Mi nombre es Omar

Mi nombre es Omar

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Los oí hablar con un tono de voz más alto de lo normal, era rara la vez que discutían cuando estábamos en casa, han pasado años desde aquella noche, y aun percibo el miedo en la voz de mi madre y la excitación desmesurada de mi padre.
Yo no sabía de que hablaban, oia palabras sueltas que había escuchado alguna vez por la calle, pero que debido a mi corta edad no entendía demasiado.
De la boca de mi padre salían frases con palabras como: barca, libre, vivir,oportunidad….todas entremezcladas con una exaltación en ellas que no había vivido nunca.
A mi madre la notaba temerosa y llorosa, me asomé con cuidado, y aún no se me olvida despues de tantos años, como se agarraba su abultada tripa, mostrándosela a mi padre y abrazándola fuértemente un instante más tarde, negando sin parar con la cabeza.
Como he dicho antes, yo era muy pequeño, no tendría más de seis o siete años, pero esa imagen se me quedó grabada para siempre, treinta años mas tarde, no hay día que no lo recuerde, ya sea de día o de noche.
Ese mismo atardecer, mi padre nos reunió en la pequeña estancia que hacía de sala de estar, y a la vez de dormitorio, ahí estábamos, como le gustaba a él, por orden de altura, a la derecha mi madre con su abultada tripa y los ojos hinchados y llorosos mirando suplicante a mi padre, recuerdo que la miré y fuí a darle un abrazo, pero mi padre me agarró del hombro, y me ordenó que volviera a mi sitio.
Al lado de mi madre se colocó Hassan, mi hermano mayor, que entonces tendría ocho o nueve años, delgado como una rama, esa noche sus ojos le brillaban de una manera especial, seguro que él sabía algo, recuerdo que mi padre lo miró y le guiñó un ojo, yo esperé a ver si a mí me lo guiñaba también, pero no tuve esa suerte.
A mi otro lado se colocó Hammed, tendría dos ó tres años, inconscientemente le agarré de la mano, no se por qué, pero necesitaba tener a alguien cerca de mí.
A la cabeza me viene mi padre, delante de todos nosotros, mirándonos uno a uno, yo a mi madre no la veía, pero la oía llorar, no entendía porque mi padre estaba tan contento, y mi madre tan triste, no lo comprendía.
Entonces lo soltó, como una bomba, mi madre se echó a llorar mas fuerte, Hassan se puso a bailar, y el pobre Hammed de ver a mi madre en ese estado, empezó a berrear.
En esos momentos, no sabía qué hacer, si echarme a reir o echarme a llorar, si volviera al pasado hubiera llorado, treinta años más tarde lo sigo haciendo.
Mi padre nos explicó como pudo, que nos marchábamos, que nos íbamos de África, que nuestro destino era Europa, concretamente España, que según recuerdo dijo, estaba aquí al lado, yo eso ya lo imaginaba, muchos chicos íbamos a la costa, y desde ahí veíamos unas montañas, lo que nunca imaginaba que algún día iríamos ahí.
¿Y si estaba tan cerca?¿Por qué lloraba mi madre?
Luego lo supe, tres hermanos suyos a los que no recuerdo ya, se fueron a ese sitio y se perdieron por el camino.
Mi padre repetía sin cesar que eso a nosotros no nos ocurriría, que íbamos a ir en un barco muy seguro, que seríamos pocos pasajeros y que sería como viajar en primera clase, ahora me río de ese comentario absurdo,
¿Qué sabía mi padre de viajar en primera clase?¿ sí nunca había salido ni siquiera del barrio de donde vivíamos?
El coste de ese viaje….todos nuestro ahorros, pero daba igual nos dijo, ya que nuestra vida cambiaría para siempre.
Recuerdo que mis hermanos y yo lo miramos embelesados por la fábula que nos estábamos imaginando en nuestras cabezas, sólo mi madre entonces, se arrodilló ante mi padre y le suplicó que no, que por favor que no, y solo entonces y sé que mi padre se arrepintió en ese momento, abofeteó a mi madre y mirándola fijamente a los ojos le dijo:
-Basta mujer.
Salíamos aquella misma noche, mi padre nos explicó que debíamos de ser discretos y pasar desapercibidos, nos pidió que estuviésemos en silencio, que la luz de las estrellas nos guiaría y que todo saldría bien.
Hicimos el equipaje, lo hicimos según el deseo de mi padre, este debía de ser ligero y cómodo, algo que pudiésemos llevar cada uno de nosotros sin ningun problema, y que debíamos incluir en él, comida y bebida.
Salimos de casa de noche, cada uno de nosotros con una pequeña bolsa atada a la espalda, mi padre llevaba en brazos a Hammed, yo íba de la mano de mi madre, aún ahora recuerdo su tacto y un escalofrío me recorre la espina dorsal.
De repente ví aparecer a mucha gente a mi alrededor, un: -Cállense¡, sonó como un trueno salido de las tinieblas.
No recuerdo mucho de aquellos momentos, estaba todo muy oscuro, había mucha gente, muchos murmullos….alguien dijo:-¿Alguien sabe conducir esto?
La luz de la luna se reflejó en los ojos llenos de terror de mi madre, y entonces por primera vez, sentí miedo, agarré fuértemente su mano, solo pensaba en mi casa, mi hogar y que quería volver ahí y salir de aquella pesadilla.
Como digo, todo sucedió muy rápido, mi padre me cogió en volandas y me ví a mí y a toda mi famila, apretujados dentro de una barcaza, rodeados de personas que no había visto en mi vida.
En esos momentos, recuedo que no pude respirar, que me faltaba el aire, el ruido atronador de un motor hizo el silencio de todas aquellas personas incluidas mi familia, y en mitad de aquel silencio solté el aire de mis pulmones y respiré a fondo.
No me acuerdo cómo, pero alguien me agarró y me colocó entre mi madre y mi padre, por primera vez en mi vida, noté el miedo de mi padre y eso hizo sentirme muy frágil.
Ibamos completamente apretados, el frío de la noche no lo notaba, el olor del sudor de mis padres lo tenía completamente presente, pero no me importaba, yo aspiraba ese olor, lo único que sabía, era que mientras tuviese aquel olor cerca, ellos estarían conmigo.
De repente oímos un BUM, aún despues de treinta años, tengo pesadillas y aquel BUM me despierta en mitad de la noche empapado en sudor.
