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En mi catálogo de creencias los espíritus siempre han viajado en el mismo barco que Caperucita Roja o Santa Claus. Todavía mi bigote era pelusilla cuando comprendí que solo existe lo que se puede oír, palpar, ver, oler o degustar. Fuera de eso, solo queda la  capacidad de unos y otros para juntar palabras e inventar cuentos. Pero no siempre pensé igual. Hace muchos años, y durante unos pocos minutos, fui succionado por ese lado oscuro al escuchar la penosa voz de un ánima. Mi agnosticismo estuvo a punto de caerse del caballo igual que San Pablo camino de Damasco cuando cinco veinteañeros, tras una tarde escuchando música y bebiendo ‘cubatas’, nos sentamos en el suelo para llevar a cabo una sesión de güija. 

A finales de los años setenta, en plena efervescencia de la «movida madrileña», me acababa de alquilar un pequeño apartamento ( luego los llamarían ‘loft’) con los ingresos que obtenía como profesor de matemáticas en un colegio. Aquella casa era una cueva, y estaba igual de desamueblada que las prehistóricas. Solo tenía un pequeño aseo y una única habitación que servía como salón, dormitorio y cocina. No viviría en ese piso, mi madre aún hacía magia con las tareas del hogar y renunciar a la comodidad familiar era como arrancarme la piel a tiras. Buscaba no sentir la mirada materna ni la paterna en el cogote cuando bebía, fumaba o escuchaba música con los amigos hasta la madrugada.

No hubo fiesta de inauguración, durante los primeros meses cada fin de semana nos servía para celebrarlo. En una de aquellas, ya a punto de acabarse, quedábamos cinco personas: Raquel, María, Isabel y mi mejor amigo Alberto, que cursaba el último curso de arquitectura. Fue una sorpresa que acudiera, sus días y noches transcurrían al completo entre ‘Estructuras, Dibujo IV y Construcción’. Pero al decirle que Raquel también estaría, conseguí tentar y vencer su resistencia. Raquel era la pelirroja de la pandilla y a él se le aceleraban las pulsaciones cuando la veía. María, a punto de terminar enfermería, trabajaba como administrativa en el Hospital Provincial. Isabel estudiaba Filología inglesa pero también era una de esas personas convencidas de movernos entre espectros, aunque todavía peor era su convencimiento de que estos regían nuestros pasos.

Fue ella quien nos propuso jugar a la güija a la vez que hacíamos una psicofonía en un casete que sacó de su inmenso bolso.

El plan no me gustaba aunque seguir repasando los discos de Leonard Cohen cuando algún párpado ya se nos empezaba a cerrar, no me parecía mejor. Con la propuesta, el brillo regresó a nuestros ojos y Alberto aplaudió. Era evidente que dejar a la aguja llegar hasta el final de «Songs of Love and Hate» sería el camino más rápido hacia la narcolepsia.

Rellené de ron y cola los vasos mientras que María hacía trocitos unas cuartillas e Isabel escribía las letras del abecedario. Nos sentamos en el suelo y en círculo, apagué la luz y  nos agarramos de las manos como Isabel nos había pedido. Las farolas de la calle, aún entre sombras, nos permitían ver el perfil de cada uno. No me olvidé de la grabación, cuando estuvo todo dispuesto, me giré hasta el aparato y presioné la tecla del ‘Play’ junto con la del ‘Rec’. En aquellos cacharros casi prehistóricos había que hacerlo de esa manera.

Como yo me esperaba, Isabel dirigía la orquesta, también a su dedo, que se movía por el sí, el no, las letras o los números  como si estuviera electrificado. Invocó a su abuela, fallecida solo unos meses antes, y esta nos contó ser muy feliz en aquel lugar, entre otras cosas. A mí se me había escapado alguna risilla durante el interrogatorio y acabé por soltar una carcajada cuando también dijo que Isabel sería famosa y saldría en la televisión. Comencé un ‘lo siento’ pero la médium, enrojecida, me pidió parar la grabación y escucharla. Así lo hice. Apagué las dos teclas, pulsé la del retroceso y, cuando escuché el ‘click’ que indicaba haber llegado la cinta al principio, accioné el ‘play’.

