LA LUZ DEL FARO

LA LUZ DEL FARO

5.00 Promedio (98% Puntuación) - 7 Votos

Lo que había sucedido era quizás desconocido incluso para Dios.
El hombre estaba sudoroso, sus ropas desgastadas se aferraban a su piel: una mezcla de sangre y sudor. En la mano izquierda, un rifle.
Estaba subiendo las escaleras del faro.
Se esforzaba.
La ciudad se había ido al más allá. La gente, al menos aquellos que sobrevivieron en condiciones decentes, se habían convertido inevitablemente en monstruos.
Ahora, lo que mucha gente llamaba zombis, pero a la que yo prefería llamar muertos vivientes, estaban haciendo pedazos a todos… los destrozaban.
Si quería mantenerse con vida, tenía que controlar la luz del faro y activarlo, con la esperanza de que la nave militar anclada unos días de descanso, al verla, pudiera salvarlo.
Fue entonces cuando una mano le agarró el tobillo. Su corazón saltó en su pecho.
Debajo de él, un hombre muerto sin expresión lo miró con ojos apagados pero sedientos de sangre.
Ningún sonido salió de la boca. Se dio cuenta de que su garganta estaba completamente abierta, probablemente por la mordida de otro como él.
Su otra mano lo tomo con fuerza de la pantorrilla.
El hombre recuperó su coraje y apuntó su arma directamente a su cara.
Disparó
El monstruo fue literalmente barrido, su cabeza destrozada. El sonido, en el silencio del faro, hizo eco de pared a pared.

Llegó al cuadro eléctrico. Con manos temblorosas, activó la palanca que permitía que la luz se encendiera. Un zumbido vibró en el aire y la luz se encendió. Quizás el final estaba cerca.
Cinco horas después, la nave militar se dirigió hacia el faro. El hombre sonrió, convencido de que esta locura finalmente podría tener un final.
No podía saber que todo había empezado desde esa nave. De un experimento que terminó mal.
Y no podía saber que el barco estaba lleno de muertos hambrientos.
Al parecer esto también era desconocido incluso para Dios.

5.00 Promedio (98% Puntuación) - 7 Votos
La chica guapa que se casó con el chico guapo

La chica guapa que se casó con el chico guapo

4.00 Promedio (84% Puntuación) - 1 voto

La gente opinaba que la chica guapa debería estar con el chico guapo. Así que la chica guapa se lió con el chico guapo ya desde muy jóvenes.

En el pueblo había alguna que otra chica guapa, pero ninguna tan guapa como la chica guapa que se lió con el chico guapo. La gente exigía que la chica guapa se casase cuanto antes con el chico guapo. Así que el chico guapo le pidió matrimonio a la chica guapa y se casaron en una época donde ambos eran los más guapos. La gente aplaudió la decisión de la pareja.

La boda entre la chica guapa y el chico guapo fue el acontecimiento del año en el pueblo. Muchos se acercaron a la iglesia para ver el vestido blanco precioso que hacía que la chica guapa pareciese más guapa. También vitorearon y piropearon al chico guapo, pero en menor medida.

El acontecimiento superó las expectativas y la gente del pueblo se mostró satisfecha porque del enlace entre la chica guapa y el chico guapo nacerían hijos guapos que también vivirían y crecerían en el pueblo.

Tras la boda, perdí la pista de la chica guapa y el chico guapo. No volví a verles ni a tener noticias de ellos. Se fueron del pueblo a otro más grande donde posiblemente ya no serían reconocidos por ser la chica guapa o el chico guapo. Esta decisión no agradó mucho a los vecinos del pueblo y dejó en mal posición a los familiares de la chica guapa y del chico guapo.

Nunca me gustó la chica guapa del pueblo. En mi opinión tenía cara de cordero triste y estilo rancio. Pero ella siempre se creyó muy guapa y el chico guapo se creía muy guapo. Ambos me provocaban cierta tirria y rechazo. Yo por aquella época, aun era niño. Mi madre compraba ropa para que me pareciese al chico guapo y pudiera tener una novia guapa. Recuerdo como me peinaba como él (con la raya al lado) y como me atosigaba insistiendo a todas horas que debería aprender del chico guapo.

