El Faro de los lamentos

El Faro de los lamentos

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En el confín de los lamentos…al final, en donde se encuentra el faro aquel…¡aquel! que se mese con el viento.
El de la luz amarillenta, tenue y fría…pálida
ya sin vida
El que no sabe lo que alumbra porque ya ni ganas tiene,
el faro aquel que parece llorar cabizbajo…porque hasta doblado esta.
triste esta.
El que una vez, hace tiempo, nos daba la luz mas hermosa
eso pensaba…en ese tiempo.
Debajo del que nos acurrucamos en las noches, aquellas noches de caricias, besos.
de amor.
Debajo de aquel faro donde me esperabas sentada, en el banco que ya no esta.
Sin avisar desapareció…como nuestro amor
desapareció.
En aquellos tiempos; el faro, el banco y tu era lo que mas esperaba yo, al final del día.
El faro erguido iluminándonos, el banco fuerte sosteniéndonos… y a nuestro amor…
que ya murió.
Como el banco desapareció, como el faro se doblo…se extinguió, como la luz palideció…
murió y en el confín de los lamentos
lloro yo.

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EL FILÓSOFO

EL FILÓSOFO

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En una modesta habitación lúgubre el filósofo escribe sobre las paredes oscuras con una tiza blanca temas sobre conocimientos, la mente, la existencia, el lenguaje, la moral, la verdad, son razonamientos, vivencias que dejan huellas, y reflexiones para pensar… Entrar en la misma produce una sensación enigmática…, preguntamos por él y la dueña de la pensión nos dice que lleva una vida retirada…, y desde hace unas semanas que no aparece. La señora nos comenta que lo tomó a broma cuándo le dijo que iba a escalar la montañas que se ven desde su dormitorio para conectarse, y emplear sus teorías… Pasó el tiempo, y nunca regresó… Nadie lo ha vuelto a ver, sólo sus paredes hablan por él.

Autora: Graciela E. López
Derechos de autor reservado.
Copyright Reserve.

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Insomnio

Insomnio

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Al bajar del taxi y, mientras cruza la acera y se quita los guantes, escarba en su bolso a fin de encontrar las llaves del portal que se habían escondido entre sus cosas. Normalmente, en su casa no las necesita, siempre hay alguien que le abre; ahora, contiene la respiración observando el llavero. Su memoria le trae recuerdos de su padre, eran sus llaves, con aquella placa de una agencia de transportes en la arandela, un obsequio navideño, seguramente.

Se introduce en el viejo zaguán que aún conserva huellas de su origen a pesar de las desafortunadas reformas que se le han hecho, y, abriendo la puerta de un moderno, aunque modesto ascensor, sube hasta el tercer piso. Allí comienza de nuevo a trastear el llavero con dificultad, debido a la penumbra en que se encuentra el rellano, a pesar de estar prendida la luz. Se abre la puerta que enfrenta a la que quiere tener acceso y unos pequeños y arrugados ojos, pegados al rostro de una encogida mujer, sonríen gozosos después de unos segundos.

Justo lo que ella quería evitar, encontrarse con los antiguos vecinos, no en vano eligió esa hora tan temprana.

– Elenita, ¡Qué gusto verte!

Hace años que le llaman Elena y el diminutivo le sabe a pan con chocolate

– Hola, Doña Engracia, he venido a entregar las llaves, van a limpiarlo, lo queremos vender.

– ¡Qué lástima, hija!, con lo que yo os quería a todos, pasa un poco y cuéntame algo.

– No puedo, están al llegar, pero todo en orden -dice intentando desasirse de la vecina- ¿Ricardo bien? -pregunta, sintiéndose obligada a hacerlo, iban juntos al colegio

– Pues sí, eso dice, se fue a vivir a Holanda con un trabajo fijo y viene poco.

– Bueno, perdone, ya hablaremos en otro momento, tengo que entrar antes al apartamento.

– Pasa luego, hija.

Abre la puerta y la vista le hace retroceder, la sensación de abandono es evidente: papeles que decoraban las paredes cuelgan desprendidos como hojas marchitas y el suelo no se deja ver por la capa de polvo, sólo unas pisadas que denotan una visita reciente: el tipo de la agencia, seguramente, para valorarlo.

Mira sus zapatos de ante negro y observa que están muy sucios. No le importa, continua su viaje en el recuerdo, algo que no había previsto al ofrecerse a entregar las llaves. No podía escabullirse otra vez, dejándolo todo en manos de su hermana.