Los murmullos de la gente, cada vez se hicieron mas ruidosos, la mano de mi padre soltó la mía, y al cabo de un rato, vino para decirnos que el motor se había parado.
No sabía muy bien qué consecuencias traería aquello, no tenía mas de siete años, solo era un niño, que en lugar de estar en su cama durmiendo con un juguete, estaba en medio del mar completamente asustado, empecé a notar un líquido caliente que me caía por la pierna, me estaba haciendo pis, y no fue la única vez.
De repente todos se callaron, de los ruidos, gritos, lloros, se pasó a un silencio absoluto en mitad de la oscuridad.
Estábamos en mitad del mar, dentro de una barca, no se cuánto rato estuvimos en silencio, era como estar en medio de la nada, la barca se movía a causa de las olas, Hammed vomitó, vomitó tanto que cayó encima de mi pierna restos de comida complétamente mal oliente.
Las olas hacían que fuésemos de un lado a otro sin piedad alguna, mi madre me agarraba tan fuerte, que hasta me hacía daño, pero no me quejé ni una sola vez, no quería me soltara nunca.
De repente, del absoluto silencio, a los gritos histéricos, alguién agarró mi bolsa y me la arrancó, también la del pequeño Hammed que se echó a llorar, la de Hassan, la de mi madre y hasta le arrancaron la bolsa a mi padre.
Cogí al pequeño Hammed en brazos, no paraba de llorar, no tenía consuelo alguno, los lloros de mi hermano contagiaron a muchos otros niños que viajaban con nosotros.
Mi madre también lloraba, pero mas bajito, a mi padre no lo oía no sabía donde estaba.
Un grito hizo que todos no callásemos , recuerdo la voz del patrón, una voz potente, agresiva, nos dijo que él se encontraba al mando de la situación, que el motor se había parado, pero que lo iban a solucionar lo más rápidamente posible, que no nos moviésemos de nuestros asientos, que habría turnos de comida y de bebida, y nos advirtió que el que no cumpliera sus órdenes no tendría ni su ración de agua ni de comida.
El frío y el cansancio, hizo que nos fuésemos acoplando los unos a los otros, una lluvia fina y helada empezó a empapar nuestros huesos haciendo que las tiritonas se volvieran constantes.
Con la lluvia llegó el viento, una tormenta atronadora, las olas rugían y golpeaban la barca, con una furia que jamás he vuelto a ver años más tarde.
Esas horas que pasé dentro de aquella barca, me vienen a la cabeza en forma de pesadillas treinta años mas tarde, aún cuando estoy en mi cama intentando dormir, noto el colchón balanceándose y me agarro tan fuerte a la cama porque pienso que voy a caer.
Durante aquellas horas no bebí ni comí nada, tampoco nadie de mi familia ni nadie de los que vivían aquella pesadilla con nosotros, nos había robado lo poco que llevábamos, y los turnos de comida y de bebida eran inexistentes.
Mi madre no hacía más que llorar, a mi padre lo oía blasfemar, yo estaba en medio de los dos y solo sentía el agua de la lluvia calándome los huesos, no hacía mas que tiritar, los dientes me castañeaban tan fuerte, que me provocaron un dolor en las sienes insoportable, de repente me vi sólo, una fuerte ola chocó con una gran furia contra la barca, ví que Hammed salío volando por los aires, y oí la voz de una mujer chillando llamando a su hijo.
Yo era un crío, estaba sólo en una barca sin parar de tiritar, no veía a mis padres, mi hermano pequeño había salido volando, a Hassan tampoco lo veía ni lo oía, me eché a llorar y empecé a llamarlos a todos, a cada uno de ellos, sólo a mi madre la vi unas horas mas tarde y esa imagen no se me borrará ni muerto.
En mitad de la tragedia, alguien empezó a zarandearme, no sé de dónde saqué fuerzas, pero me zafé de esas manos gruesas y resbaladizas que estaban intentando morderme.
Con cada movimiento de una ola contra la barca, alguien caía al mar.
Me acurruqué debajo de un asiento, esas horas que estuve debajo de aquel banco mojado y sin mover un solo músculo, es la causa de un reuma crónico que sufro.
Hacía horas o días, porque perdí totalmente la noción del tiempo, la perdí, que no oía a nadie, la barca seguía moviéndose de una manera cruel con cada ola que la golpeaba.
No se si me quedé dormido durante un rato, yo estoy seguro que durante un tiempo morí, no lo sé, ójala hubiese muerto pero para siempre.
Me despertaron unos gritos:
-Aquí, aquí.
Intenté levantar el cuello pero no podía, era tal el dolor que sentía, que creí que jamás me volvería a poner de pie.
Un helicóptero bajó a rescartarnos, tuve que gritar hasta casi quedarme sin voz para pedir auxilio, no me podía levantar, unas manos grandes me agarraron y me envolvieron en una manta que me supo tan caliente y suave, que a veces cuando lo recuerdo me echo a llorar.
Nos llevaron en helicóptero a la costa de Tarifa aunque eso lo supe más tarde, al igual que la hipotermia que sufrí.
El pabellón al que nos llevaron estaba caliente y acondicionado, la gente era muy amable y cariñosa, claro que yo solo era un niño pequeño que había perdido a sus padres y a sus hermanos, ¿cómo no iban a sentir lástima por mí? porque yo de mi casa salí con toda mi familia y a Tarifa llegué solo.
Los días en aquel lugar pasaron entre sueños y pesadillas, nos iban a reportar, yo no sabía que significaba aquello, pero una señora muy amable me lo explicó y recuerdo que asentí con la cabeza.
Nos dijeron que nos íbamos, que nos llevaban de vuelta, íbamos a volver en el helicóptero que nos salvó a los pocos que quedamos.
De repente, un grupo de hombres empezaron a correr hacia algo que se arrastraba hacia la orilla, corrí yo también, fue puro instinto, corrí y la vi, con los ojos abiertos, los labios negros y envuelta entre algas y ropas rotas, ahí estaba medio desnuda, en medio de la orilla estaba mi madre, la volví a mirar y me desmayé.
Me desperté en casa de mi abuela, que es la persona que me cuidó durante todos estos años y a la que quise y recuerdo todos los días.
Ésta es mi historia, y por cierto, mi nombre es Omar

