Restos del carnaval

Restos del carnaval

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Este lunes, ante la proximidad del Carnaval, vamos a compartir un cuento de la escritora ucraniana-brasileña Clarice Lispector. Si bien nació en Ucrania, cuando la niña tenía dos años sus padres se radicaron en Brasil, primero en Maceió y luego en Recife. A los 10 años falleció su madre y se muda con su padre en Río de Janeiro.

Comenzó a escribir desde muy joven influenciada por escritores brasileños. Luego incursionó en autores extranjeros pero sintiéndose brasileña. Casada con un diplomático viajó y vivió por largos períodos en Europa y Estados Unidos.

Si bien no se consideraba feminista sus textos reflejan su independencia en un mundo que estaba lejos de reconocer a las mujeres en ámbitos distintos de cuidado del hogar y la crianza de los hijos.

Restos del Carnaval

 

No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás.  Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume, y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir.  Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz.

¿Y las máscaras? Tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con la sospecha más profunda de que también el rostro humano era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en la puerta al pie de la escalera, de pronto yo entraba en contacto indispensable con mi mundo interior, que no estaba hecho sólo de duendes y príncipes encantados, sino de personas con su propio misterio. Hasta el susto que me daban los enmascarados era, pues, esencial para mí.

No me disfrazaban: en medio de las preocupaciones por la enfermedad de mi madre, a nadie en la casa se le pasaba por la cabeza el carnaval de la pequeña. Pero yo le pedía a una de mis hermanas que me rizara esos cabellos lacios que tanto disgusto me causaban, y al menos durante tres días al año podía jactarme de tener cabellos rizados. En esos tres días, además, mi hermana complacía mi intenso sueño de ser muchacha -yo apenas podía con las ganas de salir de una infancia vulnerable- y me pintaba la boca con pintalabios muy fuerte pasándome el colorete también por las mejillas. Entonces me sentía bonita y femenina, escapaba de la niñez.

Pero hubo un carnaval diferente a los otros. Tan milagroso que yo no lograba creer que me fuese dado tanto; yo, que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga mía había resuelto disfrazar a la hija, y en el figurín el nombre del disfraz era Rosa. Por lo tanto, había comprado hojas y hojas de papel crepé de color rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, yo veía cómo el disfraz iba cobrando forma y creándose poco a poco. Aunque el papel crepé no se pareciese ni de lejos a los pétalos, yo pensaba seriamente que era uno de los disfraces más bonitos que había visto jamás.

Fue entonces cuando, por simple casualidad, sucedió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la mamá de mi amiga -respondiendo tal vez a mi muda llamada, a mi muda envidia desesperada, o por pura bondad, ya que sobraba papel- decidió hacer para mí también un disfraz de rosa con el material sobrante. Aquel carnaval, pues, yo iba a conseguir por primera vez en la vida lo que siempre había querido: iba a ser otra aunque no yo misma.

Ya los preparativos me atontaban de felicidad. Nunca me había sentido tan ocupada: minuciosamente calculábamos todo con mi amiga, debajo del disfraz nos pondríamos un fondo de manera que, si llovía y el disfraz llegaba a derretirse, por lo menos quedaríamos vestidas hasta cierto punto. (Ante la sola idea de que una lluvia repentina nos dejase, con nuestros pudores femeninos de ocho años, con el fondo en plena calle, nos moríamos de vergüenza; pero no: ¡Dios iba a ayudarnos! ¡No llovería!) En cuanto a que mi disfraz sólo existiera gracias a las sobras de otro, tragué con algún dolor mi orgullo, que siempre había sido feroz, y acepté humildemente lo que el destino me daba de limosna.

¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único de disfraz, tuvo que ser melancólico? El domingo me pusieron los tubos en el pelo por la mañana temprano para que en la tarde los rizos estuvieran firmes. Pero tal era la ansiedad que los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! Dieron las tres de la tarde: con cuidado, para no rasgar el papel, me vestí de rosa.

Muchas cosas peores que me pasaron ya las he perdonado. Ésta, sin embargo, no puedo entenderla ni siquiera hoy: ¿es irracional el juego de dados de un destino? Es despiadado. Cuando ya estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los tubos puestos y sin pintalabios ni colorete, de pronto la salud de mi madre empeoró mucho, en casa se produjo un alboroto repentino y me mandaron en seguida a comprar una medicina a la farmacia. Yo fui corriendo vestida de rosa -pero el rostro no llevaba aún la máscara de muchacha que debía cubrir la expuesta vida infantil-, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, ente serpentinas, confeti y gritos de carnaval. La alegría de los otros me sorprendía.

