Cuatro paredes

Cuatro paredes

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Cuatro paredes. Una mesa. Una cama. La puerta, gris, fría. Un ventanuco en la pared.
Llevo cinco días dando vueltas alrededor del habitáculo para no volverme más loco de lo que ya se creen que estoy.
El color blanco es lo que más me saca de quicio, ese color tan pulcro, tan limpio. Me anula por completo.
No puedo más, las paredes parecen que se hacen cada vez más pequeñas, el techo cada vez más cerca.
Se escuchan ruidos, pasos. Un manojo de llaves. La cerradura se gira, una placa se abre y aparece una bandeja. En ella, un vaso con pastillas “para mantenerme más relajado”, un plato hondo de plástico donde hay una pasta viscosa a la que llaman comida, un vaso con agua, también de plástico, y una cuchara.
¡Joder! Grito y grito una y otra vez pero nadie me hace caso, nadie viene a sacarme de aquí.
En un arrebato de furia, le doy una patada a la comida y acaba tirada por el suelo.
De repente, una voz como salida de ultratumba dice:
«No hay nada hasta mañana a las nueve, si te entra hambre, ya sabes lo que tienes que hacer»
¡No puedo máaaaaaaaaaaaassssssssssss! ¡Quiero irme de aquiiiiiiiii!!!!!!
Lloro desconsoladamente durante un par de horas, hasta que rendido por el cansancio me quedo dormido.
¡Pipipipipi! ¡Pipipipi! Le doy un manotazo al despertador para poder dormir cinco minutos más, pero no puedo porque de repente me acuerdo, abro los ojos de par en par y veo que estoy en mi habitación. Me alegro de que sólo haya sido un mal sueño.
La puerta se abre y es mi madre con un zumo y una pastilla
– Anda dormilón, te dejo el zumo encima de la mesa, levántate si no quieres llegar tarde al psiquiatra.
¿Psiquiatra? Quizás no haya sido un mal sueño….

3.80 Promedio (78% Puntuación) - 5 Votos
La Mirada del silencio

La Mirada del silencio

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La mirada recoge silencios
tu ausencia está presente
este vacío bipolar y binario
te rastrea y te sabe inexistente

La huella exenta de tu aroma
no cede su vital espacio,
aunque la locura se asoma
la vida guarda sus resabios

Un hálito desvela al insomnio
el silencio se ha quedado mudo
el verso está pariendo palabras

Hay conflicto en la línea del agravio
los pasos del viento hechos nudo
Y la puerta sin llave que la abra.

4.83 Promedio (95% Puntuación) - 6 Votos
EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (2ª parte)

EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (2ª parte)

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Aquel día la noche le cayó encima sin darse cuenta. Caminó sin descanso desde bien temprano con la intención de hacerse con una buena lista de pedidos. Amaneció con el cielo despejado y así siguió hasta que sobrevino la oscuridad sin ser anunciada por el crepúsculo.

Estaba tan absorto en su tarea que no fue consciente de lo mucho que se había alejado de las zonas habitadas. El sol le había golpeado con fuerza mientras estuvo visible. Hasta que no notó su ausencia no comprobó los efectos que andar todo el día bajo él le habían dejado en su cuerpo. Estaba fatigado y sediento. Tenía la boca seca por la falta del líquido elemento y de tanto hablar.

Se sentó en un banco. Sacó la libreta del maletín y contó los pedidos. Sonrió satisfecho. Se encendió la luz del porche de la casita que tenía justo detrás. Era pequeña y coqueta. La zona estaba llena de viviendas unifamiliares casi todas iguales. Parecían clonadas. Se distribuían simétricamente de dos en dos. La que ahora tenía frente a él era diferente. Más vieja. Era como una casita Victoriana en miniatura. Desentonaba totalmente en el entorno. Decidió que sería la última visita del día. Con un poco de suerte allí le podrían dar una baso de agua y dejarlo llamar a un taxi.

Golpeó con energía tres veces. Nadie contestó. Repitió la operación y la puerta cedió abriéndose lentamente. Mientras lo hacía emitía un chirrido que le puso los pelos de punta. Se adentró con prudencia esperando encontrar a alguien detrás de ella. «Quizá sea un niño y por eso no lo veo», pensó. Ya le había ocurrido en otras ocasiones. Con todo el cuerpo dentro del recibidor se dio cuenta que sudaba y esta vez no era por culpa del astro rey.

