El Antropólogo decepcionado

El Antropólogo decepcionado

[Total:1    Promedio:4/5]

Jorge es un pata de 22 años que cada fin de semana se va celebrar en un antro ubicado en Jirón Carabaya 945, Cercado de Lima para socializar, bailar, gilear, agarrar y dormir. Tiene amigos, pero son sanos, de los que les gusta una buena partida del famoso juego Dota 2 aunque también disfrutan un buena de Póquer. Pero, a Jorge no le vacilan esas cosas, ya que se considera un chico maduro y no un chibolo, a pesar de que su edad diga lo contrario.
Antropólogo en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Jorge ve ese antro como la perfecta oportunidad de darse un chapuzón de cerveza helada, para alejarse de sus temas académicos y encontrar un momento de paz. Otra cosa que le encanta es no poner ABSOLUTAMENTE nada para la entrada a dicho o local, o incluso para consumir cerveza, porque cree que se lo consigue mediante ser sociable o entretenido.
¿Su peor debilidad?, el baile. No le gusta el reggaetón y frecuenta un poco la salsa porque en su familia todos son salseros. Por más intento que haga, sus pasos son horribles y poco originales, causando que las chicas pierdan el interés total en él, pero, a él poco le importa porque al final solo lo hace por ser extrovertido. Eso sí: muere por sus rolas.
Cuando se trata de Joy Division, Soda Stereo, Blur, Molotov, Loquillo y los Trogloditas y entre otras bandas, el brother se tira al piso para vivir el momento mientras que otros sujetos lo miran de manera extraña y asqueable.
Al terminar una clase, un sábado por la tarde se dirigía a su casa para investigar en las redes sociales qué eventos ocurrían en la famosa movida limeña. Él no solía asistir a dichos eventos porque sabía que al final no iría. Solo en aquellos que le llamaban la atención, ponía un “me interesa” para así confirmar su participación.
Tras varias horas de búsqueda se encontraba con un antro ubicado en el mismo Carabaya, como a cuatro cuadras, cuyo número de dirección es 815. Las dudas se aferraban a él, pero al final después de meditarlo, mandó a la mierda todo y se fue a dicho lugar.
Al llegar, vio de que se trataba de una fiesta con temática de New Wave e Indie Rock, algo similar al lugar que solía frecuentar. Jorge comenzó a sentirse cómodo y a hacer sus famosos pasos de baile, todo de una manera alegre y divertida. Hasta que llegó una chica de cabello negro con una mirada de curiosidad. Al verla, el corázon de Jorge comenzó a bombear, sus venas se pusieron heladas y la baba le salía de su boca. En ese instante Jorge sentía que era su noche para destacar. Al acercarse a ella, iniciarion una pequeña conversación y descubrió que también la joven estudiaba la misma carrera en la misma universidad. La emoción de Jorge era exageradamente notable, hasta el punto que puso cara de idiota. La joven no entendía el porqué de su reacción y decidió sacarlo a bailar para quizás tratar de romper el momento bizarro y extraño, ocasionando que Jorge se ponga más feliz. Después de unos arduos bailes y abrazos, la joven le propuso ir a un lugar distinto, y Jorge sin pensarlo dos veces dice un sí.
Resultó que terminaron yendo al mismo lugar que Jorge frecuentaba, ubicado en Carabaya 945. Ahí comenzó a darse cuenta de que quizás no era el único que frecuentaba dicho espacio y que al final podría encontrar a alguien que le completara ese vació de ir solo. Al entrar, se toparon con gente vomitando, bailando, insultando, peleando y durmiendo. Ambos comenzaron a bailar la canción María Magdalena de la cantante alemana Sandra.
La chica notó de que Jorge estaba algo perdido por ella, causándole una especie de curiosidad. Después ella le pidió a Jorge comprar unas dos cervezas heladas que él aceptó inmediatamente. En dirección al sitio de compras se topó con una cola inmensa, causándole una enorme ansiedad por la prisa que tenía por regresar al lugar donde encontraba la chica. Después de unos 10 minutos, Jorge obtuvo las famosas cervezas. Al regresar al lugar y se topó con algo chocante: la joven estaba besándose con un tipo de manera apasionada y excitante.
La rabia y decepción de Jorge corrían por su mente, con deseos de querer darle una paliza al tipo, de romper las cervezas en el piso. La joven al verlo le dice que si ya tiene las cervezas listas, ocasionando que Jorge se quede completamente mudo.
Jorge buscaba alguna explicación y ella le dijo que no existía tal explicación y que solo fue utilizado para cumplirle un favor: traerle algo para beber y luego compartir esa bebida con alguien que no fuera él. La rabia de Jorge no esperó más para desbordarse e inmediatamente rompió las dos botellas. La joven fríamente le respondió que su amigo, el del beso, le conseguiría otra, agradeciendole a Jorge por hacerle guardar dinero.
Jorge perdió los papeles y salió del lugar pateando la puerta, ocasionando que los vigilantes le propinasen una merecida paliza. Después caminó por la calle llorando y lamentándose de su decisión, mientras que unos señores lo observaban de manera burlesca. Jorge comenzó a meditar y decir: “es hora de buscar otras opciones de distracción”. Eran las 2 de la madrugada, Jorge fue a su casa y llamó sus amigos para contarles lo ocurrido. Entre recomendaciones y lamentaciones, le propusieron un duelo de Dota 2 e inmediatamente Jorge se lo instaló para jugar. Al parecer, terminó convirtiéndose en lo que más odiaba: un chibolo dotero.
FIN.