Lo que escuchamos a continuación sí era de ultra tumba. Una voz gutural y tan profunda como una mina de carbón, poco angelical para ser la de una anciana, hablaba en un lenguaje incomprensible. El pánico me paralizó mientras que Raquel se abrazaba a mi amigo y María a mí, las dos llorando. Isabel se puso de rodillas, juntó las manos y, mirando al techo, movió los labios como si soltara alguna jaculatoria mientras aquella voz del averno salía por el altavoz. Teníamos una taladradora humana en el oído. Movido por el instinto de supervivencia, me desprendí de los brazos de mi amiga y alargué la mano para desenchufar el radiocasete.

Estábamos en ‘shock’. Ahora, nadie se atrevía a abrir la boca. Mientras que Raquel y mi amigo seguían abrazados, María y yo nos volvimos a sentar. Al poco rato también lo hizo Isabel.

Transcurrieron varios minutos y, lentamente, volvíamos en sí. Unos más que otros, en aquella penumbra vi como Raquel pasaba de mojar los hombros de Alberto a que fueran los labios de ambos los que se humedecieran. 

No sé de dónde saqué el ánimo para coger la grabadora y llevármela hasta la zona de la cocina. Teniendo la precaución de bajar el volumen, lo volví a enchufar. El sonido, aunque con menor estruendo, seguía siendo diabólico. La escena anterior se reprodujo: María lloraba, Isabel parecía rezar y mi amigo se abrazaba con Raquel. Estaba desconcertado e, incluso, paralizado. Mi cabeza se negaba a aceptar lo que le entraba por los oídos. Una pared de hormigón empezaba a caer sobre mí cuando, sin pensar, llevé el dedo hasta el «stop» y lo presioné.

Entonces, me di cuenta como no solo el pulsador del «play» se liberaba sino que el del retroceso también lo hacía. 

Aquel abismo por el que caíamos era toda una ilusión. Tan rápido como antes me había succionado, ahora razonaba lo ocurrido. Al terminar de rebobinarlo, no liberé ese botón y me limite a pulsar a la vez el de reproducción. Lo que entendimos como una voz del más allá, eran las nuestras que avanzaban pero a muy poca velocidad.

Respiré hinchando el pecho, llamé a mis amigos, volví a subir el volumen al máximo a pesar de que unos gritaran y otros negaran con la cabeza. No lo dudé y pulsé el botón del ‘play’. La voz de Isabel haciendo preguntas a su abuela junto a mi carcajeo y  disculpa final, se escuchaban tan nítidas como el agua de un arroyo de montaña. En aquella cinta no estaba grabado nada más. María volvió a abrazarme, pero esta vez reía sin parar. Isabel estaba muy seria, cogió el radiocasete y pasó mucho rato reproduciendo la cinta una y otra vez, hasta por la otra cara lo hizo. No acababa de convencerse que todo había sido pura casualidad. Mi amigo y Raquel se marcharon de inmediato. Juntos, abrazados y besándose.

Ninguno de los cinco olvidamos aquel día. Alberto y Raquel porque, al igual que en los cuentos infantiles, se casaron, tuvieron tres hijos y, el próximo mes, el primer nieto. María porque siguió estudiando y ahora es médico forense, prefiere ser ella quien hable a los muertos. Isabel, aunque siempre pensó que yo había borrado aquella cinta, porque siguió con sus creencias y hoy es una afamada tarotista y tertuliana televisiva en programas de ciencias ocultas. Y yo, quizás al no creer nunca en historias tan fantásticas, porque eso mismo me dio la fuerza para escribir relatos como este.