Noches sin luna

Noches sin luna

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto

Al final, todos habían salido a bailar. Hasta Fermina, la hermana muda del curita del pueblo, se abrazó al cerrajero para disfrutar el último chamamé de la noche. En vez del esperado sapucay, se escuchó un abucheo general al apagarse las luces. Fueron solo diez minutos de oscuridad, pero la sensación fue que duró una eternidad. Cuando regresó la luz, nadie sentía ganas de retomar el ritmo y la alegría se había hecho humo. Tanto así como Fermina, quién desapareció raudamente del lugar.
En la mañana siguiente, el Padre Hugo dio oficio a la misa del día domingo. No cargó con ningún reproche sobre la festichola de la noche anterior, no era de sermonear mucho. Por otra parte, él mismo había concurrido a la fiesta realizada en el Club El Progreso. Igual se lo notó demacrado, distraído, las manos le temblaban y la respiración parecía dificultosa. No se demoró mucho con los feligreses a la salida de la misa y se dirigió a recostar porque le dolían los huesos.
Durmió de corrido hasta la hora de la cena. Se levantó y las nauseas no lo dejaron probar bocado. Había soñado cosas espantosas; hechos desgraciados de sangre y suplicio. Tenía la boca amarga, el pulso acelerado y moría por una pitada. Buscó sigilosamente entre los cajones de la cómoda, debajo de las medias, un paquete de cigarrillos. Luego de encender el primero de los cinco que finalmente fumaría, ya se sentía mejor. El alma le había regresado al cuerpo.
Entonces, decidió ir a ver a su hermana, hasta la vieja casa del Barrio 1° de Mayo. Hugo Ceballos, vivía desde los treinta y un años en Esquina. Había nacido en Mendoza, al igual que Fermina, ambos andaban por los cincuenta y pico de años. Tocó bocina, de la vieja camioneta. Tocó dos y muchas veces más. Renegando, bajó del vehículo y apenas bastó un leve toquecito con la punta del dedo índice para que la puerta de acceso a la vivienda se abriera. Su hermana no hablaba, pero sí oía. ¿Dónde se habría metido? La buscó por toda la casa sin encontrarla.
Salió más indignado que preocupado en dirección a la “chata”. Uno de los neumáticos estaba pinchado y no llevaba rueda de auxilio. Las luces al igual que la noche anterior se apagaron en todo el pueblo. Ingresó a la camioneta y prendió los faros. Para completar se había largado a llover. Al regresar la energía, por suerte fue rescatado por gente amiga que lo acercó hasta la parroquia.
El lunes dio parte a la policía de la desaparición de Fermina. En tanto, el comisario le reveló una angustiosa noticia. Había aparecido un cuerpo sin vida, en cercanías del cementerio. La muerte era lo de menos, las condiciones que presentaba el NN eran escalofriantes. No tenía una gota de sangre. Era como si todo aquel vital líquido hubiera sido extraído. Tenía múltiples cortes profundos en las extremidades inferiores, sobre todo en las plantas de los pies.
—Padre, disculpe la pregunta, pero estoy en el deber de hacérsela — se excusó el comisario Benítez.
— ¿A mí? Estoy tan consternado como vos Jorge—respondió Hugo, perplejo.
— ¿Fueron ellos? — preguntó, alzando la vista hacia el cielo.
— No sé de qué me hablás. No quiero tampoco saber. Quiero que este pobre hombre descanse en paz y que mi hermanita aparezca ahora mismo.
Siempre habían existido malas lenguas que aseveraban que Ceballos era raro y que practicaba comunicación con los extraterrestres. En alguna oportunidad, se lo escuchó comentar acerca de “Los tres días de oscuridad” y del “Cinturón fototónico”. Augusto, poseía una mente abierta, y un tanto revolucionaria para los preceptos eclesiásticos. Pero de ahí, a entablar contacto con entes de otras dimensiones, era una cosa muy distinta.
Siendo las 22hs, previendo el mismo corte de luz de las noches anteriores, se mantuvo en guardia, y decidió no cenar tampoco esa noche. Estaba desesperado tras la desaparición de la hermana y del hallazgo macabro. Al otro día, fue a la morgue para gestionar el velatorio del fallecido. Las autoridades le negaron permiso, porque ante tremendo hecho lo enviarían a la capital para que personal idóneo realizara la autopsia.
Saliendo del lugar tropezó con Fermina. Llevaba unos cortes superficiales en los brazos y en las palmas de las manos. La sangre estaba coagulada en sus heridas, y en ese momento le dijo que estaba feliz de encontrarlo.