ÁGATHA, LA VECINA VI

ÁGATHA, LA VECINA VI

[Total:2    Promedio:5/5]

 

La noche tiene razones, que la razón no entiende…

Sí, Amelia es la esposa perfecta. Cuando decía que conozco sus debilidades, me refería a estos deleites del alma humana que solo alguien como ella conoce y sabe gozarlos sin miedo. Amelia es franca, natural. Sin falsos prejuicios. Ella sabe dar y pedir de la misma manera.

Y es que Amelia, disfruta sin miedo de sus sueños, de recrearse en ciertas fantasías. Ya desde joven, sus primeras experiencias fueron encerrada en los baños del colegio. Juegos que iban más allá del puro conocimiento anatómico. En más de una ocasión Sor Virtudes, la jefa de estudios, la sorprendió en estas guisas. Y acto seguido, su madre recibía una carta en la que se le daba aviso del grave peligro en que estaba la muchacha al ser presa de la tentación del mismo demonio.

Mi suegra, una señora de rancio pueblo y misa diaria, no comprendía cual era la advertencia de aquella nota, pero pensó que rezando y masticando despacio, cualquier pequeño vicio podría disiparse. Y así, la chica volvería derechita y juiciosita por el camino de la luz bendita. Tan solo le reclamaba y le pedía a su hija que no jugase más con las niñas en los baños. Que eso no era de muchachas respetables. Y Amelia, por la salud mental y espiritual de su madre, adoptó el papel en casa de abnegada santa y mártir. ¡Ay madre! que usted no sabe como está el mundo ahí afuera. Por si acaso usted no salga, madre… No sea que me vea…

A Amelia la conocí de noche, a oscuras y en la cama..

En aquel tiempo yo solía frecuentar cierto tipo de bares, de curiosos ambientes. Y descubrí por azar a Emanuel, la chica libanesa  que trabajaba de camarera en uno de ellos, concretamente en el Club Alexander. Un lugar de intercambio de parejas de alto poder adquisitivo. Me gustaba tomar una copa y ver el ambiente que se manejaba. Me daba cierto morbo, lo justo. Un suave toque caliente que no quemaba, pero que me ponía a tono para mantener una placentera charla con una mujer.

Nunca accedí al interior del garito, siempre acudía solo. Prefería quedarme en la zona de la barra, charlando con ella. Y para tríos, ya me lo montaba bien en casa, a mi manera. No necesitaba el juego intermediario del local. Nos hicimos amigos, manteníamos largas y profundas charlas, pero sin penetraciones. Confesiones que solo se hacen de noche y en la barra de un bar. Ella era la encargada de cerrar el negocio cada noche. Cuando todos se iban nos quedábamos tras la puerta y teníamos lo nuestro. Aunque, “lo nuestro” era un tanto especial, ya que Emanuel tenía algunas manías, a las que yo accedí sin contemplaciones, por supuesto. Me molaba darle ese gusto, satisfacer sus rarezas. Me advirtió desde el primer momento que podría hacer de todo con ella, excepto penetrarla.

Creo que eso me ponía más cachondo todavía. Era la primera vez que una mujer me pedía algo así.