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¡No! Así no era

¡No! Así no era

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Como en tantas de las cosas que él hacía y que yo no comprendía de manera inmediata, aquella madrugada del 14 de Diciembre de 1994 acompañé a mi amigo Claudio Rodríguez, hasta el aeropuerto de Ezeiza.

“Si por lo menos algo de todo lo que me rodea cambia para bien, entonces, todo habrá valido la pena”, me dijo con un fuerte abrazo de despedida y abordó su vuelo con destino a Ciudad del Cabo, África.

No emprendí el regreso de inmediato, me quedé en el café del aeropuerto, en parte reflexionando sobre el sustancial cambio en la vida de mi amigo y en parte esperando a que cese de llover (la idea de manejar bajo esas condiciones, no me agradaba en lo más mínimo)

Cuando por fin conducía de regreso a casa, vi a los ejecutivos, a los obreros, a los estudiantes y a los indigentes, todos bajo el mismo cielo; únicos en sí, pero insignificantes a la vez.

Cualquiera de nosotros podría desaparecer en este instante y el mundo no dejaría de girar, seguiría igual. Entendí pues, que es la cruel indiferencia y el eventual olvido lo que en realidad duele tanto al morir. El conductor de un vehículo que había decidido ignorar el pavimento mojado y también el semáforo de José María Moreno y Acoyte, me arrancó el espejo retrovisor al pasar a toda velocidad. Solo le pude observar un insulto escrito en la luneta trasera, la ausencia de placa patente y de cómo se descartaron de una botella que fue a impactar contra el automóvil de algún desafortunado vecino.

Pensé que con ésa ignorancia que raya en la inocencia, quizás jamás se enteren, ni de su falta ni de mi impotente rabia.

Provocar un cambio sin ser consciente de ello no tiene mérito alguno, ni bueno, ni malo, me dije y entonces lo entendí. He de hacer en este mundo, una marca tal, que aunque éste no se digne a detenerse al momento de mi muerte, al menos ya nada vuelva a ser igual sobre su ingrata faz. El semáforo se puso en verde.