¡Buenas noches! Suba, suba.

Alzó la vista y al final de una escalera empinada se encontraba una mujer que le hacía señas para que subiera. De repente se quedó paralizado. Los ojos se le abrieron como platos y dejó caer el maletín que llevaba.

La mujer que lo esperaba solo vestía un salto de cama de color negro con transparencias. Intentó tragar saliva pero no pudo generarla, así que se tuvo que conformar con carraspear.

Buenas noches señora. Ya sé que quizá sea un poco tarde…

¡No le escucho! Haga el favor de subir.

Aunque turbado, no pudo evitar volver a mirarla, fijándose en los pocos detalles que desde esa distancia podía apreciar. Pero su mente ya había compensado esa carencia añadiendo imaginación. Quiso convencerse de que se trataba de una mujer de mediana edad, tremendamente atractiva y con una curvas que apenas podían esconder la diminuta prenda que llevaba. Se fijó en los zapatos de tacón de aguja que llevaba y se preguntaba quién se atrevería a salir a la calle así. Pronto se daría cuenta que no era esa la intención de la anfitriona.

Comenzó a ascender torpemente mientras notaba como el corazón luchaba por salir de su cavidad. Golpeaba tan fuerte que casi podía tocarlo con las manos. Como hipnotizado prosiguió con la inspección. Recorrió con la mirada cada centímetro de sus piernas. Sobrepasadas la rodillas imaginó que al final de aquellos muslos estaría la joya de la corona protegida por unas sensuales braguitas que harían juego con el picardías. Una huérfana ráfaga de viento entró por la puerta haciendo que la falda del cortísimo camisón alzara el vuelo.

En ese momento tropezó y se dio bruces contra los escalones. Ella acudió a auxiliarlo. Se agachó para ayudarlo a incorporarse. Vicente levantó la cabeza y se encontró de lleno con un paraíso que confirmaba sus pensamientos y del que no se pudo desprender por el resto de sus días. Ni siquiera ahora, mientras se lo explicaba a su superior, podía evitar excitarse.

¡Pero sigue, sigue! No te pares ahora. No me dejes así…

«Necesito un vaso de agua»

Yo te traigo uno de vino que será más emocionante —se apresuró a contestar su jefe.

No me ha entendido. El vaso de agua se lo pedí a ella.

Sin recordar cómo, Vicente se encontró empotrado en el sofá de lo que supuso que era la sala de estar. Era tan bajo y desvencijado que las rodillas le quedaban casi a la altura de los ojos. Era imposible incorporarse sin ayuda. Hubiera estado más cómodo sentado en el suelo. Una solitaria lámpara con la pantalla de un desgastado color rojo era la única fuente de luz. Estaba sobre uno de los pocos muebles que se podían vislumbrar en aquella penumbra de burdel.

Disculpe usted. No quería molestarla a estar horas.

No me molestas. Agradezco tu visita.

Tengo la garganta seca. ¿No podría darme un vaso de agua?

¿Y tú, qué me vas a dar?

Verá, soy vendedor de libros…

Crees que voy vestida para leer algún libro.

Nada más decir esto, la mujer se aproximó a Vicente tanto que casi le puso los pechos en bandeja. Aquella visión lo volvió a perturbar de tal manera que le provocó otro intento fallido por tragar saliva. Este fue doloroso y se notaba la garganta totalmente irritada.

No sé adónde iba usted o qué pretendía hacer. No tenía intención de interrumpirla. Pero necesito beber un poco de agua…

¿Qué estás insinuando? !Soy una señora!

Verá. No quería ofenderla. Pero si hablamos de insinuación…

Quizá tú seas uno de esos…

…De esos que tienen sed. Sí.

Me refería de esos a los que les gustan los hombres .

¡Noooo!

¿No te gusta lo que ves?

¡No se puede imaginar lo que me gusta! Por eso necesito agua, para no desfallecer. No quiero perderme esta visión.

No tengo.

¿No tiene agua?

No tengo dinero.

¿Cómo dice?

Para comprarte libros.

No se preocupe por ello. Yo se los regalo todos, pero por el el amor de Dios, deme un vaso de agua.

