La musa de la ausencia

La musa de la ausencia

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La musa de la ausencia
es huésped de hace tiempo
en la página dormida del silencio

En exilios menos graves se ha perdido.
Y un recuento de nostalgias le acompañan,
versos que maduran in crescendo, la extrañan

Un terceto viejo que se sacude las formas hurañas
persiste en su empeño disciplinado que se propaga
alza el vuelo que lo eleva y descarga sus entrañas

Ahora, viene a menos musitando letanías vagas
Madrigales de dolor en la voz de las guitarras,
un eco que baila cuando cantan las cigarras

Tiene huellas en el alma que son viejas,
ya no sabe del amor ni de promesas,
el dolor lo marca con su insolencia

Hoy habita siempre en el olvido.
Y vuelve al afán de sus latidos
por la musa de la ausencia.

Huella Lánguida

Huella Lánguida

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Unos versos sin prosapia
reclaman con donaire
vienen del subsuelo que amarga
a donde nadie…
Su fuego artificial y sus espadas
en duelo; me cobran el desaire.
Mi saliva de paz enamorada
tras la musa desnuda de la tarde.
Te ama mi inconsciencia de poeta,
te persigue mi pluma sin alarde,
con aletargada huella de asceta
entre árboles que esperan amables
vamos ciegos arrastrando las caretas
bajo el cielo inequívoco que arde.
Alma al vuelo, cual símil de cometa
que estruja metáforas infames.
Sin descanso te busco entre la niebla
a golpes de diestra; y,
siniestras páginas oscuras e inmutables
lloran llenas de pátinas impuestas
por el tintero que te sabe irrenunciable.
Voy cargando a mi espalda las respuestas
con versos que transitan lo impensable
en ánforas mágicas, puras y repletas
para llenar de savia los estanques.
Marca el texto extraviado del profeta
esta página de versos enervantes,
huella lánguida en tierra de poetas
donde arde el rayo que ilumina a los notables.

Cuerdas rotas

Cuerdas rotas

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Cuerdas rotas en el corazón
desafinan y desafían la metáfora.
Un temple sin sosiego empecina el alma
se yergue la sangre sin dolor.
Amor, están naciendo alas en tu espalda.
Una musa sin falda y sin lágrimas,
cataplasma para esta herida
temprana, inmerecida, sin pausa.
Un antibiótico para la palabra
Una anestesia para el dolor del corazón
Un paliativo sin temor, estrellas a la mano
Convocatoria del poema importuno y sin llanto
Un prodigio del cielo
Una novia del diablo
Un cristal mitológico en pedestal contemporáneo
Una leyenda extraviada de impensables vocablos
por los recovecos de un libro en total desamparo.
Una partitura en parto
un rayo de nostalgia en el canto
cábala sabia, conjura del espanto.
Manual inédito de la madrugada
marea de versos en noche que no acaba
coyuntura providencial contra el celo
un espasmo y un latido al unísono
almas colmadas de caricias a granel y sin duelo.
Mujer: Encanto, desvelo, sosiego, verso,
sueño avieso, impuro; repleto de orfandades,
un milagro preciso que suplanta al vértigo
para que la memoria perviva sin tempestades,
orgullo de los dioses, gesto que parió el cielo,
salvoconducto divino que alivia las soledades.

Meletea

Meletea

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Mi crisis era muy profunda y no veía el momento de salir de ese pozo. Angustiado, todo lo había intentado sin éxito hasta que ella apareció. Aquella chica que me volvió loco era deliciosamente ingenua, provocativa y sagaz. Tenía tanto una sonrisa abierta y espontánea como un abundante y firme pecho a los que cualquiera se entregaría sin otra consideración. Además, su mirada chispeante, un cabello ensortijado lleno de rizos rubios y unos labios que invitaban al pecado, suponían una fijación para mí. Algo que lo no conseguía desprenderme desde que la conocí. Fue en una mañana con el invierno en retirada y la primavera corriendo desbocada a llenarnos de vida, ofreciéndonos temperaturas y sensaciones que no conocíamos desde hacía meses.
Cuando ella llegó, subió los escalones a la carrera. Entre gritos y carcajadas ( ¡Ay, aquellas risas suyas! ) llamó a la puerta y se presentó. Ante mi repentina mudez, me zarandeó hasta arrancarme alguna palabra inconexa, apenas un intento baldío por expresar una educada bienvenida. Fui respondido con dos sonoros besos, tras alzarse de puntillas con el fin de llegar a mis mejillas y rozarme intencionadamente los labios. La dejé pasar y, sin más preámbulos, se dirigió hasta el dormitorio al que la seguí como si estuviera imantado a esa figura. Tumbada sobre el lecho, me llamó a su lado. Entregado por completo, a ella acudí.

Ahí sigo, tan enamorado de mi musa, de Meletea, que ni tiempo tengo de escribir ni de recordar la sequía creativa que me hizo invocarla. Tan perdidamente atrapado en su cuerpo y exigencias, que la literatura ya solo es un vacío recuerdo al que jamás quisiera regresar.

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