Un cambio tan sustancial, comprometido y atrevido que no se lo pueda ignorar, razonaba mientras me acercaba a un paso nivel con las barreras bajas. Detuve la marcha justo al lado del auto sin patentes y que apestaba a cumbia y alcohol. Los ocupantes del vehículo, totalmente ajenos a mi presencia, tampoco se percataron de que bajé el cristal del acompañante pues, no quería romperlo. Solo cuando ambos voltearon a verme, fue que les volé la cabeza de dos disparos limpios y precisos. El tren pasó, llevándose con él todo el ruido y la confusión, la noche quedó nuevamente apacible y la barrera del paso nivel volvió a alzarse. Entonces, si algo de lo que me rodea cambia para bien, habrá valido la pena, me dije convencido mientras guardaba mi arma aún tibia y continuaba el viaje de regreso a casa.

 

De -MarcelobFederico-

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Paso del norte

Paso del norte

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JUAN RULFO

Rulfo es, sin dudas uno de los grandes escritores latinoamericanos del Siglo XX. No por la extensión de su obra,un libro de cuentos y una novela mencionados en la biografía,  sino por la forma de retratar la problemática del campesinado mejicano post revolución. La revolución no logró extinguir el latifundismo en la nación y las historias de sus personajes reflejan sus miedos, sus odios, sus remordimientos y se comportan y actúan como gente común y corriente.

En el cuento que les traigo hoy se cuenta un anhelo vigente aún en nuestros días que es el de entrar al país del norte buscando una mejor vida.

Una anécdota que pinta la sencillez y a la vez la grandeza de Rulfo, es su encuentro con Borges y el reconocimiento que éste expresa del escritor mejicano.

FRAGMENTO DE UNA CONVERSACIÓN REAL ENTRE BORGES Y RULFO

RULFO: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.
BORGES: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver a un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.
RULFO: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.
BORGES: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.
RULFO: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.
BORGES: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?
RULFO: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.
BORGES: Entonces no le ha ido tan mal.
RULFO: ¿Cómo así?
BORGES: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.
RULFO: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.
BORGES: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.
RULFO: Así ya me puedo morir en serio.

 

