¿Bailas?

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¿Bailas?

Tercera y última parte

La voz de Demis Roussos repetía el estribillo una y otra vez. La chica a la que había pedido bailar, levantó las cejas y sus labios temblaron un instante antes de asentir moviendo la cabeza arriba y abajo. Con seguridad, debía estar tan sorprendida por mi invitación como yo lo estaba de mi valentía. Aunque ya había contestado, mi mano seguía extendida y al brazo le costaba no empezar a oscilar con mis dedos a punto de parecer un flan por la ansiedad que acumulaban. Ella debió darse cuenta y, deshaciendo la postura en la que estaba, se agarró a mi mano. No sé si notaría el sudor que acumulaba, lo que sí hizo fue apretarla fuerte y empezar a levantarse tirando de mí. No pudimos distanciarnos mucho de donde estábamos. Cuando la agarré por la cintura vi que llevaba puesta una chaqueta de lana fina, una rebeca, y una blusa debajo.

Los años han tirado paletadas de tierra sobre mis recuerdos. Esto y el reino de las tinieblas que era aquel improvisado salón de baile, son un muro de acero que solo me deja ver su rostro como si fuera una bailarina de Degas. Una en la que solo se distinguen unos ojos negros enormes y unos labios finos retocados con carmín rosa. 

Me aproximé algo más a mi pareja y empezamos a balancearnos al compás de la canción cuando, para mi sorpresa, ella se aplastó contra mí rodeándome el cuello con sus manos.  Entrelacé las mías abarcando su cintura y sentí, por primera vez en la vida, el latir de otro corazón junto al mío.

Sé que ella era tan inexperta como yo, y que aquel escalofrío que me recorrió entonces la columna vertebral, también ella lo notaba por su espalda. No era habitual bailar tan pegados y menos, una primera vez. Nos comportábamos como si fuéramos una de aquellas parejas que ‘salían juntos’. Pegada mi cabeza a la suya, miré a uno y otro lado, nadie se estrechaba como nosotros lo hacíamos. .

Aquel himno avanzaba pero lo de menos era la música. Al mismo tiempo que la sangre se acumulaba en mi entrepierna, que ella debía estar notando sobre su vientre, sus pechos también se fueron endureciendo. Pero no dejamos de abrazarnos, al contrario, nos fuimos juntando más si cabe. 

Cerré los ojos, inspiré y me llegó un olor a mañana de verano desde su pelo. Este se mezclaba con otro  a madera vieja que salía del cuello. Un aroma que busqué en cada mujer con la que estuve después. 

Deseé con todas mis fuerzas que los violines y el órgano electrónico no dejaran de sonar pero, a diferencia de los temas que duraban muchos minutos, ‘We shall dance’ era de los más cortos. El título se repetía como un mantra y unas apocalípticas trompetas nos anunciaban que se terminaba.

No habíamos cruzado una sola palabra en todo el tiempo que duró la canción. Y, sin embargo, nunca antes alguien me había atraído tanto. 

Mientras que cambiaban el vinilo, durante el corto silencio en el que todavía el eco de ‘We shall dance’ llegaba hasta nuestros oídos, esa chica empezó a retirar su cuerpo del mío. Con suavidad, cogió con una de sus manos el nudo que eran las mías, y lo deshizo. Me fijé en que sus ojos parecían un lago a punto de desbordarse en el momento que pronunció dos palabras:

—Hasta luego.

Fui incapaz de responder, su frase hizo el mismo efecto que ponerme una pistola paralizante sobre el cuello.

Al verla abandonar el salón, me parecía que flotaba. Empecé a reaccionar pensando si habría ido a la cocina o al baño, todavía sin ser capaz de mover un pie hasta que un empellón involuntario de otra pareja me hizo trastabillar. Fui hasta el tresillo, ahora sin huecos libres, y esperé a que regresara. Una idea me martilleaba, seguir bailando y llenar mis pulmones con su olor, sentir como la palma de mi mano volvía a trazar círculos por su espalda. 