A mí, todo aquello me provocaba arcadas, al igual que cuando escucho canciones de Phil Collins o de Marta Sánchez.

Mi amigo Carlos, se convirtió en la adolescencia en el chico feo del pueblo. Todos lo sabíamos pero nadie se lo decía explícitamente. Mi madre repetía constantemente “¡pasas mucho tiempo con el chico feo del pueblo!” y yo, encogía los hombros sin entender muy bien el doble significado de aquellas palabras.

El chico feo se lió con la chica fea del pueblo, pero al contrario que el chico guapo y la chica guapa del pueblo, éstos no se casaron. Aunque por lógica bien podrían haberlo hecho y nadie se hubiese ni extrañado ni escandalizado. Hubiéramos aceptado esa relación como algo dentro de la normalidad, pero no fue así.

El chico feo del pueblo se fue a la ciudad y dejó de ser el chico feo para ser un chico intelectual. Uno de los pocos chicos con estudios universitarios del pueblo.
El chico feo convertido en chico intelectual volvía de vez en cuando al pueblo en un coche de marca alemana que ninguno nos podíamos permitir y nos miraba con cierta suficiencia y rencor. De no haberse marchado, su futuro en el pueblo estaría determinado y encasillado desde tiempo ha.

La chica fea del pueblo también tomó una decisión, a mi parecer, acertada. Se operó la vista y se operó otras partes del cuerpo. Creo que ahora trabaja en el departamento de recursos humanos de una empresa muy famosa de la capital. Por supuesto, ya nadie la considera la chica fea del pueblo.

Yo también me fui del pueblo. No soy ni guapo ni feo, posiblemente mi etiqueta sea la del “chico del ni fu ni fa”. Y con esa misma etiqueta y actitud sigo hoy en día. El chico del ni fu ni fa no destaca, no tiene un puesto importante en ninguna empresa, ni tiene un coche relevante. Mi pareja también pertenece al club del ni fu ni fa y nuestros hijos, si nadie lo remedia, también lo son y lo serán.

Somos personas sin pena ni gloria, o con pena y sin gloria, tanto me da. Vagamos por el mundo como espectros o fantasmas. No interesamos a nadie salvo a los bancos, las aseguradoras, las compañías eléctricas, las compañías telefónicas y demás multinacionales que viven y se lucran de nuestro dinero del ni fu ni fa.

Que triste.

4.00 Promedio (84% Puntuación) - 1 voto
El cadáver del alma.

El cadáver del alma.

4.00 Promedio (84% Puntuación) - 1 voto

Se espera a que el día llegue, y amanezca propicio para darle las pautas .
No es que no quiera seguir, es que seguir es latente agonía!!
Los ojos vidriosos, desazón en el cuerpo , desidia en su aspecto y una gran nube en su cabeza, que arrebata todos los sentidos.
Sabe que abrir camino,
supone calzar sus pies de angustioso pánico, con la incertidumbre de saber hasta donde llegarán sus pasos.
Más, el trayecto se inicia después de una taza de café caliente, sujetada entre manos temblorosas.
Ahí va, enfrentándo a el fantasma de si misma!!
Amaneció gris, pero es imperceptible ante sus ojos.
El pensamiento evadido, es signo de que su alma es ya, un cadáver.

Carmen Escribano.

