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Hace días que veo a mi nieta venir a esta cabaña en medio del bosque, con su caperuza roja y con su mente errante, lo cual es totalmente nuevo en ella. Anda como si estuviese fuera de sí, con los ojos llenos de sorpresa y angustia. He tratado que me cuente qué le pasa, pero he recibido puras evasivas… pero hoy puede ser que sea el día.

Me recuerda a mí hace algunas décadas atrás. Esa sorpresa, angustia y hasta terror me asaltaron después de un suceso que siempre ha estado presente en mi vida. Un recuerdo que fue el nacimiento de algo hermoso, pero que antes de serlo pasó por momentos angustiantes e incertidumbres que en algunos momentos fueron realmente aplastantes.

Desde que tengo uso de razón he sido un alma inquieta y libre. Mi curiosidad hacía que, contraviniendo las órdenes de mis padres; me internará en el bosque a la búsqueda de bichos raros, el canto de los pájaros, el agua de los riachuelos, ver animales portentosos y oler flores silvestres.

Mi madre constantemente me decía que el bosque era peligroso, que había animales que se comían a la gente. “Hay lobos que pueden matarte y comerte”, me decía, pero de nada servían tales historias, yo a la menor oportunidad que se me presentaba, me enfundaba una chaqueta roja que tenía una capucha, regalo de mi padre, y me adentraba en el bosque.

Fue así que en el pueblo me pusieron el apodo de caperucita roja pues para aquel entonces yo era una niña. Fui creciendo y la chaqueta me fue quedando cada vez más pequeña. Como regalo de cumpleaños, pedí una chaqueta igual a la que tenía pero más grande. Sin embargo, mi padre me dijo que me olvidara de tal regalo: “Ya es hora de que vayas vistiéndote como una señorita, y te dejes de estar metiéndote en el bosque”, me dijo.

Yo, fui ahorrando mi mesada y empecé a trabajar como repartidora de cualquier clase de productos usando mi bicicleta. Poco a poco fui reuniendo el dinero necesario para comprar la chaqueta roja de mis sueños, que al final resultó ser una más económica pues la de mis sueños era muy costosa.

Aquel día, yo iba caminando por el bosque de regreso a mi casa. Veía como el sol iba buscando el horizonte para ocultarse y me apuraba para lograr salir del bosque antes del anochecer. Para acortar camino tenía que atravesar un riachuelo y hacia allí dirigí mis pasos. Sin embargo, llegando al riachuelo, vi a un chico desnudo que arrodillado a su orilla veía de manera muy concentrada su reflejo en el agua.

Yo me quedé petrificada. ¿Qué hacía ese muchacho desnudo en medio del bosque? Pensé que era la primera vez que veía a un hombre desnudo y sentí como la sangre subía hacia mis mejillas. También pensé en retirarme pero mi curiosidad pudo más. Me escondí entre el follaje en una posición en la cual veía al chico de espaldas y me preparé para ver lo que iba a hacer.

Él miraba su reflejo en el agua. Pensé que estaba viendo a Narciso a punto de arrojarse a las aguas y morir ahogado, cuando empecé a notar que la orejas de aquel chico se ponían peludas, puntiagudas y se empezaban a mover buscando una nueva ubicación en la cabeza. Vi como las piernas y los brazos de aquel chico se iban transformando en unas patas peludas. Su espalda fue transmutando a un lomo con un pelaje muy hermoso. La metamorfosis había sido extrema, sin embargo, el chico apenas parecía darse cuenta que era lobo, que sentado a la orilla del riachuelo miraba su reflejo en el agua.

Yo ahogué un grito y de manera inconsciente debí haber hecho algún ruido, porque aquel lobo giró su cabeza y me miró. Sentí como sus ojos entraban y hurgaban en mi interior. Nunca había sentido nada parecido y, presa de la sorpresa y del miedo salí corriendo a través del bosque.

Esa fue la primera vez que vi al amor de mi vida, el que sería el padre de mis hijos y abuelo de mis nietos. Pero eso ocurrió algunos años después.

–Abuela, ¿estás oyendo lo que te estoy contando?

–¡Claro que te estoy oyendo, Tania!

Y mientras la oigo, veo como sus orejas se van poniendo puntiagudas… peludas y se empiezan a mover buscando una nueva ubicación en su cabeza. Pronto sus piernas y brazos se transformaran en unas patas peludas. ¡Qué bello pelaje! Muy parecido al de su abuelo. ¡Ah, querida Tania serás la primera mujer lobo de esta familia! Lo malo es que tu ropa va a quedar totalmente destrozada. Pero yo iré buscando algo que te pueda servir para cuando te puedas ir a tu casa.

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Hugo Hernán Viteri Pazmiño

Nací en el medio de la cordillera de los Andes, en las faldas del volcán Pichincha un primero de Abril de 1965. Mi niñez la pasé entre música, libros y periódicos; entre primos, hermanos y abuelos. A los 9 años me mudé a Venezuela. Llegué a Caracas un veintetanto de Diciembre de 1974 y aún me encuentro caraqueando, como diría mi abuelo. Graduado en ingeniería pero siempre con la vena artística en mi camino. ¿Quién soy yo? Un simple escribidor que trata de pintar un cuadro de lo que pasa por la vida que me rodea desde todos los rincones.
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