Emanuel solo quería disfrutar de su clítoris frotándose con otro clítoris. Una guerra cuerpo a cuerpo, de igual a igual. Y para ello siempre contaba con alguna complaciente y experta amante clitoriana dispuesta a jugar.

Fue así como conocí a Amelia, mi esposa… “La experta amante clitoriana de Emanuel”

Despedida

Despedida

[Total:1    Promedio:4/5]

En mis peores momentos, quiso hacerse presente y no lo dejé acercarse. Quiso ser feliz conmigo y me costó creer que me elegía todos los días. Quizá por miedo, por estupidez de mi parte o por no saber apreciarlo. Cuando quise ver se cansó, dejó de preguntar, paró de llamar. Y hoy, se me fue, un ataque cardíaco nos separó. Casi sin darme cuenta, di por sentado que estaría siempre y no vale de nada que le diga que lo siento, que le quiero, ya no está y yo perdí el tiempo.

ÁGATHA, LA VECINA V

ÁGATHA, LA VECINA V

[Total:2    Promedio:5/5]

 

Perdí la noción del tiempo. Las horas con Carmencita pasaban sin darnos cuenta. En casa y en el trabajo la gente empezó a reclamarme.

Y es que cuando uno ha cogido vicio, se pierde sin remedio.

Decidí que lo mío con la sobrina de Pérez debía terminar. Había que zanjar el tema por completo. La chica ya conocía la ciudad y sus garitos más oscuros. Era el momento de dejarla marchar. Le iría bien, estaba seguro de ello. Durante algunas semanas estuvo buscándome. Intentando soliviantarme con algunas mamadas dentro del coche, aparcado en el garaje de casa. Me asombraba la soltura, la destreza con la que se comunicaba conmigo sin palabras, tan solo con los golpecitos de lengua en mi verga. Y me admiré de mí mismo, del febril dominio adquirido, a la hora de traducir los mensajes en mis dos cabezas.

Dije adiós a Carmencita, sin remordimiento, aunque con cierta pena. Era mi criatura, la que había creado con cada encuentro en la trastienda, pero todo maestro sabe que sus alumnos son gente de paso, y que hay que dejarlos marchar para que evolucionen con naturalidad.

“Regresé” a casa con mi señora. Ciertamente la había desatendido en el último mes y decidí recompensarla. Le propuse llevarla el fin de semana a la casa de la playa. Nuestros polvos allí, siempre han sido memorables. Y en cuanto le dije de irnos, preparó la maleta. En dos horas estaba sentada en el asiento del copiloto. Esperando impaciente, como aquel chiste de las ovejas tocando el claxón.

Amelia es la esposa perfecta. Comprende cada uno de mis defectos y los tolera de forma comprensiva. Me admira, y yo la admiro a ella. Se siente segura a mi lado, porque yo también conozco sus debilidades… y las alimento sin temor.

Salimos a cenar al restaurante del acantilado. La noche parecía amenazada por una de esas tormentas de verano, con viento, truenos y rayos. Me agradaba. Me pareció el escenario perfecto para retomar con fuerza lo nuestro. Las noches en el CocoBonGo Sound Machine son todo un espectáculo. La esplendida orquesta al más puro estilo west coast jazz de los 50, ameniza con elegancia las veladas, envolviendo la cena de un aire muy cinematográfico, muy chic.

Aunque a mí, lo que más me gusta del CocoBonGo, son los bongos de Monny, la atractiva cantante de jazz. La Gilda de mis sueños.

Ordenamos pronto la cena. Dos langostas a la parrilla y dos botellas de Champagne, francés, of course. Siempre pedimos lo mismo, es un clásico nuestro. Eso y el postre de chocolate tibio que acabamos por terminar… en el ascensor.

Amelia estaba muy guapa, como de costumbre. Llevaba puesto, a petición mía, uno de esos vestidos lenceros de seda salvaje, sin ropa interior, que resaltaba e insinuaba aún más sus magníficas formas. Y entre sorbo y sorbo, el fino tirante caía deslizándose como una pluma sobre su hombro. Y ella me miraba expectante, resoplando su flequillo. Sumisa, esperando que yo la rescatase con un dedo, para recompensarme presurosa, por debajo de la mesa. Masajeando, presionando mis atributos con su pie descalzo. Y yo extático, la miraba… entre descansos de mi intenso espionaje a Monny.