Paso del Norte
(El Llano en llamas, 1953)
Juan Rulfo

—Me voy lejos, padre, por eso vengo a darle el aviso.
—¿Y pa ónde te vas, si se puede saber?
—Me voy pal Norte.
—¿Y allá pos pa qué? ¿No tienes aquí tu negocio? ¿No estás metido en la merca de puercos?
—Estaba. Ora ya no. No deja. La semana pasada no conseguimos pa comer y en la antepasada comimos puros quelites. Hay hambre, padre; usté ni se las huele porque vive bien.
—¿Qué estás ahi diciendo?
—Pos que hay hambre. Usté no lo siente. Usté vende sus cuetes y sus saltapericos y la pólvora y con eso la va pasando. Mientras haiga funciones, le lloverá el dinero; pero uno no, padre. Ya naide cría puercos en este tiempo. Y si los cría pos se los come. Y si los vende, los vende caros. Y no hay dinero pa mercarlos, demás de esto. Se acabó el negocio, padre.
—¿Y qué diablos vas a hacer al Norte?
—Pos a ganar dinero. Ya ve usté, el Carmelo volvió rico, trajo hasta un gramófono y cobra la música a cinco centavos. De a parejo, desde un danzón hasta la Anderson esa que canta canciones tristes; de a todo por igual, y gana su buen dinerito y hasta hacen cola pa oír. Así que usté ve; no hay más que ir y volver. Por eso me voy.
—¿Y ónde vas a guardar a tu mujer con los muchachos?
—Pos por eso vengo a darle el aviso, pa que usté se encargue de ellos.
—¿Y quién crees que soy yo, tu pilmama? Si te vas, pos ahi que Dios se las ajuarié con ellos. Yo ya no estoy pa criar muchachos; con haberte criado a ti y a tu hermana, que en paz descanse, con eso tuve de obra. De hoy en adelante no quiero tener compromisos. Y como dice el dicho: “Si la campana no repica es porque no tiene badajo.”
—No hallo qué decir, padre, hasta lo desconozco. ¿Qué me gané con que usté me criara? puros trabajos. Nomás me trajo al mundo al averíguatelas como puedas. Ni siquiera me enseño el oficio de cuetero, como pa que no le fuera a hacer a usté la competencia. Me puso unos calzones y una camisa y me echó a los caminos pa que aprendiera a vivir por mi cuenta y ya casi me echaba de su casa con una mano adelante y otra atrás. Mire usté, éste es el resultado: nos estamos muriendo de hambre. La nuera y los nietos y éste su hijo, como quien dice toda su descendencia, estamos ya por parar las patas y caernos bien muertos. Y el coraje que da es que es de hambre. ¿Usté cree que eso es legal y justo?
—Y a mí qué diablos me va o me viene. ¿Pa qué te casaste? Te fuiste de la casa y ni siquiera me pediste el permiso.
—Eso lo hice porque a usté nunca le pareció buena la Tránsito. Me la malorió siempre que se la truje y, recuérdeselo, ni siquiera voltió a verla la primera vez que vino: “Mire, papá, ésta es la muchachita con la que me voy a coyuntar.” Usté se soltó hablando en verso y que dizque la conocía de íntimo, como si ella fuera una mujer de la calle. Y dijo una bola de cosas que ni yo se las entendí. Por eso ni se la volví a traer. Así que por eso no me debe usté guardar rencor. Ora sólo quiero que me la cuide, porque me voy en serio. Aquí no hay ya ni qué hacer, ni de qué modo buscarle.
—Eso son rumores. Trabajando se come y comiendo se vive. Apréndete mi sabiduría. Yo estoy viejo y ni me quejo. De muchacho ya ni se diga; tenía hasta pa conseguir mujeres de a rato. El trabajo da pa todo y contimás pa las urgencias del cuerpo. Lo que pasa es que eres tonto. Y no me digas que eso yo te lo enseñé.
—Pero usté me nació. Y usté tenía que haberme encaminado, no nomás soltarme como caballo entre las milpas.
—Ya estabas bien largo cuando te fuiste. ¿O a poco querías que te mantuviera pa siempre? Sólo las lagartijas buscan la misma covacha hasta cuando mueren. Di que te fue bien y que conociste mujer y que tuviste hijos; otros ni siquiera eso han tenido en su vida, han pasado como las aguas de los ríos, sin comerse ni beberse.
—Ni siquiera me enseñó usté a hacer versos, ya que los sabía. Aunque sea con eso hubiera ganado algo divirtiendo a la gente como usté hace. Y el día que se lo pedí me dijo: “Anda a mercar güevos, eso deja más.” Y en un principio me volví güevero y aluego gallinero y después merqué puercos y, hasta eso, no me iba mal, si se puede decir. Pero el dinero se acaba; vienen los hijos y se lo sorben como agua y no queda nada después pal negocio y naide quiere fiar. Ya le digo, la semana pasada comimos quelites, y ésta, pos ni eso. Por eso me voy. Y me voy entristecido, padre, aunque usté no lo quiera creer, porque yo quiero a mis muchachos, no como usté que nomás los crió y los corrió.”
—Apréndete esto, hijo: en el nidal nuevo, hay que dejar un güevo. Cuando te aletié la vejez aprenderás a vivir, sabrás que los hijos se te van, que no te agradecen nada; que se comen hasta tu recuerdo.
—Eso es puro verso.
—Lo será, pero es la verdá.
—Yo de usté no me he olvidado, como usté ve.
—Me vienes a buscar en la necesidá. Si estuvieras tranquilo te olvidarías de mí. Desde que tu madre murió me sentí solo; cuando murió tu hermana, más solo; cuando tú te fuiste vi que estaba ya solo pa siempre. Ora vienes y me quieres remover el sentimiento; pero no sabes que es más dificultoso resucitar un muerto que dar la vida de nuevo. Aprende algo. Andar por los caminos enseña mucho. Restriégate con tu propio estropajo, eso es lo que has de hacer.
—¿Entonces no me los cuidará?
—Ahi déjalos, nadie se muere de hambre.
—Dígame si me guarda el encargo, no quiero irme sin estar seguro.
—¿Cuántos son?
—Pos nomás tres niños y dos niñas y la nuera que está re joven.
—Rejodida, dirás.
—Yo fui su primer marido. Era nueva. Es buena. Quiérala, padre.
—¿Y cuándo volverás?
—Pronto, padre. Nomás arrejunto el dinero y me regreso. Le pagaré al doble lo que usté haga por ellos. Déles de comer, es todo lo que le encomiendo.