Los minutos siguientes cayeron uno tras otro y yo, nervioso, encendí un cigarrillo, algo a lo que me estaba aficionando más por aparentar hacer lo mismo que los adultos que porque en realidad me gustara. No fue el único, con la colilla de ese prendí el siguiente y con esa, unos cuantos más hasta acabar la cajetilla. Pero ella no aparecía. Fui en su búsqueda, no estaba por ninguna otra estancia y pregunté por ella a los que vi en la cocina, una chica solo recordaba haberla visto dejar la casa en silencio y apresurada hacía ya bastantes minutos.

Salí al exterior y la escasa luz de las farolas me devolvieron una calle vacía con unos gatos persiguiéndose. Me recosté en el muro de la casa, bajé la cabeza y me pregunté, ese día y muchos después, qué la habría ocurrido para huir como lo hizo. 

Pensé que aquellos pocos minutos en los que nos atrevimos a sentirnos, si no había sido como el choque de dos placas tectónicas y si esa era la causa del terremoto que la llevó a desaparecer. Tal vez, solo se avergonzara por dejarse llevar por una extraña pasión, solo estuviera atemorizada de ella misma al abrazar a un chico por primera vez. 

Entré a la casa y durante el tiempo que seguí allí, vagué como el humo de mis cigarrillos del patio al salón sin ser capaz de volver a bailar con otra chica. Ni esa jornada ni en los siguientes bailes. Recuperarme, me llevó tiempo. Olvidarla, sería imposible.

Las imágenes de lo que sucedió se funden a negro y aparece la palabra fin sobre mi recuerdo. 

Pocas veces volví a ese barrio, a aquella casa nunca. Durante años, la busqué entre la gente que veía paseando por las aceras, por el metro y en los parques. Siempre deseando cruzarme con ella y preguntarle qué fue lo que sintió cuando bailamos ‘We shall dance’. Aunque la vida no nos hubiera juntado, a menudo fabulaba que nos encontrábamos en cualquier lugar: un aeropuerto, un vagón de tren o la cola de un cine eran mis favoritos, y allí, tras reírnos de lo jóvenes que éramos, le preguntaría si se casó y si tuvo hijos, si engrosó como yo las listas de parados, pero, por encima de todo, querría saber que pensaba cada vez que oía ‘We shall dance’. 

Los años pasan, cuarenta y tantos desde aquel día, y aunque a nosotros nos parezca habernos movido muy poco y ser siempre los mismos, hemos cubierto un largo camino. El pelo desaparece, se nos redondea la figura y las arrugas de la cara son las muescas que representan nuestras separaciones y cada fracaso sentimental. Esto nos hace irreconocibles a los demás por mucho que nos empeñemos en mantener siempre una llama ardiendo sobre los recuerdos.

Hace apenas unos días en la televisión apareció un video de Demis Roussos cantando   ‘We shall dance’. Tras dos divorcios, llevaba un año feliz con mi nueva pareja a la que había conocido en mi trabajo poco antes. Al terminar la canción le dije que si le contaba todo lo que significaba para mí quizá se pondría celosa.  Me animó a hacerlo y, nada más acabar, vi que sus párpados parecían el muro de un pantano. Cuando se desbordaron, le acerqué un pañuelo. Una vez que moqueó y lo empapó, tomó aire mientras llevaba una mano al pecho, para decirme entre sollozos: 

—Si no me hubiera ido, no sé qué habríamos hecho en uno de aquellos cuartos. Siempre me arrepentí, siempre soñé, como tú, que nos volvíamos a encontrar. Lo que nunca pude imaginar es que estaría a tu lado doce meses sin saber que la persona a la que amo hoy es la misma a la que primero amé. 

La abracé, la besé y solo puede añadir:

—¿Bailas? 

Fin

¿Bailas?

¿Bailas?

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¿Bailas?

Segunda parte

Al patio trasero se accedía desde la cocina, a la que regresé para que no me confundieran con un mirón. Salí y lo vi lleno de otros adolescentes, la mayoría chicos como yo. Aunque el sonido de la música llegaba hasta ese lugar, todos los que allí estaban se limitaban a conversar mientras sostenían un vaso en una mano y un cigarrillo en la otra. 