4.00 Promedio (84% Puntuación) - 1 voto
LEOPOLDO VIGIL DI FERRETTI

LEOPOLDO VIGIL DI FERRETTI

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto

LEOPOLDO VIGIL DI FERRETTI
A través del ventanal que da a Larcomar veo la gente cruzando la avenida. Algunos disfrutaron el happy hour en el centro comercial y los taxis aguardan para llevarlos a destinos inciertos. Los guerreros enfrentan el latido salvaje de la noche miraflorina. Estoy sentado frente al mar y la bahía luce hermosa. Al fondo la cruz del Morro Solar brilla esplendorosa y a su costado se insinúa el Cristo del Pacífico, como si se avergonzara de su vecino.
El Casino de Miraflores va llenando sus ambientes y en el bar del tercer piso el pianista inicia su performance. Las notas de Venecia sin ti suenan cuando lo veo ingresar por la puerta. Saluda a los bartenders y estrecha la mano de uno de los mozos. Leopoldo Vigil di Ferretti aún conserva la prestancia de los mejores años de su vida. Viste el terno comprado en las Malvinas y los zapatos de charol son espejos en los que se reflejan las luces del techo. Exhibe la sonrisa seductora con que conquistaba a las chicas del Waikiki y se aproxima. Me estampa un beso en la mejilla derecha.
─Jorgito del alma, amigo de toda la vida, qué bueno volver a verte.
Le devuelvo el abrazo cariñoso y lo invito a compartir el piqueo de aceitunas verdes con cabanossi. Se percata de la botella de Bacardi dorado recién empezada y pide un vaso.
─Hoy voy a tomar ron puro ─amenaza y suelta la carcajada estrepitosa, aquella que hacía temblar las piedras de la playa y asustaba a las gaviotas. Al escucharla en sus días de gloria, sabíamos que el rey de las olas entraba a surfear.
─Te soy sincero, Jorgito del alma. Tenía miedo de venir y revivir la última vez que estuve aquí. Me costó mucho aceptar tu invitación, pero me he mentalizado para llegar entero. En fin, ya estamos acá y que empiece la rumba ─dice al mismo tiempo que se prepara el primer ron cargado, con mucho hielo.
─Tranquilo, Leo, no es para tanto. Dos más iguales y vas a terminar cantando con el pianista.
─Ya nada me importa, Jorgito del alma. Me han querido cancelar por no estar al día con las cuotas, pero todavía soy socio de este club de mierda. Esos viejos maricas ya no recuerdan quién soy y han olvidado cómo chupaban y bailaban a mis costillas.
─Lo sé, Leo, la gente es muy ingrata, solo están en las buenas…
─Exacto, Jorgito del alma ─me ataja el comentario ─. Los amigos se ven en las malas y tú eres uno de ellos. Nunca olvidaré lo que hiciste por mí después de ese sábado aciago de hace unos años…
Leo ganó la licitación para traer arroz desde Vietnam, negocio que le permitió embolsicarse varios millones de dólares y quiso compartir y alardear con sus amigos. Reservó una sala del casino para jugar póker, armó el escenario a su gusto y dispuso cuatro sillas alrededor de la mesa. Consiguió varios mazos de naipes importados y la carta de platos especiales y tragos estuvo a nuestra disposición. Frente a él se sentó John, antiguo amigo que aparecía de vacaciones cuando se aburría de administrar sus negocios en Manhattan. Como buen hijo de inmigrantes californianos, tenía en su haber tres divorcios y buscaba el cuarto braguetazo en las faldas de la hija de un prominente político. No perdió sus raíces peruanas y en una noche de guitarra y cajón le bajó el calzón en el baño de una peña de Surco. Ayudado por el futuro suegro del colorado, Leo obtuvo la buena pro y ganaron un dineral. Tomé asiento a la izquierda de ellos y, mientras esperábamos a Humphrey, empezamos a calentar el momento. Luego de una hora el negro se anunció tras la puerta, exhibiendo su inmensa jeta y enorme collar de oro que contrastaba con la guayabera caribeña. Humphrey, afincado en Panamá, gerenciaba negocios de dudosa reputación en la Zona Libre de Colón. Expiaba sus pecados con viajes frecuentes a la India, donde decía haber encontrado la paz espiritual. Habían caído dos botellas de wisky y Leo, aficionado a empinar el codo, dio muestras de estar más sazonado que nosotros. Para celebrar el éxito de Leo, el negro Humphrey puso sobre la mesa una botella de Don Perignon. Nuestro anfitrión ordenó descorcharla y, con lágrimas en los ojos, atrapado por la emoción brindó:
─Por ustedes, queridos John, Humphrey y Jorge Serrney. La vida no sería la misma sin los buenos amigos ─se limpió la cara llorosa con una servilleta de papel ─ ¡Que no haya tristeza en esta mesa! ¡A jugar de verdad!
El juego siguió dentro de los caminos normales y cerca de la medianoche Leo había perdido mucho dinero y, en la última mano de su vida, teniendo el juego fantástico deseado por cualquiera, puso sobre la mesa las llaves de su Volvo último modelo recién adquirido. John y yo nos retiramos. El negro Humphrey lo observó detenidamente y encima de  las llaves del Volvo colocó un cheque de 200000 dólares, monto que cubría y reviraba la apuesta. Exhalamos un soplido y vimos a Leo visiblemente turbado
─Negro, ¿aceptarías mi casa de playa para seguir jugando?
─Claro, Leo, somos caballeros y nuestra palabra es más que suficiente, ¿Es así o no, muchachos? En demostración de buena fe, sobre tu casa de playa pongo mi terreno de Ate, ¿puedes responder, Leo?
El terreno en cuestión era una joya codiciada, ambicionada por universidades y centros comerciales. El negro Humphrey decía que esperaba el momento preciso para negociarlo.
─Eso y mucho más, negro cabrón. Me cago en tu terreno y contra él va la licitación del arroz que acabo de ganar, ¿qué dices?
John y yo guardamos absoluto silencio. Fuimos testigos de excepción de cómo un juego entre amigos de juventud se descarriló. Supusimos que fueron tiros de salva y una vez concluido volvería la normalidad y la vida seguiría igual. Olvidaríamos las apuestas y nos iríamos deseándonos buenas noches como siempre.
─Pago por ver ─susurró el negro, tragando saliva ─.Va contra tu licitación mis acciones de la minera…
El tiempo se suspendió en el aire. Ambos jugadores dieron una última mirada a sus juegos y Leo colocó una por una las cartas sobre el tapete verde de la mesa. No dimos crédito a lo que miramos. Leo esbozó una amplia sonrisa, sus ojos brillaron y, con el aliento contenido, aguardó que el negro Humphrey dejara caer las suyas…