—Padre, nos mataron.
—¿A quiénes?
—A nosotros. Al pasar el río. Nos zumbaron las balas hasta que nos mataron a todos.
—¿En dónde?
—Allá, en el Paso del Norte, mientras nos encandilaban las linternas, cuando íbamos cruzando el río.
—¿Y por qué?
—Pos no lo supe, padre. ¿Se acuerda de Estanislado? Él fue el que me encampanó pa irnos pa allá. Me dijo cómo estaba el teje y maneje del asunto y nos fuimos primero a México y de allí al Paso. Y estábamos pasando el río cuando nos fusilaron con los máuseres. Me devolví porque él me dijo: “Sácame de aquí, paisano, no me dejes.” Y entonces estaba ya panza arriba, con el cuerpo todo agujerado, sin músculos. Lo arrastré como pude, a tirones, haciéndomele a un lado a las linternas que nos alumbraban buscándonos. Le dije: “Estás vivo”, y él me contestó: “Sácame de aquí, paisano”. Y luego me dijo: “Me dieron.” Yo tenía un brazo quebrado por un golpe de bala y el güeso se había ido de allí de donde se salta el codo. Por eso lo agarré con la mano buena y le dije: “Agárrate fuerte de aquí”. Y se me murió en la orilla, frente a las luces de un lugar que le dicen la Ojinaga, ya de este lado, entre los tules, que siguieron peinando el río como si nada hubiera pasado.
“Lo subí a la orilla y le hablé: ‘¿Todavía estás vivo?’ Y él no me respondió. Estuve haciendo la lucha por revivir al Estanislado hasta que amaneció; le di friegas y le sobé los pulmones pa que resollara, pero ni pío volvió a decir.”
“El de la migración se me arrimó por la tarde.
—”Ey, tú, ¿qué haces aquí?
“—Pos estoy cuidando este muertito.
“—¿Tú lo mataste?
“—No, mi sargento —le dije.
“—Yo no soy ningún sargento. ¿Entonces quién?
“Como lo vi uniformado y con las aguilitas esas, me lo figuré del ejército, y traía tamaño pistolón que ni lo dudé.
“Me siguió preguntando: ‘¿Entonces quién, eh ?’ Y así se estuvo dale y dale hasta que me zarandió de los cabellos y yo ni metí las manos, por eso del codo dañado, que ni defenderme pude.
“Le dije: —No me pegue, que estoy manco.
—Y hasta entonces le paró a los golpes.
“—¿Qué pasó?, dime— me dijo.
“—Pos nos clarearon anoche. Ibamos regustosos, chifle y chifle del gusto de que ya íbamos pal otro lado cuando merito en medio del agua se soltó la balacera. Y ni quién se las quitara. Este y yo fuimos los únicos que logramos salir y a medias, porque mire, él ya hasta aflojó el cuerpo—.
“—¿Y quiénes fueron los que los balacearon?
“—Pos ni siquiera los vimos. Sólo nos aluzaron con sus linternas, y pácatelas y pácatelas, oímos los riflonazos, hasta que yo sentí que se me voltiaba el codo y oí a éste que me decía: ‘Sácame del agua, paisano’. Aunque de nada nos hubiera servido haberlos visto.
“—Entonces han de haber sido los apaches.
“—¿Cuáles apaches?
“—Pos unos que así les dicen y que viven del otro lado.
“—¿Pos que no están las Tejas del otro lado?
“—Sí, pero está llena de apaches, como no tienes una idea. Les voy a hablar a Ojinaga para que recojan a tu amigo y tú prevente pa que regreses a tu tierra. ¿De dónde eres? No debías de haber salido de allá.¿Tienes dinero?
“Le quité al muerto este tantito. A ver si me ajusta.
Tengo ahi una partida pa los repatriados. Te daré lo del pasaje; pero si te vuelvo a devisar por aqui te dejo a que revientes. No me gusta ver una cara dos veces. ¡Ándale, vete!
“—Yo me vine y aquí estoy, padre, pa contárselo a usté.”
—Eso te ganaste por creido y por tarugo. Y ya verás cuando te asomes por tu casa; ya verás la ganancia que sacaste con irte.
—¿Pasó algo malo? ¿Se me murió algún chamaco?
—Se te fue la Tránsito con un arriero. Dizque era rebuena, ¿verdá? Tus muchachos están acá atrás dormidos. Y tú vete buscando onde pasar la noche, porque tu casa la vendí pa pagarme lo de los gastos. Y todavía me sales debiendo treinta pesos del valor de las escrituras.
—Está bien, padre, no me le voy a poner renegado. Quizá mañana encuentre por aquí algún trabajito pa pagarle todo lo que le debo. ¿Por qué rumbo dice usté que arrendó el arriero con la Tránsito?
—Pos por ahi. No me fijé.
—Entonces orita vengo, voy por ella.
—¿Y por ónde vas?
—Pos por ahi, padre, por onde usté dice que se fue.

 

 

 

Biografía

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, conocido como Juan Rulfo nació en Apulco, San Gabriel, distrito de Sayula, Jalisco, el 16 de mayo de 1917 y falleció en la Ciudad de México, el 7 de enero de 1986. Fue escritor, guionista y fotógrafo mexicano, perteneciente a la generación del 52.​ La reputación de Rulfo se asienta en dos libros: El llano en llamas, compuesto de diecisiete relatos y publicado en 1953, y la novela Pedro Páramo, publicada en 1955

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LAS NOCHES DE EUSTAQUIO

LAS NOCHES DE EUSTAQUIO

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LAS NOCHES DE EUSTAQUIO

Eustaquio Salvatierra era el arquitecto de moda cuando sufrió el accidente que le cambió los planos de la vida y trastocó las maquetas de su futuro. Mientras supervisaba las molduras de un balcón colonial en el centro histórico de Lima, no prestó importancia a la marcha de protesta y manifestantes enfrentados con la policía antimotines. Fue muy tarde cuando quiso reaccionar y el andamiaje que lo sostenía se vino al suelo, cayendo con tres albañiles y golpeando a un par de revoltosos. Llevó la peor parte: estuvo una semana en coma y salió de alta tras permanecer hospitalizado un mes.