Me sentía perdido, no conocía a nadie y empezaba a pensar si no me habría equivocado al acudir a esa ‘reunión’. Sin embargo, el anochecer era espectacular con el sol ya por debajo del horizonte pero tiñendo de rojo las pocas nubes que había en el cielo. Me acodé sobre el murete que delimitaba el patio separándolo de un terraplén, y disfruté viendo como la noche devoraba aquellos reflejos. 

Extasiado por el cielo de Madrid, debí perder la noción del tiempo. Nada más distinguir las primeras estrellas, me di la vuelta y vi que el patio se había quedado casi vacío. Refrescaba y el vaho dibujaba extrañas formas al mezclarse con el aire. 

Era la primera vez que bebía vodka, y no me disgustó. Quitando el primer trago que me pareció como si me tragara una cerilla, en los siguientes, un sabor dulzón a naranja se impuso. Ahora mi vaso estaba vacío. En la cocina lo rellené, encendí otro pitillo y fui de nuevo al salón comedor, hacía rato que no veía a mi amigo. 

Me costó entrar, la casa se había llenado de gente y ahora era como un vagón de metro en hora punta. No sé la de parejas que bailaban. Al hacerlo, chocaban continuamente entre ellas como los autos de la feria. Abriéndome paso a codazos y empellones llegué hasta el tresillo del que, en ese momento, se levantaba un muchacho. No lo pensé dos veces y aterricé sobre uno de los cojines alargando la zancada. 

No lo recuerdo con exactitud, pero debíamos estar apelotonadas más de media docena de personas. De refilón vi que  a mi izquierda estaba una chica y a mi derecha un chico. Al menos dejaré de parecer un zombi yendo del saloncito a la cocina y, de ahí, al patio, me dije. 

Dentro de la casa, los que no bailábamos, manteníamos una actitud tan reverencial como si estuviéramos en misa y apenas nos dirigíamos la palabra entre nosotros. Pero no ocurría igual con los que bailaban. Era frecuente ver a uno de ellos, el chico por lo general, llevar sus labios hasta la oreja de ella. Poco después, una risa femenina se imponía a la música, y yo  no podía evitar pensar qué le habría dicho.

Para romper el hielo con el sexo opuesto teníamos una muletilla: «¿Bailas?». Pero aquel día yo era incapaz de abrir la boca, tampoco era la primera vez que me pasaba. No conocía a ninguna de las chicas y esto, sumado a mi timidez y a  aquella aglomeración, me hizo tirar de mi espalda hacia atrás y  limitarme a observar. Fugazmente, vi pasar a mi amigo, salió de uno de los dormitorios, cruzó el salón y, poco más tarde, regresó con un vaso en cada mano. Me imaginé que una chica le esperaba en la habitación. No cabía duda que él no había remoloneado con el ¿bailas?

La oscuridad era pegajosa y cada vez más consistente, la pequeña luz de la radio solo alumbraba en varios centímetros alrededor. Alguien debió comprender que tantas sombras solo podrían ocasionar un accidente y, al poco rato, dejó encendido el fluorescente de la cocina. Yo solo veía unos bultos que parecían moverse a cámara lenta, algo que propiciaba el tipo de música que aquel muchacho de los discos ponía con maestría. 

Entonces, le tocó el turno a ‘We shall dance’. Un clásico de esos años a la hora de bailar lento y agarrado. 

La canción me la sabía de memoria. Como si fueran las graves campanadas de un reloj de pared que marcara las horas, el órgano iniciaría los compases y, tras esa introducción, el chorro de voz del cantante, con un vibrato no se si natural o modulado, atacaría la letra. Algo referido a bailar, era todo lo más que entendíamos de aquellas frases que él repetía. Tampoco nos importaba no entender bien inglés. Si decía que ‘bailaremos’…  eso sería lo que haríamos,  y muy juntos. Es increíble lo bien que nuestra calenturienta imaginación rellenaba lo que no sabíamos traducir de aquella letra simplona y casi falta de sentido. Por eso, nos era muy sencillo  convertir aquel himno en la puerta al desenfreno. 