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto
El baile soñado

El baile soñado

4.05 Promedio (81% Puntuación) - 20 Votos

EL BAILE SOÑADO

Los mensajes llegan por mi smartphone y tengo los primeros datos: nombre, edad, antecedentes y foto reciente. El segundo me indica la dirección donde la encontraré, día y hora. Se trata de una joven huidiza que ya me ha burlado dos veces.
Lejos van quedando los tiempos en que me acercaba a las oficinas, hacía cola, llenaba formularios y salía con la lista de encargos. Hoy, no. Un timbrazo y la pantalla del celular te conecta con el mundo y la realidad.
La recogeré a las 21:00 horas en un club social. Ya no me sorprende dónde cumplo mi trabajo. Lo he hecho en calles, parques, hospitales, teatros, estadios y en cuanto lugar se pueda imaginar. No es divertido pero soy un profesional a carta cabal.

La puntualidad es una de mis características. Estoy parado frente al local que anuncia un baile de carnavales. Los asistentes están disfrazados y llevan máscaras y antifaces. Se presenta el primer problema: la jovencita que busco tiene la cara oculta. Ingreso y la segunda dificultad asoma: los asistentes son osos pandas, hombres lobos, robots, arlequines, payasos asesinos, etc. La mayoría lleva encima el atuendo que dificulta distinguir el género. Un criminal fugitivo pasaría desapercibido y disfrutaría sus últimas horas de libertad con absoluta confianza.
La orquesta hace temblar las paredes con melodías desconocidas para mí y empiezo a sentir que mis pies quieren bailar. Súbitamente una gatúbela toma mi mano y hacemos piruetas en la pista. Una y otra vez me saca a bailar y, a medida que pasan las horas, bailamos mejor, mucho mejor. Sin darme cuenta el animador anuncia el momento de proclamar a los mejores disfraces y a la pareja bailarina ganadora. Ha sido tal mi distracción, y subyugado por la gatúbela, que olvidé el trabajo que vine a hacer.
Un espantapájaros y una alienígena son los vencedores por la originalidad y desenvolvimiento en la fiesta. Mi gatúbela y yo, increíble sorpresa, somos declarados la pareja de baile vencedora. El jurado ordena, para reclamar el premio, retirarnos las máscaras para ser identificados y agradecer. Gatúbela es la chica que vine a buscar y yo no tengo disfraz que quitarme. No puedo retirar la capucha porque se darían cuenta que no tengo rostro y la guadaña que llevo en la mano no es de utilería sino verdadera. Soy la muerte.
Gatúbela vive sus horas finales. El cáncer metastásico le dio largona para asistir y conocer a su compañero de viaje. Me mira agradecida por haberme demorado y sus ojos preciosos me dicen que está lista para irse conmigo.

4.05 Promedio (81% Puntuación) - 20 Votos
Un disfraz de hada para Eloísa

Un disfraz de hada para Eloísa

3.59 Promedio (72% Puntuación) - 17 Votos

Eloísa se miró al espejo y sonrió complacida. El vestido de hada que le había hecho su madre para el baile de carnaval, era maravilloso. Las capas de tul se superponían sobre una falda tornasolada, creando un efecto de luz que hacía que el vestido pareciese brillar.

Sobre la cama, un par de alas traslúcidas completaban el disfraz.

«Un poco más de purpurina en los ojos y labios y ya estaré lista», pensó con satisfacción.

La fiesta de carnaval, que culminaba con el baile tan esperado por Eloísa, se desarrollaba en el salón de actos de la escuela Nº22, a pocas cuadras de donde ella vivía.

Eloísa cerró la puerta de su casa y fue a pie hasta llegar al colegio. Este estaba adornado con mil banderines multicolores de papel crepe e iluminado con luces navideñas que parecían titilar al son la música.

Su timidez, propia de muchas jóvenes de trece años, hizo que se quedara en un rincón de la estancia. Miraba embelesada  cómo algunas parejas bailaban, riéndose. No se animaba a acercarse a la pista de baile ya que acababa de ver a Juan, su eterno amor imposible, bailando con Laura.

Eloísa se escondió detrás de una columna y se quedó allí viendo como todos se divertían. En ningún momento se dejó ver. Sentía que su traje no era tan hermoso como había creído y que su maquillaje inexperto había quedado mal.

Veía a Laura bailar, dando vueltas por el salón, poniéndose y quitándose el antifaz con un aire pícaro.

«El año próximo quizás me anime. Seré mayor y Juan podría fijarse en mí», pensó, sintiéndose reconfortada ante esa idea.

Antes que el baile finalizase, Eloísa se marchó a  su casa. Aún sin haber bailado, se sentía feliz.

 

Lucía fue hasta la habitación de su hija, vio el disfraz de hada sobre la cama y lo dobló; plegó cuidadosamente las alas y guardó todo en el ropero.

Las lágrimas bañaban su cara al recordar el accidente de la semana anterior. Aún podía ver la cara de ese conductor borracho que embistió en la vereda a su niña, matándola instantáneamente.

«Hubiera sido un hada preciosa; la más bonita del baile de carnaval», pensó llorando, mientras cerraba la puerta del cuarto de Eloísa.

