo que me iba a contar a continuación era de una gravedad extrema:

—Tengo serias sospechas de que Ricardo Ballesteros también es uno de los implicados en el accidente del metro, aunque sea de una manera indirecta.

¿Pero es que no podía pasar página? La muerte de Elena lo tenía obsesionado. ¿Es que pensaba que a mí me dolía menos que a él? Eso sí que había sido un golpe bajo. ¿Cómo me lo podía soltar de esa manera? ¿Cómo esperaba que reaccionara? Me enfurecí. En aquel momento era yo la que estaba fuera de mí. Le apunté con el índice acusador y le dije casi gritando sin importarme que estuviéramos en un lugar púbico:

—Eso, Carlos, eso no te lo consiento. No tienes pruebas y lo sabes. No puedes utilizar la muerte de Elena para impedirme que continúe viéndome con Ricky. ¡Mírate! Estás celoso perdido y yo no puedo más con esta situación. —Me levanté y salí sola a calle dejándolo plantado. Una vez fuera noté como se me hacía un nudo la garganta y rompí a llorar.

 

Photo by ho visto nina volare

Tiempo

Tiempo

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Abstinencia es algo que no soporto

Desearía ver nuevamente tu rostro

Para no seguir con este maltrato

Tus besos y abrazos es algo que extraño

Ver tu sonrisa fluir bajo tu naturaleza

De la persona que eres

No aguanto el tiempo

Ni el dolor

Retroceder es poco

Volver a vivirlo es más intenso

Pero sé que me quieres muerto

La llama de la soledad. Capítulo 10. Una amiga es una amiga

La llama de la soledad. Capítulo 10. Una amiga es una amiga

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Al día siguiente, mientras desayunaba eché de nuevo una ojeada a la actualidad. Era lo que solía hacer antes de ponerme a escribir, porque luego el ordenador me abducía y ya no me daba tiempo de nada. La mayoría de los días, salvo que tuviera alguna reunión de con Amalia o con la editorial, ya ni salía de casa. Los diarios digitales me mantenían al tanto, pero la verdad es que no sé ni para qué me molestaba en hacerlo: siempre las mismas malas noticias en los titulares. No se hablaba más que de la corrupción política y de los inmigrantes. Una vez que consideré que ya estaba bien informada, dejé de lado los diarios y me concentré en escribir el artículo para Hoy tendencia. No quería recibir otro rapapolvo de Amalia. La verdad es que me llevó toda la mañana pero, por fin, lo tenía acabado a eso de la una. Me limité a enviárselo por email. No soportaba la idea de volver a hablar con ella. Desde luego, no contaba con que me llamaría al móvil a los pocos minutos de recibir mi correo. Sin embargo, yo que aún estaba muy dolida por la discusión del día anterior, no dudé en rechazar su llamada. Ella no se dio por vencida y me envió unos wasaps. Entonces decidí bloquearla, aunque la curiosidad me pudo y antes de hacerlo leí sus mensajes:

Cielo, no me tengas en cuenta lo que te dije ayer. Me sentía muy presionada y perdí los nervios.

La frase estaba rubricada con unos bonitos corazones. A continuación me había escrito:

Perdona, si es que no sabes cómo voy yo también de liada. Vamos esta tarde a tomar un café y lo solucionamos. Te quiero, guapa. Lo sabes, ¿no?

Tres caritas besuconas cerraban la misiva. Pero ni por esas me ablandé. Sin ningún remordimiento por el desplante que le acaba de hacer a mi amiga, pero sí muy cansada por toda una mañana de intenso trabajo, me eché en el sofá a ver la tele un mientras se hacía la hora de comer. Por lo visto me quedé dormida porque al cabo de un rato me sobresaltaron unos timbrazos inmisericordes. Cuando pregunté quién era por el telefonillo, me lleve la sorpresa de que era Amalia en son de paz y blandiendo como bandera blanca unos rollitos de primavera y otras especialidades chinas que sabe que es de las pocas comidas que me pirran. Aquel gesto me desarmó por completo: ¿cómo podría seguir enfadada con ella?