Esa noche, quise regalarle a mi esposa algo que no olvidaría jamás. Uno de esos regalos que marcan un antes y un después en la historia de nuestras vidas. Invité a Monny a nuestra mesa, y pedimos otra botella de Champagne. Las dos mujeres no paraban de reír con mis ocurrencias. Saqué de mí caja de sorpresas varias de mis mejores historias y me esmeré en aliñarlas con cierto aire picante. Fui dirigiendo con maestría el tono y el fondo de la historia, hacia una calle  que solo puede tener dos salidas… y un salido.

Las chicas se fueron animando. Sus miradas chisposas y llameantes me pedían que fuese más allá con mis cuentos. Me fijé en sus bocas, el modo en que se entornaban esperando ser mordidas… Las miré sonriendo, complacido por su disposición al juego. Y extendiendo mis brazos, acerqué cada una de sus cabezas  hasta unir sus vertiginosos labios… Se besaron ante mis ojos, y pedí la cuenta…

Continuará…


Primera entrega: https://desafiosliterarios.com/columnas/el-alma-de-marley/agatha-la-vecina/

Segunda entrega : https://desafiosliterarios.com/columnas/el-alma-de-marley/agatha-la-vecina-ii/

Tercera entrega: https://desafiosliterarios.com/columnas/el-alma-de-marley/agatha-la-vecina-iii/

Cuarta entrega: https://desafiosliterarios.com/columnas/el-alma-de-marley/agatha-la-vecina-iv/

Quinta entrega: https://desafiosliterarios.com/columnas/el-alma-de-marley/agatha-la-vecina-v/

ÁGATHA, LA VECINA IV

ÁGATHA, LA VECINA IV

[Total:2    Promedio:5/5]

 

Las cosas con Carmencita se fueron complicando. Y todo porque la chica había cogido vicio. Y el vicio te hace actuar sin conocimiento. Pasamos de frotarnos en la trastienda de Pérez, a gozarnos en los probadores de Cortefiel, que encima son de esos de cortinilla que dejan los pies al descubierto.

Empezó a pedirme cosas cada vez más complicadas de satisfacer. Se convirtió en una fierecilla salvaje, caliente e insaciable. Los encuentros eran diarios, y algunos días hacíamos triplete.

Como una gata del demonio, Carmencita, se acercaba desnuda, ronroneando a cuatro patas. Allí en mitad de la tienda de hábitos y con el cartel de “vuelvo enseguida”. Yo la observaba de pie, y la esperaba apontocado en el mostrador, con la verga metida en un cuenco de leche tibia para su desayuno. Y ella tan viva y risueña, se acercaba muy, muy despacio. Contoneándose, deslizándose por el suelo con una calma que conoce su recompensa, hasta ponerse de rodillas y hundir su cara en el tazón. Me asombraba su pericia para medir la temperatura de la leche con la punta de su lengua y como, acto seguido, se afanaba en relamer el borde hasta beber la última gota, con ese excelso sentido suyo de la limpieza.

Luego retiraba el cuenco con delicadeza, y me ofrecía una pequeña pero efectiva reverencia. Casi pidiendo permiso para volver a practicar con mi cuerpo. Y de nuevo acercaba su cara, y hundía su nariz en mis ingles, dando comienzo a un juego de palabras sin sonido. Mensajes en código morse, que yo debía descifrar, si quería que continuase… Me puteaba. ¿Donde habría aprendido esta chica tanto?… si el novio de pueblo era de los de meter y sacar. No necesitaba saberlo, solo experimentarlo.

Me transmitía toda la información por impulsivos golpecitos de lengua. Un potente emisor de señales eléctricas que dominaba a la perfección el positivo y el negativo. Su preciso ajuste de tensión y presión para enviarme hasta treinta caracteres por minuto, me ponía frenético. Y yo que no entendía en absoluto lo que quería decirme, solo pensaba en metérsela hasta la campanilla, pero ella no me dejaba…

Durante cinco días estuve aprendiendo el código morse. Hasta que por fin, conseguí descifrar sus eróticos mensajes secretos. Y entonces ella, dispuesta a pagar lo que se me debía, se recostó sobre el mostrador, entreabriendo sus piernas, con la sonrisa más lujuriosa que yo recuerde haber visto jamás.

 

Continuará…

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