Sin pensarlo apenas, como suelen hacerse las cosas que más huella nos dejan, nada más escucharse el primer ‘We shall dance’ me giré a la izquierda y, levantando la  voz, le  pregunté a la chica que estaba sentada a mi lado si quería bailar. 

No sabía si era alta o baja, rubia o morena, delgada o gorda. La penumbra, pero sobre todo que en ningún momento anterior nos habíamos mirado a la cara, tenían la culpa. Tampoco se había movido del tresillo ni hablado con nadie desde que aterricé sobre aquellos cojines.

Yo creo que todavía no había acabado de hacer mi pregunta cuando su mirada chocó con la mía. Tenía unos ojos oscuros y silenciosos que, sin pestañear, volaban muy lejos de aquel salón. Por un momento, me pareció que no era real sino algo inseparable, un elemento más del mueble sobre el que estábamos sentados. 

Ella solo giró el cuello hasta poner su rostro enfrente del mío, sin llegar a mover ningún músculo más. Sus codos permanecían descansando sobre las rodillas mientras se sujetaba la barbilla con las manos y mantenía curvada la espalda hacía adelante. Me fijé que tenía las piernas muy juntas, llevaba falda y medias negras calzando unos zapatos cerrados de cordones con tacón ancho y cuadrado

Aguardé unos segundos, aunque a mí me dieron la impresión de ser horas. Sin dejar de mirarnos,  forcé una sonrisa, respiré hondo y, extendiendo mi mano hacia ella, le pregunté de nuevo:

—¿Bailas?

Fin segunda parte. Continuará 

¿Bailas?

¿Bailas?

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Primera parte

Pegadas a nuestra vida viajan un buen puñado de canciones. La huella que nos dejan se distingue en la manera que miramos, en como pensamos o en como amamos. A veces, escribimos sobre lo que han supuesto para nosotros; en otras, nos gusta superponer nuestra voz sobre su melodía y, a menudo, al hablar de ellas los recuerdos nos inundan poniéndonos la piel de gallina, más si las escuchamos al mismo tiempo. Sin duda, son unas fieles compañeras, tan leales como cualquier perro con su dueño.

Alguna, no necesariamente aquella con una calidad musical fuera de lo común, es como una maquina del tiempo que nos trasladara al pasado nada más escuchar sus primeras notas. Además, si cuando se nos pegó a la piel éramos aún adolescentes corriendo tras un mundo de adultos, la marca que queda no se nos borra nunca. Esto es lo que a mí me ocurre con ‘We shall dance‘ (httpts://youtu.be/vgdYaWVVe9g). Una canción himno interpretada por el cantante griego allá por los años setenta del siglo pasado.

En cuanto escucho las primeras notas, se proyectan en mi cabeza siempre las mismas imágenes, el mismo recuerdo que se subió a mi vida en un lejano día de otoño hace ya más de cuatro décadas. Todo empieza con un ‘traveling’ sobre un plano general de Madrid, enfocando las cumbres de Guadarrama desde el sureste de la capital con el tejido de la ciudad mezclándose con el horizonte. Hoy en día, hay zonas ajardinadas, edificios de más de quince plantas en los que poder contemplar el atardecer sobre el perfil de las montañas o en los que ver el brillo del sol rebotando en los tejados de las casas al mediodía. Pero al compás de la música, esos  fotogramas, de repente, cambian el color  por el sepia envejecido mostrando ahora campos cultivados de trigo, alguna carretera sin coches y una ciudad mitad de la actual… la canción no deja de sonar y yo empiezo a ser espectador de mí mismo. 

Camino junto a un amigo, adolescente como yo, por una carretera estrecha. Vamos hacía un barrio que, aun perteneciendo a la capital, se encuentra aislado de esta por solares vacíos llenos de matorrales, muebles viejos y basuras junto a un par de antiguas fábricas de cerámica. Ascendemos una loma siguiendo un muro donde alguien ha pintado la palabra ‘libertad’ que se encuentra tachada en cada letra. Un torpe intento de aquella policía de entonces por convertirla en ilegible, solo consiguiendo que destacara más todavía.  