—¡Oh, Dios! ¡Pero cómo eres, Amalia! —le dije mientras le franqueaba la puerta ya con una sonrisa en los labios.

—¡Si la montaña no va a Mahoma …!

—¿Me estás comparando con una montaña? ¿De verdad que te parezco tan gorda? —lo dije en plan de cachondeo, pero Amalia sabía de sobras que yo me tomaba ese asunto  muy en serio.

—Sí, pero no te quejes, que tener barba sería peor —dijo riendo para desviar mi atención del espinoso tema de los kilos.

En un momento preparamos la mesa de la cocina, descorché una botella de vino blanco que por casualidad tenía en la nevera y nos pusimos a comer.

—¿Cómo se te ha ocurrido venir? Podría no haber estado en casa…

—¡Cómo si no te conociera! Si es que te encierras aquí y si no viniera nadie a sacarte, te pasarías las semanas enteras sin ver la luz del día.

En aquel momento me miró con esos ojos increíbles de color aguamarina y continuó hablando, esta vez dejando un lado el tono de recriminación con el que había empezado.

—Vale… Y porque te lo debía. Lo del otro día estuvo mal, pero que muy mal, lo reconozco. ¿Me perdonas? —añadió haciéndome carantoñas.

—¿Que si te perdono? Ahora en cuanto terminemos, recoges tus cosas y te vas por donde has venido? —Casi me muero de la risa al ver la cara que ponía, la pobre. Así que tuve que acabar rápido con la broma—. Pues claro que te perdono, mujer. ¿Para qué están las amigas si no? Pues para gastarse putadas y perdonarse después —respondí a la pregunta que yo misma había formulado.

Luego preparé café y pasamos a tomarlo al salón.

—¡Oye! ¿Y te ha llamado Ricardo Ballesteros, el concejal? No te puedes imaginar lo pesado que se puso el hombre para conseguir tu número. Le estuve dando largas desde lo del Nuevo Ateneo, pero la semana pasada me pilló en un momento tonto y me lo sacó. ¡Qué insistencia la de ese hombre!

—¿Y se puede saber por qué no se lo querías dar. ¿Desde cuándo te has convertido en mi carabina? ¿Pues sabes qué te digo? Que es un tío de lo más encantador.

—Entonces sí que te ha llamado. Por favor, Sandra, dime que no has salido todavía con él.

—¿Y por qué no habría de hacerlo? Para que los sepas, hace dos noches… Me llevó a la ópera y luego a cenar —puntualicé—. ¿Ves ese ramo de rosas? —lo tenía colocado bien visible en uno de los estantes y se veía bien lozano todavía— pues tuvo el detallazo de enviármelo al día siguiente, o sea ayer. ¿Qué pasa? ¿No crees que ya soy mayorcita para decidir con quién salgo y con quién no?

—No te lo tomes por la tremenda, Sandra. Solo me preocupo por ti. Tiene fama de seductor, por decirlo finamente. Aunque con un poco de suerte tú ya eres demasiado mayor para él. Dicen que le gustan muy jóvenes…

—No digas tonterías, Amalia. Se ha fijado en mí y ya tengo treinta. Así que tan jóvenes no serán —lo defendí.

—Tú verás, pero que sepas que sé todas sus ex echan pestes de él, y la que más su exmujer.

—Entra dentro de lo normal, ¿no? —respondí indignada—. Si todo fuera de color de rosa, Ricky…

—¡Huy, que lo has llamado Ricky! —Ahora sí que estás  perdida—apostilló riendo.

—Pues eso… que seguiría con alguna de ellas y no saldría conmigo —dije retomando el hilo de la conversación—. Si tuviera que descartar a todos los hombres cuyas ex van diciendo algo malo de ellos no encontraría con quién salir. Además, ¿no lo dirás porque tú eres una de ellas?