A partir de entonces las pesadillas jugaron con sus sueños y en varias ocasiones despertó a su madre y a los seis perros pekineses. Los alborotaba de madrugada con incendios ficticios, ruptura de tuberías de agua inexistentes y ladrones invisibles que se metían por las ventanas. Eustaquio mató a patadas a uno de los perros luego de encarnizada batalla en las escaleras. Se sintió orgulloso de haber librado a la casa de una rata prehistórica de medio metro de altura.

Doña Florencia, aburrida de los escándalos de su único hijo, y al constatar que los atrapa sueños colgados en la casa no funcionaban, decidió llevarlo al psiquiatra. Para Eustaquio las pesadillas acabaron pero no logró controlar la modorra, confusión y equivocaciones en las que frecuentemente incurría. Por equivocación, en vez del costalillo de ropa usada que había sido seleccionado, regaló el perro más joven a un ropavejero y puso a su madre al borde del infarto. La desconsolada mujer habló con su médico para que tomara cartas en el asunto ya que la población de sus engreídos había mermado drásticamente en pocos meses. Le cambaron la receta médica y fue recuperando la salud mental. Pudo reintegrarse a sus labores cotidianas, dejadas de lado por un supuesto post grado en Alemania.
─Jorge, ¿crees en fantasmas? –Me preguntó una vez que coincidimos en una galería de arte.
─Depende del tipo de fantasmas.

No contento con la respuesta dio media vuelta y abandonó la sala, dejándome con las ganas de mayores argumentos. Así había quedado mi buen amigo después del accidente. Lo estimo mucho y me apenó enterarme que diseñó un bar gótico en un hotel cinco estrellas en vez del salón vanguardista encomendado. Se convirtió en la comidilla del gremio y casi todos ponían en tela de juicio su cordura.

En la casa familiar sus desvaríos dieron paso a noches de sonambulismo. Repentinamente aparecía con un pekinés en la mano para dárselo a su madre, quien optó por encerrarse con los perros y amanecer oliendo a galpón. Hasta ahora nadie ha podido explicar cómo Eustaquio abría la puerta del dormitorio y sacaba a pasear a los perros por los jardines del parque. Al amanecer de un sábado, su madre fue despertada por el serenazgo municipal para recibir a su hijo inconsciente y a tres perros. La pobre mujer entró en pánico al comprobar que su engreído más viejo no había regresado. Amenazó con echarlo de la casa, pero Eustaquio no sabía qué le reclamaba.

El viejo jardinero, responsable por décadas del cuidado de los ficus, recomendó un brujo norteño y fue llevado para acabar con las excursiones nocturnas que lo ponían en peligro de ser atropellado, asaltado o secuestrado. Al regresar del viaje, Eustaquio lucía mejor semblante, con mejillas chaposas y sonrisa de oreja a oreja. Mejoró su estado de ánimo, le provocó revisar las revistas especializadas a las que estaba suscrito y se animó a colaborar con los estudiantes de arquitectura de la universidad.

Sin embargo, se acostaba tarde por la dificultad para conciliar el sueño. Despertaba de pésimo humor, fastidiado, quejoso y reclamón. El insomnio era dueño de sus noches y deambulaba como un espectro por los pasillos, corredores, jardines y aposentos de la enorme casa. En la más absoluta oscuridad reconocía cada rincón con solo olerlo. El mínimo rayo de luz le permitía distinguir los muebles, decoraciones y demás vericuetos. Cuando se sentaba en la sala con las luces apagadas para no mortificar a su madre veía pasar los fantasmas de sus antepasados. Conversaba con ellos, reían en silencio, jugaban naipes a escondidas, disfrutaban del vino que compraba en la bodega.
De noche la casa se convirtió en el feudo donde empezó a renacer. Aguardaba ilusionado el anochecer y cuando la casa estaba silenciosa daba rienda suelta a la felicidad perdida por el golpe en la cabeza. La casa se convirtió en el mejor tratamiento que pudo encontrar. Los aparecidos le confiaron secretos y misterios de tíos que había visto en daguerrotipos. Se enteró que un antepasado peleó en la guerra del Pacífico y que, antes que una bala equivocada le rajara el corazón, mandó al otro mundo a una docena de chilenos.
─No me importa que mi asesino fuera un peruano. Sé que fue una equivocación, pero me di el gusto de cargarme a doce chilenos, ¡Salud! ─le confesó el pariente con la mirada transparente que caracteriza a los muertos en batalla.