 

4.33 Promedio (87% Puntuación) - 3 Votos
EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (primera parte)

EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (primera parte)

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Sobrevivía con testarudez a los nuevos tiempos. Todo el mundo le decía que ya no tenía futuro, que era una reliquia del pasado y que debería estar en un museo o en los libros de historia como una más de las profesiones que habían desaparecido con la nuevas tecnologías. Pero él se empeñaba en seguir haciendo las cosas como siempre, como le habían enseñado y como las llevaba practicando desde hacía más de tres décadas.

En aquello era el mejor. Nadie le ganaba. Algunos se le aproximaron però nadie llegó a hacerle sombra. Imposible imitarlo. Él era sobre todo perseverante, constante, creativo y diferente. Unas virtudes cada vez menos valoradas. Ahora estaban de moda otras relacionadas con la espectacularidad y la velocidad. Todo tendía a ser para un consumo compulsivo y de corta duración. El éxito se alcanzaba a la misma velocidad que llegaba también el fracaso. Mantenerse arriba ya no era lo más importante. Ahora se trataba de sustituir continuamente al producto que había alcanzado la cima antes de que éste iniciara el descenso del olvido o del cansancio.

Él seguía creyendo que el placer estaba precisamente en todo lo contrario. En saborear las cosas poco a poco. En digerirlas lentamente para que se asienten bien en nuestro interior. Así lo pensaba y así lo seguía haciendo. Si permanecía en la empresa es porque su números seguían demostrando que el método que empleaba seguía estando vigente, aunque era el único que lo defendiera.

Era vendedor de libros a domicilio. Cuando entró a trabajar en la editorial más importante se sintió la persona mas feliz del mundo. Aquello colisionaba frontalmente con lo que le decían sus amigos:

¿Estás seguro?

Siempre he querido dedicarme a eso.

Es un trabajo duro y muy poco agradecido. ¡Nadie quiere ser vendedor de libros!

Pues yo sí. Me gustan los libros y poder distribuir ese placer creo que es una labor muy digna.

Naturalmente no tuvo ningún problema para obtener el trabajo. Sólo se presentaron dos personas al puesto y su entusiasmo era tal que el entrevistador no tuvo ninguna duda.

Ahora todo era diferente. La empresa había tenido que adaptarse a las nuevas necesidades y el negocio principal ya no era vender libros a domicilio. Se vendían a través de plataformas en la red y la mayoría en formato digitales.

Ya no necesitaban vendedores como Vicente. Él seguía atendiendo a su clientes de forma regular y les sugería los últimos títulos que habían aparecido en el mercado en función de sus gustos. Era lo más parecido a un médico de cabecera. Conocía tanto a sus clientes que sabía en todo momento lo que necesitaban en función de su estado de ánimo. Así cuando los hijos eran adolescentes siempre llevaba un libro de aventuras imposibles donde los protagonistas eran rebeldes y luchadores de causas perdidas. A unos recién casados les sugería un libro de cocina a él y a ella una novela donde la protagonista era una mujer fuerte y determinada. Si la confianza había sobrepasado el pasillo o la cocina y lo hacían pasar a la sala de estar, se atrevía a sugerirles un libro de contenido erótico mientra daba sorbos al café. A la abuelas les regalaba libros de viajes que nunca habían podido realizar o de jardinería. Si la vista ya no les permitía disfrutar de la lectura, él perdía diez minutos y les leía algún pasaje de un delicioso paseo en góndola por los canales de Venecia o a lomos de un camello visitando la ciudad perdida de Petra.   

Su técnica consistía en eso. En conocer a sus clientes, en relacionarse con ellos. Atenderlos y perder el tiempo que fuera necesario par crear un vínculo especial y humano. La necesidad por leer surgía de forma natural y en consecuencia ahí estaba él para satisfacerla. La personalización era tal que sus clientes no pisaban una librería desde hacía años.

Sus nuevos jefes le decían que era un especie en extinción. No porque no fuera beneficiosa su fórmula, sino porque lo que de verdad se había transformado era la forma de consumir. Los que habían cambiado eran los clientes. Vicente lo pudo comprobar con el paso del tiempo. A medida que sus compradores pasaban a mejor vida o se alejaban de ella por culpa de un cerebro ausente de memoria y razonamiento, se fue quedando sin trabajo. Los hijos preferían una tableta electrónica que un conjunto de hojas de papel encuadernadas.

¡Hasta aquí hemos llegado! Vamos a cerrar esta línea de negocio.