Hay una banqueta de baño, olvidada por su deterioro, que le invita a sentarse mientras observa la pequeña cocina, sin dar crédito a que se trata de la misma en la que ellas merendaban y hacían los deberes mientras, su madre, planchaba y oía los seriales en la radio. No la recordaba así.

Se levanta decidida y abre la puerta de la habitación que compartía con su hermana. Ahí sí se apoya en el dintel de la puerta y contempla la marca en la pared que dejó el cabecero de su cama. Cierra los ojos y piensa en el póster del Dúo Dinámico, antecesor del de los Beatles, de las veces que los besó antes de acostarse, y su rostro se ilumina con una infantil sonrisa y, por un momento, recuerda sus primeras sensaciones a flor de piel al pasar por la habitación de sus padres, y se ve pidiendo un sitio junto a ellos, tiene miedo. Su madre la abraza y la duerme con cariño.

Entonces recuerda cómo aquella mujer guapa y risueña se convirtió en la anciana solitaria que terminó su vida sola, en esa casa; cómo sus brazos perdieron la capacidad de abrazar y aumentó la necesidad de ser abrazada por quienes no encontraban el momento de hacerlo; cómo sus manos sarmentosas tejieron hasta el final bufandas que no gustaban a nadie.

Se niega a seguir pensando. Ya pasó -se dice- pero sale de la casa, sabiendo que, esos fantasmas que su acomodada vida había silenciado, volverán de nuevo para no dejarla dormir.

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Carta de amor III  Elsa/Marco

Carta de amor III Elsa/Marco

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Esta mañana encontré en un cajón, aquel cofre de madera donde guardaba cada una de tus cartas de amor. Ahora la caja luce vacía, ya no están aquellas cartas escritas, el tiempo y tu ausencia las borró. Pero cariño, en el aire, al destapar toda aquella melancolía, un perfume a lo nuestro se liberó. Y se enredó en mi pelo, y se llenó la estancia de amor y nostalgia. Y cerré los ojos, aspirando el perfume, y pude sentir tus labios en los mío. Y el tiempo que pasaba veloz frente a mi puerta, de camino a la tuya, me besó.

De Elsa Cani

Para Marco, mi amor de aquel verano de 1982

Carta enviada para San Valentón

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Cita Previa

Cita Previa

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No he dejado de quererte . Lo digo aquí, con este altavoz que acciono a mi conveniencia, pero cuya eficacia depende del resto. Es posible que te alcance el mensaje, que pueda calar gota a gota hasta llegar a las proximidades de tu alma, aunque es mucho más probable que quede oculto a la vista de todos, como aquellos corazones que grabamos en el árbol que marcaba la entrada a nuestro lugar secreto.

Pero la antítesis del amor no es el odio, sino la razón. La reflexión, la sensatez, la lógica, esos eufemismos a los que se apela para evitar el riesgo, el arrojo y la pasión. Dimos por hecho, como usted, amigo argonauta, como todos, que la vida sigue, que nos espera el futuro. Es curioso. Si el futuro es desconocido, si es una página por escribir, si el destino no existe, ¿por qué hemos decidido que lo que nos espera ha de ser una vida carente de alma?

Aceptamos el día a día, las ocupaciones, las preocupaciones, y cabalgamos por la vida como un caballo sin nombre, sintiendo el peso de un jinete invisible en cada salto, dolidos por una fusta oculta que nos golpea en los peores momentos, aquellos en los que  empezamos a pensar en la posibilidad de buscar la encrucijada en la que nos desviamos del camino hacia el arco iris.

Y, día a día, golpe a golpe, renunciamos de facto a la hipótesis y nos aferramos a la certeza, sin pensar que lo estable suele ser enemigo de lo vivido, y que nuestro libro de memorias, nuestro álbum de fotos, nuestra caja de zapatos, asomará completamente vacía en las estribaciones de nuestra vejez. Y que no hay mayor condena que la de la impotencia, la frustración y la ausencia. Que la condena no es dejar la vida, sino dejar de vivirla, y que eso ya lo hicimos, allá, cuando renunciamos a la sorpresa, a los sobresaltos y a la pasión.

Nosotros teníamos una cita previa, con el amor adolescente, con la inconsciencia y el ardor de los chiquillos. Y la cancelamos, pensando que el deber y el querer eran términos sinónimos, como la seguridad y la infelicidad.

Ahora, a la sombra de ese nuestro árbol, en nuestro lugar oculto y secreto, me besas en el alma, o eso quiero creer, porque yo estoy aquí, sólo, contemplando nuestros nombres, mientras que las lágrimas amenazan con borrar su grabado. Me retiro, porque hoy, alguien, ha de saber que te he querido y te he sentido.

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