—¡Mira que eres, hija…! ¡Es que todo lo sacas de quicio! Yo te aviso porque soy tu amiga. Y sí, ya que ha salido el tema: quedé con él un par de veces hace ya un tiempo. Pero no llegamos a nada, aunque él me entró con todo, para que lo sepas. Pero no sé… ese tío tiene algo que no me termina de gustar.

No me tomé bien la advertencia de Amalia. La creí exagerada y sin fundamento. Por el contrario, parecía que aquel interés de mi amiga en que no saliera con Ricky me incitó aún más. El resto de la tarde transcurrió con una disertación casi científica sobre la cuestión, hasta que Amalia se marchó. Aunque no pudimos ponernos de acuerdo sobre aquel tema, al menos habíamos hecho las paces. Yo sabía que pasara lo que pasara Amalia siempre estaría de mi parte.

Al día siguiente fue Carlos quien me llamó a eso de media mañana. Me dijo que necesitaba verme sin falta. Lo noté muy alterado. Tenía que contarme algo muy importante que había descubierto. Por más que insistí no quiso adelantarme nada por teléfono, quería decírmelo cara a cara. Nos citamos el domingo por la tarde en un café del centro.

Antítesis de un amor

Antítesis de un amor

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Este sentimiento esclavo que ama libre

en una ilusión tangible de realidad utópica

es un sueño profundo que no alivia el insomnio

de amar lo que pareces odiando lo que eres

de acariciarte en fantasía a pesar de tus desdenes

abrazando la desesperanza que afloja la confianza

en los límites de la eternidad

y la frontera del infinito

donde te atraigo y te repelo

recordando que te olvido.

La llama de la soledad. Capítulo 9. ¿Cómo un día de mierda se convierte en un gran día?

La llama de la soledad. Capítulo 9. ¿Cómo un día de mierda se convierte en un gran día?

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Era mediodía. Trataba de escribir en el ordenador, pero no me podía concentrar por culpa de lo que me había dicho papá por la noche en el sueño. Aquella frase todavía me seguían revoloteando en la cabeza: «Cuidado. Sandrita…». Su visita, lejos de apaciguar mi ánimo como solía, me había dejó intranquila y la mala noche pasada me había causado estragos. Me levanté con fiebre y dolor de cabeza. También acusaba una feroz tos perruna. La verdad es que no tenía ni idea de si había alguna relación de causa efecto entre aquellos dos hechos. Dicho en otras palabras: ¿me había hecho papá luz de gas porque ya estaba enferma previamente o era por culpa de sus palabras que había enfermado? Fuera como fuese creía haberlo solucionado a primera hora de la mañana con un café y un ibuprofeno. Pero hacía rato que se me había pasado el efecto y el malestar volvía otra vez con toda su crudeza. Para colmo, me acababa de llamar Amalia y nos habíamos peleado. ¡Vaya mierda de día que estaba teniendo!

Toda la discusión con Amalia había venido porque aún no tenía listo ese artículo para el reportaje Mujeres de éxito, del magacín Hoy tendencia. Cuando me propuso escribirlo ya le avisé de que estaba empezando nueva novela; que eso era lo más importante para mí; que necesitaba darle prioridad absoluta sobre todo lo demás; que no estaba segura de poder cumplir con el plazo. Pero mira tú por dónde, se empeñó en que tenía que ser yo una de las seleccionadas: el público, en palabras suyas, estaba ansioso por conocer mi experiencia como autora. Yo era la escritora de negro y policiaca con más éxito que ella conocía y por eso tenía que ser yo. Era su amiga y no le podía fallar. Esos fueron  los argumentos que utilizó para convencerme Al final, claudiqué y terminé por aceptar el encargo, solo por complacerla. Demasiado bien sabía ella que no daba abasto con todo lo que tenía encima. Pero ahí estaba, la muy borde, reclamándome el trabajo cuando aún no se había cumplido el plazo. ¿Y todo por qué? Porque las memas de la arquitecta y la jueza, que también participaban, debían de estar como locas por salir en la revista y ya habían entregado lo suyo. Si no, ¿qué explicación tendría que lo hubieran entregado tan pronto?  Aborrezco a la gente demasiado complaciente. Hace quedar fatal a todos los demás. ¡Yo qué culpa tenía de que esas fueran unas bienqueda! Vale que solo faltaba yo, era verdad. Pero tenía que confiar más en mí. No tenía de qué preocuparse. ¿Es que no me conocía? ¿Cuándo la había dejado yo en la estacada? Solo necesitaba un par de días, eso era todo. Total para enero, que era cuando tenía que salir el número del magacín, faltaba todavía una barbaridad. ¡Ay, Amalia! ¿Por qué fuiste así conmigo? Se había pasado tres pueblos. Tenía la cabeza de nuevo a punto de estallar, así que me fui a por otro café con su ibuprofeno correspondiente. Mientras, aproveché para dar un vistazo a los titulares del día. Los tiempos estaban revueltos y cada día nos desayunábamos con un panorama desolador, aunque ahora tampoco es que la cosa rule demasiado bien.