No me veo haciendo otro trabajo.

Tienes dos opciones: o te reciclas o te jubilas.

El reciclaje consistía en transformarse en vendedor de enciclopedias. En realidad se trataba de colocar todo tipo de artilugios y enseres para justificar la compra a plazos de una colección de tomos que nadie consultaría. El objetivo eran personas de edad avanzada que quedaban deslumbradas ante la cantidad de regalos que recibían a cambio de comprar una ristra de pesados volúmenes que ocuparían un espacio principal en la librería del comedor. Por ello se comprometían durante años a pagar unas cuotas abusivas. La casa se les llenaba de cacharros de cocina, de colchones tan duros donde era imposible soñar y de máquinas contra el dolor o para ejercitar unas piernas fatigadas de caminar tantos años por los tortuosos caminos de su existencia.

¡No me gusta engañar a la gente!

Es todo legal.

Es un atropello.

¡No te pongas puritano! ¿Acaso no tuviste problemas con la justicia por culpa por no saber frenar tu lujuria?

Aquello fue diferente. Era joven y me engatusaron.

Se refería a un episodio que sufrió al principio cuando empezaba a buscar clientes puerta a puerta. Su entusiasmo le llevaba a no seleccionar los barrios donde ofrecer sus servicios y esa imprudencia le ocasionó más de un problema.

 

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¿Alguien conoce a Emma Rauschenbach?

¿Alguien conoce a Emma Rauschenbach?

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Emma Rauschenbach fue bastante más que la esposa (y mecenas) de Carl Jung. Inteligente, culta, atractiva e inmensamente rica, Emma Rauschenbach (Schaffhausen, Suiza, 1882-Zúrich, 1955) colaboró activamente con su marido en el desarrollo del psicoanálisis, sufragó incontables años de investigaciones y trabajos y se convirtió en una de las mayores expertas en la Leyenda del Santo Grial.

Ahora, tras más de seis décadas de olvido, Emma Jung recupera el protagonismo intelectual que nunca reclamó gracias a Laberintos (Tres Puntos), una polémica biografía de la periodista británica Catherine Clay que desvela aspectos desconocidos del matrimonio y ahonda en la relación entre Jung y su maestro Freud y las causas que motivaron su ruptura definitiva.

La historia es apasionante: heredera de una acaudalada saga de industriales suizos, Emma Rauschenbach conoció a Carl Jung a los diecisiete años. Jung tenía veintiuno, y pertenecía a una rama empobrecida de la poderosa familia Jung; su padre era un oscuro pastor protestante y su madre sufría desórdenes mentales (oía voces, tenía visiones, doble personalidad…). Cuando Emma y Carl se conocieron, Jung debía unos 3000 francos, lo que, en esa época, en la que un trabajador podía ganar 30 francos semanales, era una suma muy importante.

Tardaron siete años en lograr casarse, el 14 de febrero de 1903, entre otras razones por la juventud de la novia, la falta de recursos del novio, su decisión de dedicarse a la rama de la medicina de menor prestigio entonces (las enfermedades mentales) y porque Emma estaba consagrada al cuidado de su padre, gravemente enfermo de sífilis y muy agresivo con los suyos.

Desde el principio de la relación la futura señora Jung conoció de primera mano el trabajo del doctor, ya que, como explica Catherine Clay, “cuando se comprometieron en secreto Emma le ayudaba a escribir sus informes diarios, lo que le permitía aprender algo todos los días. Si estos eran los años iniciales de la carrera de Jung, también eran el comienzo de algo para Emma”. Ya casados, los domingos Jung le contaba la historia y evolución de sus pacientes, “la impresionaba, la entretenía, la mantenía asombrada. Las historias sobre mujeres del asilo la fascinaban”. También la psicoanalizaba y analizaban juntos algunos casos. Sin embargo, no fue sino en 1909 cuando Emma dejó de ser poco más que una asistente ocasional de Carl para convertirse en una colaboradora de su trabajo. Sabía bastante de psicoanálisis como para proponer y criticar. Él le contaba y consultaba absolutamente todo, y ella le sustituía cuando sus viajes y conferencias le impedían atender sus compromisos.

El problema era el carácter de Jung: narcisista y desequilibrado (ya se ha contado que provenía de una familia con graves problemas de salud mental), resultaba tan atractivo como egoísta. Trabajaba con sus pacientes día y noche, ”como un poseído” según la biógrafa, y descuidaba la vida familiar, al tiempo que se comportaba como un coqueto enfermizo incapaz de no flirtear con cualquier mujer.