Según me adentro en ese territorio, me cruzo con niños descalzos y los mocos colgando de la nariz, con varias  mujeres y hombres cabizbajos. Al alcanzar las primeras casas, las calles de aquel entramado están compuestas por barro y surcos profundos, sin alcantarillado de ninguna clase y con imaginarias aceras, apenas unas cuantas piedras mal amontonadas que sirven para alinear un conjunto de pequeñas viviendas de una planta con patio trasero. Entremezcladas con ellas, dejamos atrás un par de chabolas con muros que desafían a la plomada, con tejados desiguales compuestos por tablones de maderas  y uralitas, con puertas formadas con cortinas de  hileras con chapas aplastadas. No hay tiendas y pasamos de largo por una taberna que imagino  refugio de rateros y buscavidas. Todo ese lugar es un espacio gris y descarnado como si estuviera abandonado. Huele a  tristeza y a refritos de aceite.

‘We shall dance’ avanza y su  siamés, mi recuerdo, me llevan a adentrarme en él…

Yo vivía en un barrio limítrofe, al otro lado de aquellos solares vacíos que hacían de frontera entre aquel mundo gris y el mío, cuya población estaba compuesta por la clase media con la que aquel régimen dictatorial pretendía disfrazar la tiranía con la que gobernaba. Cruzar la frontera que separaba esos dos territorios era retroceder un siglo, en solo unos cuantos pasos te adentrabas en el tercer mundo. Poderlo contemplar y tocar con mis dedos, me hizo despertar e indignarme por los privilegios de unos y las miserias de otros.

Traspasé en muchas ocasiones la barrera que separaba esos dos mundos.  Unas para romper mis zapatos jugando al fútbol en descampados llenos de piedras y en los que las porterías quedaban delimitadas tan solo por un par de montículos con apenas dos pedruscos y algún ladrillo roto. Otras, como aquella vez en la que ‘We shall dance’ entró en mi vida para formar siempre parte de mí. 

Solo logro recordar que fue un amigo del amigo al que acompañaba, quién me había invitado a esa ‘reunión’ que tendría lugar en una de aquellas casas de patio trasero, en aquel momento deshabitada. Decir ‘reunión’ era un eufemismo usado por  los jóvenes de esos años. En realidad se trataba de un guateque o fiesta en la que los chicos y las chicas nos juntábamos para bailar.

Dos escalones conducían a la puerta principal de aquella casa. Nada más entrar, un minúsculo recibidor dejaba a un lado la cocina y el baño, quedando el resto de habitaciones al otro. Dos o tres, pensé mientras que mi amigo me presentaba a quien había organizado el guateque. Enseguida fuimos hasta el cuarto que hacía las veces de salita de estar y comedor. Se encontraba en penumbra y repleta de muebles viejos que imaginé con una película de polvo por encima. En una de las esquinas había un tocadiscos compacto con radio y  cuya  luz del dial sobresalía en la oscuridad. Aunque no había anochecido del todo, la persiana  estaba bajada y solo filtraba unas varitas de luz que se estrellaban contra un suelo de losetas imitación  de granito. Por el altavoz se escuchaba la voz de un cantante francés cantando en español pero en cuanto la canción terminó, con mis ojos distinguiendo ya algo más que sombras, vi a un muchacho retirar el disco, casi como si fuera un prestidigitador, y poner otro en pocos segundos. Cuatro parejas estaban bailando y varias chicas y un chico estaban sentados en un tresillo cuarteado de escay. No había pasado mucho rato cuando mi amigo, al que había dejado en la entrada, me vino a buscar. Agarrándome por el brazo, me llevó hasta la cocina. Allí, sobre una mesa de madera forrada con un hule de plástico, se encontraban las bebidas: refrescos, zumos y varias botellas de ginebra y vodka. Todos habíamos pagado quince pesetas a la entrada para cubrir ese gasto. Pegado a la cocina estaba el aseo, estrecho, oscuro y con los baldosines respirando churretes de humedad. 