En el colmo de la orgía fantasmal de las noches, una tía solterona de principios de siglo se le insinuó para tener sexo etéreo. Eustaquio, ebrio de tanto brindar con familiares y amigos que la parentela invitaba, estuvo a punto de ser seducido. Antes de cometer la locura de engendrar un ánima se desmayó en la poltrona de turno y horas después doña Florencia lo encontró vomitado y con la bragueta abierta, rodeado de los tres pekineses sobrevivientes.
─Jorge, nuevamente, ¿crees en los fantasmas?
─Absolutamente, Eustaquio ─lo miré fijamente y muy a su pesar desaparecí, dejándolo con más dudas que certezas.

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Lluvia

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Llegará un día que nuestros recuerdos

 serán nuestra riqueza.

Paul Géraldy

 

¡Cómo disfrutaba la lluvia! El repiqueteo de las gotas en mi ventana o el ruido en el toldo del departamento de abajo eran una música increíble. Hasta aquel sábado… Sábado sin programa, recostado en mi sofá, vaso de whisky, escuchando a Piazzolla mientras la tormenta sacudía con fuerza las copas de los árboles.

En esa época vivía en un departamento antiguo en Paternal, sobre Espinosa, casi Seguí, con un pasillo largo, cuatro departamentos en planta baja, con patio, al que confluían todos los ambientes y cuatro en planta alta, donde estaba el mío. Escalera de mármol con escalones muy gastados, ambientes amplios, altos, puertas y ventanas mitad madera y mitad vidrio, con banderola y balcón con postigos metálicos.

Los gritos de la calle me sacaron de mi trance. Me acerqué a la ventana y el panorama ante mis ojos era aterrador. La calle parecía un río que venía desde Juan B. Justo haciendo olas al rodear los árboles. Las veredas ya no se veían. La corriente había arrastrado un par de autos estacionados y los había amontonado contra el camión de mudanzas, siempre estacionado en la esquina, dejándolos atravesados en el medio la calle. Los vecinos de la vereda de enfrente sacaban agua con un secador, pero la fuerza de la corriente los vencía una y otra vez.

Llevaba cinco años viviendo allí y nunca se había inundado de esa forma. No había salido de mi asombro todavía, cuando se cortó la luz. Fui a la cocina a buscar una linterna y fue entonces cuando escuché un grito desgarrador. “¡¡Nooo!! ¿Por qué?” gritó doña Julia, la anciana del departamento de abajo. Corrí al pasillo de mi departamento y me asomé a la pared que daba a su patio. Le pregunté si estaba bien. “Se mojó, se mojó” me respondió entre sollozos. Le pedí que no se moviera y baje corriendo. En la calle el agua me llegó hasta las rodillas. El umbral de entrada era alto por lo que, tanto en el zaguán como en el pasillo, el nivel del agua era menor. Por suerte doña Julia tenía la puerta de su departamento abierta. Entré, alumbré el patio y alcancé a divisar las macetas, una mesa con sillas y el lavarropas al lado de la pileta. El agua tendría una altura de cinco centímetros porque sólo me cubría las zapatillas. La llamé y me respondió desde el dormitorio. Entré a la habitación, hice un paneo con la linterna y la vi sentada, a los pies de la cama, con algo sobre su regazo. Su rostro estaba desolado. Repetía una y otra vez “se mojó, se mojó”. La pieza tenía poca agua, y no afectaba al viejo ropero ni a la mesa de luz o la cómoda porque tenían patas. Apoyé la linterna sobre un mueble de manera que iluminara un poco, y me senté a su lado. La abracé, intenté tranquilizarla, ofreciéndole levantar las cosas para preservarlas del agua. Me miró con tristeza y repitió “se mojó, estaba bajo la cama”. Busqué la linterna, la alumbré y entendí. Sus manos temblorosas acariciaban con ternura… ¡un álbum de fotos!

Subí a los muebles más altos las cosas mojadas, levanté la heladera, que por suerte era pequeña, sobre dos bancos de madera, el lavarropas sobre dos sillas, y llevé a doña Julia a mi departamento, junto con su gato Bandido, para que descansaran en lugar seco. Cuando volvió la luz, con un secador de pelo, estuvimos varias horas secando el álbum y las fotos, que para tranquilidad de la anciana, no se habían dañado. A medida que lo hacía comprendía más y más su angustia. ¡Toda su vida, toda su historia, estaba en ese álbum! “Para ella debe ser como si se me quemara el disco rígido de la computadora”, pensé. “Y tal vez peor, porque son cosas que no se podrían replicar. ¡Mañana mismo, sin falta, hago un backup!”.

El agua bajó al día siguiente. Otras vecinas la ayudaron a limpiar su departamento. El álbum, con algunas arruguitas y ondulaciones, quedó bastante bien. Quedó tan agradecida que una vez por mes, cuando cobraba su pensión, me hacía un bizcochuelo.

Jamás se alejó de mi memoria la triste imagen de Doña Julia, abrazada a su álbum de fotos, chorreando agua. Pasaron muchos años, me mudé varias veces, me fui aviejando por afuera y sigo amontonado recuerdos por adentro, pero desde aquel sábado, nunca, pero nunca más, pude disfrutar la lluvia.

 

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