5.00 Promedio (94% Puntuación) - 1 voto
EXTINZIÓN

EXTINZIÓN

4.94 Promedio (98% Puntuación) - 18 Votos

La investigación de los científicos había resultado infructuosa y había dado solo satisfacciones irrisorias en cantidades sustanciales.

Las últimas reservas de ganado estaban escondidas en los meandros de la selva amazónica, pero habría sido una misión suicida tratar de recuperarlas.

El saqueo estuvo a la orden del día. Tiendas, hospitales y supermercados fueron saqueados por multitudes hambrientas e hidrófobas.

La ONU decidió convocar una reunión extraordinaria para redactar un programa de rescate.

Después de un comienzo prometedor, los participantes, inadecuados y no muy diplomáticos, fueron superados por el miedo y comenzaron a insultar y lanzar a sus contrapartes todo lo que tenían a la mano: bolígrafos, encendedores, etc.

— Orden —el Presidente del Comité ladró con sus ojos saltando — Parece que esta no es la manera de comportarse. Estamos hablando de la salvación de nuestra especie —
— No hay nada más que hacer —murmuró alguien, aunque parecía mas un gemido — debemos darnos un tiro en la cabeza —

No perdió el tiempo en otra ronda de debates, sacó una pistola de la cintura de los pantalones, apuntó el cañón en el medio de su frente y … ¡Bang!

Durante unos segundos reinó el silencio, los ojos muy abiertos y las lenguas colgando.

El presidente saltó hacia la puerta del pasillo, abriéndola de par en par.

— A la mierda todo —gritó al ver a los primeros corriendo hacia el cadáver. Caminó cojeando hacia su oficina. Se sentó en su escritorio y maldijo el día en que se infectó. Había hecho todo, pero no pudo evitarlo, los muertos vivientes se extinguirían: eran demasiado estúpidos y demasiado lentos.

Se quitó el guante de la mano derecha y se miró con dolor el pulgar, el único que quedaba. Se relamió los labios.

Lo mordió y lo destrozó, calmando parcialmente sus calambres estomacales.

4.94 Promedio (98% Puntuación) - 18 Votos
A %d blogueros les gusta esto: