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La 516   ( Tercera y última escena)

                                                          III

Llevaba todo el día encerrado en la habitación del hotel, la 515. Cuando no miraba el canal de noticias de la televisión, sus ojos se volvían hasta las cortinas llenas de mugre, echadas para que nadie le viera desde afuera, y de estas al reloj de muñeca. No soportaba pasar horas y horas aguardando para cumplir con su trabajo. Además, siempre que tenía el encargo de dejar ‘frito’ a alguien, su estómago rugía desde horas antes. Aquella sinfonía hoy era más intensa que en otras ocasiones, lo que le hacía repasar una y otra vez la entrada en la 516, los disparos y la huída hacía la estación.

No le gustaba tener que pensar tanto y esnifó un par de rayas. Cinco minutos más tarde no le quedaban rastros de las anteriores molestias. 

En las primeras horas de la madrugada la noche ya se había llenado de sombras y de sueños para la mayoría de la población. Para él no porque ahora comenzaba su jornada laboral.

Miró una vez más al reloj y, esta vez dando un soplido, se incorporó de la cama para enroscar el silenciador y comprobar que tenía el cargador lleno. Como le habían ordenado, dejó pasar quince minutos tras dejar de oír  ruidos en la habitación contigua. Le faltaba llamar al jefe por la línea interior.

—En tres minutos —dijo antes de colgar.

Aunque la moqueta del pasillo amortiguaba los pasos, caminó como si flotara hasta llegar a la 516. No le fue difícil abrir la puerta sin hacer ruido. La luz que se filtraba por el ventanal le facilitó distinguir los cuerpos abrazados y desnudos. Disparó una bala a cada uno, cabeza y corazón, pero creyó ver un estremecimiento en el cuerpo de la mujer.

Unos segundos más tarde, regresó a su cuarto para recoger una bolsa de deporte y abandonar el hotel saliendo por el garaje.

Lejos de allí, telefoneó a la recepción desde una cabina. Hablando deprisa, como si estuviera nervioso, dijo:

—He escuchado dos disparos y he visto a un hombre salir corriendo de la habitación 516.

No esperó a que el recepcionista respondiera y cortó la comunicación.

Con el cielo empezando a clarear, arrojó la pistola a una alcantarilla en una calle estrecha cerca de la estación de trenes adónde entró a continuación. 

Fue directo a la oficina de correos, cerrada a aquella hora pero con buzón en el que depositar un sobre amarillo que contenía una cinta de video y varios documentos dentro. Antes de subir al tren, comprobó que nadie le había seguido.

Sentado en la butaca, llenó de aire los pulmones pensando en los fajos de dinero que llevaba dentro de la bolsa. Tras diez horas de viaje, se encontraría en otro país y su jefe, uno de los empresarios más ricos de la ciudad, no le volvería a reclamar. La declaración que había grabado culpándolo y los papeles en los que se demostraba que también su jefe era el urdidor del asesinato, lo dejarían muchos años en la cárcel. Sabía que esa denuncia significaba también perder el trabajo.

¡Por fin! se dijo nada más arrancar el tren. Poco a poco, se fue  recostando en la butaca  y cerrando los ojos para echar una cabezada. En realidad, odiaba ser un asesino a sueldo.