Cuando horas después en casa se calmó la atmósfera, mi hermana me pintó y me peinó. Pero algo había muerto en mí. Y, como en las historias que había leído, donde las hadas encantaban y desencantaban a las personas, a mí me habían desencantado: ya no era una rosa, había vuelto a ser una simple niña. Bajé la calle; de pie allí no era ya una flor sino un pensativo payaso de labios encarnados. A veces, en mi hambre de sentir el éxtasis, empezaba a ponerme alegre, pero con remordimiento me acordaba del grave estado de mi madre y volvía a morirme.

Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme. Un chico de doce años, que para mí ya era un muchacho, ese chico muy guapo se paró frente a mí y con una mezcla de cariño, grosería, broma y sensualidad me cubrió el pelo, ya lacio, de confeti: por un instante permanecimos enfrentados, sonriendo, sin hablar. Y entonces yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que al fin alguien me había reconocido; era, sí, una rosa.

Clarice Lispector

“Restos do carnaval”,
Felicidad clandestina, 1971

 

Biografía

Clarice Lispector . De origen ucraniano, Clarice Lispector nació con el nombre de ‘Chaya Pinkhasovna Lispector’ el 10 de diciembre de 1920, en Chechelnik, Ucrania, tercera hija de Pinkhas y Mania Lispector. Murió en Río de Janeiro el 9 de diciembre de 1977 a las diez y media en la mañana, a los 56 años, víctima de un cáncer de ovario.

Es considerada una de las más importantes escritoras brasileñas del siglo XX. Pertenece a la tercera fase del modernismo, el de la Generación del 45 brasileña. De difícil clasificación, ella misma definía su estilo como un «no estilo». Aunque su especialidad ha sido el relato, dejó un legado importante en novelas, entre las que se cuentan La pasión según G. H. y La hora de la estrella, además de una producción menor en libros infantiles, poemas y pintura.

 

 

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LA VIDA EN ROSA

LA VIDA EN ROSA

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—No tenga usted miedo—.¿Y cómo no tenerlo? Había estado encerrado en casa durante más de dos años por una crisis de vergüenza extrema. El psiquiatra me daba el alta farmacológica y me recomendaba, por lo que más quisiera, que empezara a salir de una vez—. Mire, aproveche que es Carnaval y que todo el mundo va para arriba y para abajo de cualquier manera. Se me disfraza usted de algo con lo que no se le vea ni una uña del pie y ya lo tiene.

En una web de compra y venta de artículos de segunda mano conseguí un disfraz de Pantera Rosa bien de precio. Además de calentito, no se me veía ni una uña. Vestido de esa guisa me agregé al desfile de la rua que circulaba por el centro de la ciudad. Empezaba a relajarme, cuando mis rosas y prietas piernas le parecieron el más sabroso de los manjares al chihuahua de una anciana espectadora y no tuvo reparo en hincarme los dientes en mi pantorrilla.
Eché a correr para evitar ser devorado por semejante fiera y como pude, entré en un Chiquipark en hora punta. En mi proceso de huída, la cola de mi rosada vestimenta quedó enganchada en la ballesta de la reja de fuera. Así que servidor acabó aterrizando de cabeza en la piscina de bolas, con mi trasero asomando como aleta de tiburón en el mar, rodeado de sorprendidos párvulos y de cabreados padres. Los cargos fueron escándalo público y así termino mi breve y rosado paseo carnavalero.

 

Relato enviado para Desafío Carnavalesco 2019.

*Este relato no opta al premio  al haber sido recibido fuera de plazo.

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¡EXISTO!

¡EXISTO!

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En algunas comunidades comienzan con los preparativos del carnaval. Aprovechando tan bella y divertida festividad este sencillo y modesto hombre, quiso darle una lección de educación a esa gente tan distante de él…

¡EXISTO!, NO SÓLO EN CARNAVAL
Estaba seguro de que existía, pero le ignoraban. Cansado de la misma situación que atravesaba; esta vez algo cambió en él. Para llamar la atención, como diciendo: ¡Oigan!, miren acá estoy, soy el mismo que hace años los atiende con respeto en vuestros despachos, se puso en su rostro una máscara que desprendía brillo, y así se presentó en el trabajo. Lo miraron con extrañeza, y uno de manera vulgar y riéndose le dice: oye tú…, sí a ti te hablo quítate esa máscara, ridículo…