Volví hasta el salón, ahora sosteniendo en mi mano un vaso alargado con hielo, naranja y vodka. Lo crucé evitando a las parejas hasta ver que desembocaba en un distribuidor que daba acceso a dos dormitorios. Uno tenía la puerta cerrada pero en el otro distinguí a una pareja tumbada en la cama además de a otra chica sentada sobre un chico en una butaca con orejas que estaba al fondo. Estos se estaban besando. Supuse que serían novios aunque entonces usábamos un término más aséptico: «salir juntos». Merodeando estos cuartos, también mirándolos con el rabillo del ojo, había tres o cuatro parejas esperando a que quedaran desocupados para así poder explorarse con algo de intimidad. Me pregunté si todas ellas estarían ‘saliendo’ o si alguna se habría conocido en aquel lugar. Yo me conformaba con bastante menos, todavía ‘no había salido’ con ninguna chica y mi aprendizaje sexual no había pasado de la primera lección. 

Fin primera parte. Continuará 

Noches sin luna

Noches sin luna

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Al final, todos habían salido a bailar. Hasta Fermina, la hermana muda del curita del pueblo, se abrazó al cerrajero para disfrutar el último chamamé de la noche. En vez del esperado sapucay, se escuchó un abucheo general al apagarse las luces. Fueron solo diez minutos de oscuridad, pero la sensación fue que duró una eternidad. Cuando regresó la luz, nadie sentía ganas de retomar el ritmo y la alegría se había hecho humo. Tanto así como Fermina, quién desapareció raudamente del lugar.
En la mañana siguiente, el Padre Hugo dio oficio a la misa del día domingo. No cargó con ningún reproche sobre la festichola de la noche anterior, no era de sermonear mucho. Por otra parte, él mismo había concurrido a la fiesta realizada en el Club El Progreso. Igual se lo notó demacrado, distraído, las manos le temblaban y la respiración parecía dificultosa. No se demoró mucho con los feligreses a la salida de la misa y se dirigió a recostar porque le dolían los huesos.
Durmió de corrido hasta la hora de la cena. Se levantó y las nauseas no lo dejaron probar bocado. Había soñado cosas espantosas; hechos desgraciados de sangre y suplicio. Tenía la boca amarga, el pulso acelerado y moría por una pitada. Buscó sigilosamente entre los cajones de la cómoda, debajo de las medias, un paquete de cigarrillos. Luego de encender el primero de los cinco que finalmente fumaría, ya se sentía mejor. El alma le había regresado al cuerpo.
Entonces, decidió ir a ver a su hermana, hasta la vieja casa del Barrio 1° de Mayo. Hugo Ceballos, vivía desde los treinta y un años en Esquina. Había nacido en Mendoza, al igual que Fermina, ambos andaban por los cincuenta y pico de años. Tocó bocina, de la vieja camioneta. Tocó dos y muchas veces más. Renegando, bajó del vehículo y apenas bastó un leve toquecito con la punta del dedo índice para que la puerta de acceso a la vivienda se abriera. Su hermana no hablaba, pero sí oía. ¿Dónde se habría metido? La buscó por toda la casa sin encontrarla.
Salió más indignado que preocupado en dirección a la “chata”. Uno de los neumáticos estaba pinchado y no llevaba rueda de auxilio. Las luces al igual que la noche anterior se apagaron en todo el pueblo. Ingresó a la camioneta y prendió los faros. Para completar se había largado a llover. Al regresar la energía, por suerte fue rescatado por gente amiga que lo acercó hasta la parroquia.
El lunes dio parte a la policía de la desaparición de Fermina. En tanto, el comisario le reveló una angustiosa noticia. Había aparecido un cuerpo sin vida, en cercanías del cementerio. La muerte era lo de menos, las condiciones que presentaba el NN eran escalofriantes. No tenía una gota de sangre. Era como si todo aquel vital líquido hubiera sido extraído. Tenía múltiples cortes profundos en las extremidades inferiores, sobre todo en las plantas de los pies.
—Padre, disculpe la pregunta, pero estoy en el deber de hacérsela — se excusó el comisario Benítez.
— ¿A mí? Estoy tan consternado como vos Jorge—respondió Hugo, perplejo.
— ¿Fueron ellos? — preguntó, alzando la vista hacia el cielo.
— No sé de qué me hablás. No quiero tampoco saber. Quiero que este pobre hombre descanse en paz y que mi hermanita aparezca ahora mismo.
Siempre habían existido malas lenguas que aseveraban que Ceballos era raro y que practicaba comunicación con los extraterrestres. En alguna oportunidad, se lo escuchó comentar acerca de “Los tres días de oscuridad” y del “Cinturón fototónico”. Augusto, poseía una mente abierta, y un tanto revolucionaria para los preceptos eclesiásticos. Pero de ahí, a entablar contacto con entes de otras dimensiones, era una cosa muy distinta.
Siendo las 22hs, previendo el mismo corte de luz de las noches anteriores, se mantuvo en guardia, y decidió no cenar tampoco esa noche. Estaba desesperado tras la desaparición de la hermana y del hallazgo macabro. Al otro día, fue a la morgue para gestionar el velatorio del fallecido. Las autoridades le negaron permiso, porque ante tremendo hecho lo enviarían a la capital para que personal idóneo realizara la autopsia.
Saliendo del lugar tropezó con Fermina. Llevaba unos cortes superficiales en los brazos y en las palmas de las manos. La sangre estaba coagulada en sus heridas, y en ese momento le dijo que estaba feliz de encontrarlo.