3.59 Promedio (72% Puntuación) - 17 Votos
De ayer somos

De ayer somos

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto

Somos hijos del ayer…
Nada es por sucesión espontánea.
Darwin da clases en la calle de poesía clásica,
la luz se ufana ante la sombra de Einstein.
No puede la razón contra natura
la oruga de hoy, mañana será mariposa…
Y madre orgullosa la joven que madura.
El fuego que retoza con alarde
ayer fue poema bajo las ropas
o chispa a golpe de pedernales,
el aire que hoy es testigo inmutable
ayer fue aliento de Eolo en suave baile.
Y una piedra hija de algún volcán rijoso
se anidó en mi pecho, que late y arde.

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto
El encuentro

El encuentro

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

La estaba mirando desde lejos; al otro lado de la pista de baile, entre pareja y pareja divisaba la barra y el taburete alto en donde ella, sentada, tomaba un refresco. Hacía tiempo que la conocía, no recordaba de qué, pero lo cierto es que se saludaban siempre que se encontraban en algún lugar.
Hoy, tal vez por llevar una copa de más, sentía la necesidad de estar cerca de ella, rozarle la mano, acariciar sus mejillas… besarla. Un beso rápido, furtivo, robado; oír su voz, embriagarse con su perfume, inundarse de su alegría, de su risa, pero… Ella tenía pareja, además masculina; sus pretensiones rallaban lo imposible. El hombre, su hombre, no se alejaba de ella. Era extraño que no salieran a bailar ya que ambos movían los pies al ritmo de la música.
De pronto una idea loca pasó por su mente. Si le salía bien podría realizar su sueño. Ella también era bonita, si se lo proponía podía encandilar al hombre que, por momentos parecía estar muy aburrido. Se acercó y los saludó.

—Hola ¿No bailáis? La fiesta está muy animada.
—De momento no — contestó ella.
—Puedo llevarme a tu pareja, si él quiere, claro.
—Si él quiere, todo tuyo.
Martín, sorprendido, aceptó y cogiendo la mano femenina que ella le ofrecía se dejó llevar hasta el centro de la pista.
Isabel, desde su taburete en la barra les observaba sin ninguna sensación especial. Aquella tarde, en el trabajo, se había torcido un tobillo y, lógicamente no le apetecía salir a la pista de baile, vamos, que le dolía tanto que aunque hubiera tenido ganas, no podía. Habían ido a la fiesta del barrio para que las niñas se divirtieran: subieran al tiovivo y tomaran unos xurros.
Terminó la pieza musical y observo como su marido desplegaba todas sus dotes de conquistador; estaba pletórico porqué una preciosa mujer le había invitado a bailar. Esta le escuchaba en silencio como si no le importara la conversación y cuando anunciaron que la próxima pieza era un vals, ella le cogió de la mano y le ofreció un cambio de pareja con una amiga suya que no conseguía que nadie la sacara a bailar.
Libre ya, la mujer tenía por delante la oportunidad de acercarse a Isabel. Se sentó a su lado y la miró llenándose de una dulce sensación porqué, Isabel emanaba una mágica energía que penetraba por todos los poros de su piel.
—Hola otra vez —le dijo mientras acariciaba su mejilla, y al ver que ella no rechazaba la caricia, se acercó poco a poco y la besó. Se estremeció con el contacto suave y tibio de sus labios rosados y, por un momento compartieron una sensación que iba más allá del simple beso.
Pensó en dos soles que chocaban y estremecían el universo. En dos olas que batían unidas los arrecifes de una costa lejana. En dos antorchas unidas que iluminaban el planeta. En un hola y un adiós. En un momento que no se puede retener, porque la retención lo desintegraría. Ahí quedaba como una esfera mágica dando vueltas por el espacio sembrando pequeñas motas de amor.

—Tengo que llamar a las niñas —Dijo Isabel, separándose— Y es muy tarde para ellas. —Ahí viene mi marido. Gracias por el beso.
Efectivamente él se acercaba en busca de aquella bella mujer que incomprensiblemente le había dejado a merced de otra mujer mucho menos agraciada. Llegó y antes de que pudiera decir nada Isabel lo cogió del brazo
—Vamos cariño, ya es tarde para las niñas, además el pie me duele enormemente.
Al día siguiente en el desayuno Martín presumía:
— ¿Viste? Todavía soy un conquistador. Aquella hermosa mujer no se pudo resistir a mis encantos. Si estuviera soltero las tendría así —Juntó los dedos de la mano y la puso delante del rostro de su mujer repitiendo —así, así.
—Martin, dios, deja de hacer el ridículo. Con quien quería estar era conmigo y se las ingenió para alejarte de mí.
— ¿Cómo lo sabes, presumida?
—Porqué me beso, y fue un beso tan enorme y profundo que me llegó al alma.
—No me lo creo—No se lo iba a creer, de hacerlo ¿Dónde quedaba el respeto a su hombría?

Photo by Gonmi

Guardar

Guardar

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
A %d blogueros les gusta esto: