Capricho

Capricho

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«Fue entonces que se me prendió la lamparita… Allí, en la sala de emergencias de un hospital. Acariciando la muerte. Besando las manos de la parca, entendí que nunca fui tuyo, ni tú fuiste para mí. Éramos apenas un capricho de la vida.»

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Pasión hipálage.

Pasión hipálage.

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El duende su botija egoísta dejó de llenar, del oro codicioso que solía robar, al ver aquella hada de alas traviesas, bañarse desnuda en aguas sensuales, a la luz de una erótica menguante luna, detrás de un libidinoso follaje, que proyectaba lujuriosas sombras e hizo su virilidad rugir en un ahogado gemido, para evitar en su voyerismo ser descubierto.

Desde ese día el duende se dedicó a tapizar el bosque de enamorados arreglos florales. El hada se enteró por la burla aviesa de que era objeto el duende por las demás criaturas del bosque. Y comenzó a fijarse en las declaraciones artísticas que llevaron el fuego a sus alas, y sus mejillas enrojecieron de tono seducción.

Buscó al duende para agradecerle tal gesto, y el pobre duende huyó de su lado avergonzado por la ansiedad líquida que de su entrepiernas se había fugado. El hada comprendió el precoz incidente y siguió tras él por considerarlo un amatorio presente, que avivó el fuego de sus alas traviesas, y el tono seducción de sus mejillas se extendió como lava por toda su esencia.

Bajo la luz erótica de aquella noche de luna llena, encima de un follaje libidinoso, iluminado de lujuria, el duende se adentró en la botija de aquella hada y se fundió en orgásmico oro.

POE DE POESÍA

POE DE POESÍA

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En dolor, cayó un último crepúsculo para Edgar, que devino con sus silbidos. El poeta, comenzaba a presenciar en las afueras el cielo nubado. El ambiente lo envolvía frío. Todo para él se oscurecía entre lamentos. A su tiempo, caminaba por un callejón. Y su oscuridad de muerte, fue experimentándola con terror. Le llegaron de súbito unas visiones a su mente. Estas eran como invenciones tenebrosas. A lo íntimo, lo impactaron hasta compungirlo. El miedo giró rápidamente por sus nervios escalofriantes. Y otra vez umbría, volvió la soledad al alma suya, quien tanto codició la literatura. Sus abstracciones de viejo, lo ofuscaron con sus espantos. Por tal turbación, Edgar estuvo decaído en el invierno suyo, bajo su abismo empozado, yendo él cada vez más hacia lo noctívago.
El poeta, por cierto, deliraba junto a un bar cualquiera de Baltimore. Deambulaba angustiado en su pesadumbre del opio. Se fumaba con ansiedad lo alucinante. Iba a la vez mareado por entre las reminiscencias suyas. Tambaleante, movía sus pasos por el callejón pútrido, recorriendo la intemperie encolerizada. Y solo, decaía en sus dolencias reprimidas. De golpe, lo afectaban los graves recuerdos.

Todo sucedía como una obsesión en Allan, que era su vida sufriente. Así por los instantes, desde su memoria, resurgió una pesadilla estremecedora. Era la aparición del pájaro negro, que asustaba, traído del otro mundo. Este animal se asemejaba a su creación poética. Así que por el destino, los dos volvieron a reunirse en esta surealidad. El ave a su hora, parecía mecerse sobre la cabeza de Poe, mientras crecía la noche. Y él solo, oía los chillidos, cerca a su rostro pálido. Y el cuervo, cantaba como queriendo apretarlo con una posesión terrorífica, procuraba mantenerlo entre sus garras para devorarlo.
Rauda entonces esta ave gótica; picó a su artista al final y lo mató, cuando decidió ir hasta su humanidad, arrancando su corazón delator, tras un golpe desgarrador.