Leí los más destacados de Las Provincias: el pacto entre Compromís y Podemos se terminaba de ir al carajo. Me preguntaba quién le echaría la culpa a quien del fracaso de las negociaciones. Por lo que se ve la desunión la izquierda es un algo atemporal, como los clásicos. La luz había vuelto a subir una exageración. Qué novedad, llevaba años en un ascenso imparable. A ese paso íbamos a acabar todos convertidos en indigentes eléctricos y tan solo los ricos iban a poder pagar el recibo sin dejar de cubrir otras necesidades más perentorias como el comer. Menudo eufemismo se habían inventado los periodistas con eso de la pobreza energética: pobreza y punto, como la de toda la vida. ¡Hasta dónde iba a llegar la maldita crisis! Cambiando de tema: un imputado de Castor acababa de confesar que conocía los riesgos de seísmo en la zona. Joder, es que los hay con más cara que espalda. Si sería sinvergüenza el tío. Ya en nacional, salían corruptelas varias repartidas a lo largo y ancho de la geografía española y en internacional, la crisis de Siria venía otra vez en primera plana. A pesar de mi mal humor todavía saqué la poca empatía de la que era capaz para compadecerme de aquella pobre gente pillada en medio del conflicto. Nadie se merecía lo que les estaba pasando. Me volví a repetir mentalmente: ¡un auténtico día de mierda!

En esas estaba cuando tocaron a la puerta. Un enorme «oh» se escapó de mi boca al ver al repartidor con un gran ramo de rosas.

—¿Sandra Rojas? —me preguntó cuando le abrí, todavía con la bata y el pijama a pesar de que eran más de las doce.

Las cogí, le di un euro de propina y puse el ramo en un jarrón con agua. Luego leí la tarjeta:

Para la mente asesina más encantadora que conozco.

Tuyo, Ricky.

Mi día se acababa de iluminar. Por las rosas, sí. Y también por un radiante sol de otoño que empezaba a colarse por el ventanal de mi cocina. ¿No dices tú que un buen sol es lo que más ayuda a levantar el ánimo?: pues eso mismo, mamá.  A renglón seguido llamé a Ricky para darle las gracias y me propuso salir volver a salir pronto. Rechacé la invitación a cuenta del enorme trancazo con el que había amanecido y quedó en que me llamaría en un par de días a ver si me encontraba mejor.

Por la tarde, la mayoría de mis síntomas habían remitido y me encontraba mucho mejor a pesar de que mi estómago no había admitido nada de comida. Entonces se me ocurrió que sería un buen momento para llamar a Carlos: a ver aquello tan importante que tenía que decirme. Me salió el contestador con el consabido apagado o fuera de cobertura. Lo odiaba —al contestador, no a Carlos, claro—. Pensé que tal vez se estaba tomando la revancha por lo de la noche anterior, aunque sé que entre sus defectos no está precisamente el de ser rencoroso. Puestos a mirar, yo lo soy mucho más que él.