El baile soñado

El baile soñado

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EL BAILE SOÑADO

Los mensajes llegan por mi smartphone y tengo los primeros datos: nombre, edad, antecedentes y foto reciente. El segundo me indica la dirección donde la encontraré, día y hora. Se trata de una joven huidiza que ya me ha burlado dos veces.
Lejos van quedando los tiempos en que me acercaba a las oficinas, hacía cola, llenaba formularios y salía con la lista de encargos. Hoy, no. Un timbrazo y la pantalla del celular te conecta con el mundo y la realidad.
La recogeré a las 21:00 horas en un club social. Ya no me sorprende dónde cumplo mi trabajo. Lo he hecho en calles, parques, hospitales, teatros, estadios y en cuanto lugar se pueda imaginar. No es divertido pero soy un profesional a carta cabal.

La puntualidad es una de mis características. Estoy parado frente al local que anuncia un baile de carnavales. Los asistentes están disfrazados y llevan máscaras y antifaces. Se presenta el primer problema: la jovencita que busco tiene la cara oculta. Ingreso y la segunda dificultad asoma: los asistentes son osos pandas, hombres lobos, robots, arlequines, payasos asesinos, etc. La mayoría lleva encima el atuendo que dificulta distinguir el género. Un criminal fugitivo pasaría desapercibido y disfrutaría sus últimas horas de libertad con absoluta confianza.
La orquesta hace temblar las paredes con melodías desconocidas para mí y empiezo a sentir que mis pies quieren bailar. Súbitamente una gatúbela toma mi mano y hacemos piruetas en la pista. Una y otra vez me saca a bailar y, a medida que pasan las horas, bailamos mejor, mucho mejor. Sin darme cuenta el animador anuncia el momento de proclamar a los mejores disfraces y a la pareja bailarina ganadora. Ha sido tal mi distracción, y subyugado por la gatúbela, que olvidé el trabajo que vine a hacer.
Un espantapájaros y una alienígena son los vencedores por la originalidad y desenvolvimiento en la fiesta. Mi gatúbela y yo, increíble sorpresa, somos declarados la pareja de baile vencedora. El jurado ordena, para reclamar el premio, retirarnos las máscaras para ser identificados y agradecer. Gatúbela es la chica que vine a buscar y yo no tengo disfraz que quitarme. No puedo retirar la capucha porque se darían cuenta que no tengo rostro y la guadaña que llevo en la mano no es de utilería sino verdadera. Soy la muerte.
Gatúbela vive sus horas finales. El cáncer metastásico le dio largona para asistir y conocer a su compañero de viaje. Me mira agradecida por haberme demorado y sus ojos preciosos me dicen que está lista para irse conmigo.

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