Tuvieron cinco hijos, pero en el curso de su largo matrimonio estuvieron a punto de divorciarse al menos en tres ocasiones, siempre por las infidelidades de Jung con pacientes como María Moltzer, Sabina Spielrein o Antonia Wolff. Como él mismo le explicó a Freud en una carta del 30 de enero de 1910, creía firmemente que “el prerrequisito de un buen matrimonio es el permiso para ser infiel”. Obviamente, Emma Jung no estaba de acuerdo, así que cada vez que la traición sentimental de su marido le resultaba intolerable, amenazaba con abandonarle primero y divorciarse después. Entonces Jung caía enfermo con dolores de estómago, depresión…. Más aún, cada vez que alguna de sus amantes empezaba a exigir cosas y ponía en peligro su familia, “sufría verdaderos ataques de pánico”. Y no eran pocas, pues, como la propia Emma escribiría a Freud, “todas las mujeres se enamoran de él, y yo, con los hombres de inmediato quedo fuera de circulación como la esposa del padre o del amigo”.

Una antigua paciente enferma de depresión, Toni Wolff, lo cambiaría todo a partir de 1910 al convertirse en su discípula e iniciar un insólito “ménage à trois”. Jung estaba deslumbrado ante su “intelecto notable” y “excelente sensibilidad”. La autora del libro, Catherine Clay, la describe como “un ser extraño, como de otro mundo. Reía en escasas ocasiones, casi nunca sonreía”. Su propia hermana aseguraba que “nunca parecía estar completamente viva y sólo lo lograba gracias a Jung”. A los niños se les dijo que la llamaran Toni y se les prohibió hacer chistes o bromear sobre su extraño comportamiento.

Emma Jung, consciente de lo que significaba Wolff para la parte más compleja de la personalidad de su marido, no sólo la aceptó sino que perdonó sus desprecios y que a menudo exigiera al doctor Jung que se divorciara de inmediato. Lo cierto, afirma Clay, es que Carl amaba a su esposa, “pero no cedía en sus ideas sobre la poligamia, asegurándole a ella que eso no implicaba ninguna diferencia en cómo la quería. Emma, por su parte, intentaba ser justa con su amante”. Las dos compartían a Carl de manera más o menos equitativa, cada una con su propio papel. Emma representaba la vida estable, cotidiana. Toni, la pasión, lo oculto, lo prohibido. Sólo el tiempo (varias décadas) acabaría por diluir la pasión entre el psicoanalista suizo y Wolff, pero las heridas que causó acompañarían siempre a Emma Jung.

Quizá para compensar tanto desengaño, tanta traición, o porque jamás se resignó a desempeñar un papel secundario y pastueño, Emma Jung dedicó los años 20 del siglo pasado a dar forma de libro a la investigación de toda su vida en la leyenda del Grial. El relato novelesco del siglo XII de Chrétien de Toyes sobre Perceval, que le había fascinado desde sus años de estudiante, recorría como un hilo su propia vida. Su libro, La leyenda del grial desde una perspectiva psicológica (Kairós) fue un trabajo académico apoyado en una extensa bibliografía “que iba desde las derivas clásicas y los paralelos orientales hasta la etimología”. Según Clay, “Emma, enfrentando el laberinto de su propia vida con Carl, tratando de comprenderlo, utiliza el libro como su propia búsqueda”. De hecho, continuó trabajando en el libro el resto de su vida y lo dejó inconcluso al morir, de manera que fue Jung quien se aseguró de que se completara tras su muerte y que lo hiciera una de sus colegas, Marie Louise Von Franz, “y fue Carl quien se encargó de publicarlo”.

La inesperada muerte de Emma dejó demolido al doctor Jung. En su funeral, se pudo oír: “era muy bondadosa y modesta. Y siempre fue capaz de mantenerse independiente junto a su marido. Era la tierra nutriente en que arraigaba la creatividad [de Jung] y de la cual extraía fuerzas esenciales. De ella emanaba luz. Era capaz de soportar las pesadumbres de la vida y, sobre todo, sabía reconocer y guardar los secretos de los demás”. Era, es, Emma Rauschenbach. Emma Jung.

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