Sabes que en el fondo Carlos y yo nos conocemos demasiado bien, ya que lo nuestro ha sido todo un despropósito de idas y venidas a lo largo del tiempo. Después de haber cortado de manera definitiva y tras unos meses de tirantez habíamos llegado otra vez a ser buenos amigos, además de colegas. Algo que, después de todo me alegró, y ya sabes que esa era nuestra relación entonces. Aunque sé que si por ti hubiera sido, habrías estado encantada de que lo nuestro hubiera llegado a buen puerto.

Haciendo memoria, Carlos y yo nos conocíamos desde el instituto. Pero algo que tal vez tú no sepas, mamá, es que no fui yo su primera elección. Antes de estar conmigo salió con Elena. De hecho estaban juntos cuando lo del accidente del metro. A mí siempre me había gustado. Pero qué le voy a hacer, en ese aspecto soy bastante tradicional y jamás le hubiera levantado el novio a una amiga y más todavía, tratándose de Elena que, como sabes era casi otra hermana —recuerda como nos llamaban las trillizas cuando íbamos al instituto—. Así que mientras estuvo con ella, Carlos fue territorio vedado para mí. Sin embargo la vida da muchas vueltas, demasiadas diría yo y tras la muerte de Elena tratamos de apoyarnos el uno en el otro, lo que nos hizo profundizar todavía más en nuestra amistad. Raquel entonces ya salía con Iván y aunque también sufrió por la pérdida de nuestra Elena, buscó consuelo en el que con el paso del tiempo se convirtió en su marido. No la culpo. Es un buen hombre. A veces, de tan perfecto que resulta me da asco. No te lo tomes a mal, sabes que es una broma. Me hace gracia, porque a veces se lo suelto a Raquel y es algo que la enfurece. Es una de mis frases preferidas para hacerla rabiar.

Como te iba diciendo, nos quedamos solos Carlos y yo. Solíamos vernos a menudo para llorar mientras recordábamos a Elena —entiéndelo en un sentido metafórico, aunque a veces también llorábamos de verdad—. Ambos la echábamos mucho en falta. No sabría precisar quién de los dos fue el que lo pasó peor. Carlos empezó a dejó de afeitarse a diario y luego optó por dejarse crecer la barba, que le echaba por lo menos diez años encima. Se le veía desmejorado y fue por aquella época cuando comenzó a fumar, algo que yo siempre le recriminaba porque nunca soporté el olor del tabaco y más desde lo que le pasó a papá. Yo por mi parte volví a adelgazar muchísimo y todos los  problemas con la comida que arrastraba desde la muerte de papá se me reagudizaron entonces.

Dicen que el roce hace el cariño y debe de ser verdad, porque al cabo de un tiempo surgió la chispa entre nosotros. Pero en la vida no hay nada perfecto y yo me daba cuenta de que mi unión con Carlos carecía de la armonía que se respiraba alrededor de  Raquel e Iván, sin ir más lejos. Jamás los he visto discutir en público ni decirse una palabra más alta que otra. Supongo que en la intimidad tendrán sus diferencias, como todo el mundo, pero de puertas para fuera no podrían estar mejor avenidos. En cambio Carlos y yo regañábamos a todas horas. Yo llegué a aborrecer su barba y su olor a tabaco. A él le ponían de los nervios mi delgadez extrema y mis vómitos. Me seguía tan de cerca e incluso pretendía entrar al baño conmigo para vigilar que no me provocase las arcadas. Lo dejábamos un montón de veces y otras tantas volvíamos. Pero, como ya sabes hubo una última. Quizás no fue una buena decisión romper con Carlos. Solo quizás, porque ahora un hombre, no un crío que necesitaba dejarse la barba para aparentarlo, se había tomado la molestia de enviarme unas rosas después de haberme llevado a la ópera a ver Madama Butterfly. Entonces pensé que  al final, pese a todos los contratiempos que había tenido, aquel jueves 20 de octubre de 2016 podría llegar a ser un gran día.

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