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( segunda parte)

Durante el último invierno, y por el trazado que Carlos solía realizar, los campos se tiñeron de blanco en más de una ocasión, además de congelarse tres veces la catenaria. Tampoco dio un respiro el principio de la primavera, las lluvias torrenciales abundaron como si se tratara de una zona tropical. Tanta inclemencia nunca fue imaginada, y menos presupuestada, por constructores y políticos, más empeñados en sacar buen beneficio personal de tanta obra pública como necesitó la vía de alta velocidad. Consecuencia: uno de los tramos elevados con pilares de casi cien metros tenía grietas. Era imposible circular por ella, lo que obligaba a un largo desvío teniendo que cambiar de ejes y pasando por antiguos tramos convencionales que prolongaban en cuarenta y cinco minutos la duración del recorrido. Una campaña abaratando los billetes y ofreciendo viajes gratis a quien llegara a la decena amortiguó las protestas.

Fue en el primer viaje por el obligado desvío cuando Carlos lo descubrió. Hacia la mitad del recorrido encontró una pequeña isla en medio de aquel páramo sin árboles y sembrado de peñascos, un lugar en el que sus ojos se enredaron para siempre. 

El tren conducido por Carlos acababa de atravesar un angosto desfiladero con paredes por las que bajaban nerviosos torrentes. Una vez que dejó atrás una pronunciada curva, que le obligó a reducir aún más la velocidad, y cómo si de repente se subiera el telón de un escenario, apareció un río de una veintena de metros de anchura a punto de desbordarse. Lo más asombroso era que el río buscaba juntarse a la vía como si fuera su enamorado hasta casi rozarla, hasta dar la impresión de que orilla y railes se superponían. Al otro lado, Carlos vio una hilera de chopos cuyas hojas temblaban con el paso del tren. Un poco más adelante había una presa de reducidas dimensiones, lo que le permitió descubrir un remanso que, sin saber por qué, le pareció un paraje sensual para parejas enamoradas. El pequeño salto de agua posterior hacía que la corriente se bifurcara, pero siempre quedando al alcance de sus ojos y de los pasajeros. El río volvía a juntarse tras un recodo aunque se separaba de la vía para dejar espacio a un edificio de tres plantas deshabitado, semi derruido y muy viejo. Estas ruinas, al sobrepasarlas, conducían hasta una veintena de casas con paredes de piedra, tejado de pizarra y balconada de madera ennegrecida. Carlos se maravilló al observar como el humo de las chimeneas ganaba el cielo y como alguna vaca pastaba distraída en los pequeños prados que se abrían en el otro margen fluvial.

Un anciano, con el cutis lleno de surcos y cubierto con una boina, apoyado en un bastón de madera y sentado en un poyete de piedra, saludó el paso del tren mientras que una mujer joven conducía un tractor con las ruedas embarradas por la única calle existente. Al final del pequeño enjambre de casas había un puente de madera. Por él, los habitantes del pueblo podían acceder a la otra orilla. 

Los diez minutos que tardaron en atravesar el paraje mantuvo a los pasajeros con la nariz pegada a la ventanilla y con los ojos bien abiertos. A Carlos, deseando detener el tren y bajarse a disfrutar de aquella vida.

Algo del todo imposible y descabellado, no solo porque no había estación sino tampoco posibilidad alguna de parar por ser un trazado mal electrificado. 

Carlos, nada más dejar atrás el pueblo y el río, se dijo que aquello  debía de ser lo más cercano al paraíso que encontraría nunca. 

En cuanto llegó a su casa fue flechado hacia su dormitorio sin entrar antes, como siempre hacía, en el cuarto dónde todavía jugaba cada tarde con la maqueta ferroviaria. Rodeado por las fotos del día de la inauguración, Carlos se sentó delante de la pantalla del ordenador y no quiso escuchar las suplicas de su madre para que acudiera a cenar, necesitaba saber algo más de ese paraje. Salvo el nombre, San Ufano del agua, poco más encontró. Era ya medianoche y el plato con la sopa de fideos y la tortilla francesa seguían aún sin tocar sobre la mesa de la cocina.

Apartado de cualquier ruta turística, una estrecha carretera tan llena de baches como de curvas era el único acceso que tenía San Ufano. Ningún amante de lo rural, tan dados a conquistar y contaminar los lugares más escondidos, había puesto sus zarpas todavía sobre él. Tan virgen parecía que ni fotos aparecían en el gran almacén que es internet. Salvo el tener cincuenta y tres vecinos y haber sido fundado en el siglo catorce, de San Ufano nada más encontró Carlos. 

Desde aquella primera búsqueda de datos una idea fue invadiendo el cerebro de Carlos, tenía que ir hasta ese paraíso.

(Continuará)