Rusvelt Nivia Castellanos
Cuentista de Colombia

BAJO LA DEMENCIA

BAJO LA DEMENCIA

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El drogadicto llega a la universidad. Camina por un sendero de arbustos. Ve a la gente que vende dulces en los alrededores. Desigual el joven avanza, sin alegría. Va despacio por entre los hombres y esas muchachas de cabellos rojos. Es más él un estudiante de sociales. Tiene el pelo largo. Divaga con la cabeza gacha. Su pinta es negra. Por la actitud, no saluda a nadie. Y hoy está molesto. Se mueve con coraje con las botas que lleva puestas. Los ojos los tiene irritados. Así exterioriza su furia. De repente, se acerca a un poeta quien lee en un pupitre. Pasa por un lado del artista. Le genera curiosidad, su rostro lo encandila. Intuye que es un intelectual. Es diferente a la multitud ese hombre. Ya lo deja atrás con sus versos. De yerbero, sigue a solas para abajo con sus quimeras. A la hora, se pasea por los salones del revolcón. Su gran deseo es ser sabio. Por lo lógico; comienza a escuchar las oratorias de los filósofos, se asienta en un muro, toma varios apuntes desde afuera. Adentro, los eruditos hablan sobre Lenin y ellos suscitan al maestro Gandhi. Se estudian las revoluciones sociales con las liberaciones morales. Aquella perorata es interesante a la vez que cada discurso es complejo. Claro, algunas cosas le llaman la atención a este rebelde. Tras lo augusto aprende por un rato multiforme. Piensa en la comunidad, recuerda a los rusos. A causa del pasado, Cesar quiere ser libre. Entonces bien, se levanta del muro y mejor resuelve distanciarse de esos recintos enclaustrados. A lo duro, lo logra con valentía, alcanza a ser independiente.
En poco tiempo, reanuda sus pasos de voluntad. Se desvía por otros espacios. Busca un tanto de distensión. Coge por la cancha de voleibol. Resiente el cansancio en los otros seres vivientes, que van abrumados con sus frustraciones. Misteriosamente, nadie juega en ese exterior recién asaltado. Cesar comprende; que la codicia por el dinero los exaspera a ellos, no los deja reflexionar. En angustia, sus alegrías se fragmentan entre imposibles. Además él, reconoce como la soledad los enfría. Por tanto lo descomunal, Cesar va hacia una pared y raya esta con disidencia. Al cabo, desanda su destino en dirección al jardín botánico. Se bambolea sin mayor descaro. Cruza por un sendero; advierte las nubes verdes; la luz solar, huele las matas marihuanas. Esa naturaleza tan suya lo resucita. De a saltos, trasiega por un prado con hojarascas. Allá, arma su primer porro y se lo chupa con exuberante agrado. Cree que vuela por las montañas. No para de inhalarse el cacho. Lo hace con fascinación. Entre el frenesí, pasa a imaginarse un paisaje psicodélico. A su vez esto raro lo trastorna. Todo lo concibe trabado y acaba la fumada. De necesidad, trota por el jardín de matas con palmas junto con micos, porque ansía inmutarse hasta siempre.
Y no hay poder humano que lo detenga. Con magia, se adentra en el rastrojo. Huele el olor de la tierra. Separa los bejucos con sus manos. A su paso, baja por un camino de lirios. Deja arrastrase por la gravedad. Se olvida de los problemas triviales. No piensa más en la muerte de su madre. Mejor, se agacha entre la maleza y empieza a buscar hongos. Los hay de diversos colores. Por ahí fresco, Cesar coge un volador de esos verdes. Gustoso, se lo come con euforia. Disfruta su sabor tan dulce. Mastica el tallo con el capullo. Lentamente las sustancias lo relajan. En efecto, va alucinando a un genio lunático. Lo aprecia con un cuerpo de humo. Presume que habla sobre los astros. Así que se aproxima y lo saluda con la boca torcida. El pobre está convencido de que es oído. No obstante, anda abstraído en su universo. Para reírse, desvaría mientras le recita una canción de Kraken, al espectro. Eso a juro, asegura tener los cinco sentidos puestos. Tanto que grita desmanes con locura. Menos lo irreal; Cesar salta para abrazar al ser volátil, más pronto cae a un abismo y fallece para renacer de nuevo en las sombras, sufre su perdición en el inframundo.

Rusvelt Nivia Castellanos
Cuentista de Colombia

Silencio.

Silencio.

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Cerró la cancela y corrió las cortinas. Necesitaba estar un tiempo a solas consigo mismo, para, como antaño, llegar a escuchar la cadencia acompasada de cada latido de su corazón. Sin duda, se trataba de una reminiscencia de su etapa fetal, en la que, cobijado en el útero materno, tan sólo lo acompañaba ese sonido rítmico junto a la sensación de saberse a salvo…

Y, para llegar a ese estado, anhelaba el más absoluto silencio, hasta tal punto, que éste se volvía tan indispensable como el aire que llenaba sus pulmones para seguir respirando, para continuar viviendo…

Hacía tiempo que había comprendido que la vorágine de la vida moderna junto a su estresante sistema de verse obligado a “funcionar” a un ritmo frenético, anulaba la individualidad y la particular manifestación de cada ser humano, no permitiendo su evolución al tener que sacrificar su desarrollo, aglutinado por una masa despiadada que sólo alentaba la productividad. Un modelo obsoleto destinado a fagocitarse a sí mismo con el paso de los años.

Hasta que llegara ese momento, él tan sólo podía hacer lo que ya estaba haciendo: desconectarse a ratos y fabricarse su propio mundo para volver a sintonizar con su verdadera esencia, la que no sabe de razonamientos, la que se deja llevar… sin horarios, sin presiones, sólo queriendo ser, sin más…

©Sonia.Ramos 2018

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