De manera educada y jocosa le responde: ¡Por fin alguien me habla! Aprovechando que entramos en carnaval me puse está máscara para llamar vuestra atención, y así entre todos los que estamos nos reímos un poco, y a ver sí se de ahora en más se dan cuenta de mi existencia. Seré el cafetero que todos los días los atiende, pero recuerden existo. Con un saludo, para nada forzado me conformo. Se retiró feliz, y disfrutando danzando al compás de su música imaginaria a otro piso, y ellos en su monótono entorno sin chispas de alegría ante la llegada del carnaval, avergonzados sé quedaron…

<<La educación, el respeto, no se consiguen con estudios, ni con títulos, está en cada uno>>

Autora: Graciela López
Derechos de autor reservado.
Copyright reserve.

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MÁSCARA DE COLORES

MÁSCARA DE COLORES

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En aquellos días se iban a cumplimentar los últimos arreglos a los trajes que lucirían en los carnavales. La fiesta por excelencia del encanto y lo prohibido. Blancos como la nieve que no inmaculados, puesto que los cuerpos que cubrían gozarían y habían gozado ya muchas veces del jolgorio y la alegría que la fiesta propone cada año.
Las hechuras se acoplan a su piel, dejando ver y adivinar cada curva y protuberancia que se podía encontrar en sus cuerpos casi desnudos. Acostumbrados a llevar el resto del año un traje con etiqueta, aquellos días la libertad era su bandera y vestían pues ahora de la moda de la emancipación. Una vez calzados aquellos vestidos en los que la pluma era el más abundante adorno, la comparsa salió a la calle.
Jugando a la ironía y escondidos en los disfraces, el grupo de hombres y mujeres empresarios se pusieron ese último detalle que ocultaba para la intolerancia su verdadera identidad. La máscara o antifaz de colores que entonces sí que definía su propio orgullo.

Adelina GN

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Bajo mi máscara mando yo

Bajo mi máscara mando yo

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Me llamo Aria y soy lo bastante joven como para poder presumir de serlo, pero a la vez mi mente acostumbra a viajar unas cuantas millas más allá que la mayoría de mi alrededor, gente a la que estoy segura que les falta más de un consejo o un abrazo sincero y no tanto mirarse al espejo y aparentar todo el tiempo.

¿Qué porque digo esto? Pues veréis, una acaba sintiéndose no una más, sino una menos cuando el mundo que le rodea no tiene nada que ver con lo que pasa por su cabeza. Tenía claro que no quería ir a esa fiesta, pero luego he pensado que quizás todo aquel esperpento me inspiraba para escribir.

Dicho esto, me pongo un vestido rojo burdeos, me aliso el pelo que ya me llega por la cintura y me ato una máscara que me cubre todo el rostro. El verde de mis ojos brilla en la noche, ojalá fuera Halloween, siempre preferí el honor a los muertos que a los vivos.

La noche pasa tranquila, brindo con mis amigas sin mucho entusiasmo, pero me siento bien, buena música, disfraces graciosos, la prepotente de la clase sin un zapato y de más imágenes que tú mismo puedes imaginar.

No bebo normalmente, aunque quizás una copa me siente bien. Mientras me sirvo alguien me toca el hombro y me susurra algo que no acabo de entender; me agarra fuerte de la cintura y consigue que mi cuerpo quede frente a él. Por un momento, me quedo congelada sin saber muy bien qué hacer, pero luego recuerdo que no se me ve la cara, no obstante, a él tampoco.

Intenta arrastrarme a la pista pero yo me resisto, ¿qué se ha creído? Va borracho y se tambalea cuando le empujo. Nadie nos ve porque todo el mundo está inmerso en su mundo, sin embargo no me da miedo y eso parece descolocarle. Se esperaba a una chica endeble, menos ácida y con una par de copas de más. Sonrío para mis adentros, esta sociedad no dejaba de sorprenderme.

―Bajo mi máscara mando yo― le digo mientras me la quito y le miro a los ojos―, si querías bailar solo tenías que preguntar, pero te diré una cosa, no quiero bailar contigo, ¿comprendes?

Dicho esto, agarro mi copa y me dirijo hacia la puerta de salida. A mí no me da miedo ir sin máscara, a mi no me da miedo decir que no, tú en cambio, cabeza hueca, no eres ni un poco valiente y prefieres abusar de los que crees más débiles cuando aquí yo soy la reina y tu el peón.

Feliz Carnaval, hombre sin rostro.

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