La Casa de los castaños (El desenlace)

La Casa de los castaños (El desenlace)

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Cuando Fernando, vio el cuerpo de su hermana Juana, no pudo evitar que los recuerdos volviesen a su mente…
Su hermana siempre fue su confidente de todas sus diabluras.
¡Cuantas no le había tapado!
Todo fue normal, hasta que aquel miércoles de ceniza, cuando apareció junto al el cuerpo de María, amiga de la pandilla e hija de Braulio, el jardinero que trabajaba en su casa, nadie defendió su inocencia.
Fernando tenía por aquel entonces dieciséis años.
Nadie creyó al chico, de que el no la había matado y mucho menos violado.
Ni siquiera doña Leonor, su madre. Viuda desde que Fernando contaba con ocho años de edad.
Las influencias de la familia Nogueira fueron cruciales para mandar a su hijo, a un internado al sur del país.
Y todo porque el halló el cadáver junto a un frondoso castaño. Le encontraron abrazando a su amiga y llorando.
¡Nadie dio crédito a su versión! Y su madre fue la primera en repudiarle.
Ni una carta, ni una visita. Desde entonces, su único vínculo con su familia fue el dinero, que mensualmente recibió hasta su mayoría de edad.
Tuvo que buscarse la vida. Era inteligente y pronto destacó montando su propia empresa, de importación de vehículos de lujo.
Nunca comprendió porqué su madre y hermana se habían comportado de aquella manera, tan deshumanizada.
La voz de don Ezequiel, lo devolvió a la realidad. Arrodillado junto al cadáver de su hermana.
Unas lágrimas resbalaron por su rostro.
— Levántate hijo, dijo el cura. Hay que llamar a la guardia civil. Fue el mismo Fernando quien lo hizo desde su teléfono móvil.
Fernando se percató que en la mano derecha de su hermana había algo.
El cadáver aun estaba caliente y no le costó mucho abrírsela.
Era un pequeño papel donde podía leerse:
¡FUERA TODOS DE ESTA CASA O CORREREIS LA MISMA SUERTE!
¡Todos menos tu hijo!
Todos los que allí se encontraban estaban angustiados y el miedo hacia presa en sus cuerpos.
¡Quién habría escrito aquello! ¡Parecía una pesadilla, de la que no podían despertar!
La tormenta estaba cesando y la lluvia parecía amainar.
Estaban todos concentrados en círculo, alrededor del cuerpo de Juana.
—Por favor dijo Fernando, que nadie se marche ¡Tenemos que esperar a que llegue la autoridad!
De repente, Fernando volvió a ver la silueta escondida, entre un castaño frente a donde se encontraban. A dos de los hombres que se hallaban junto a él, les hizo una seña para que le siguieran.
Medio agachados entre los árboles, llegaron al punto.
Fue cuando el cañón recortado de la escopeta, asomó entre sus cabezas.
— No os mováis, oyeron decir — Volveos despacio y con cuidado.
Así lo hicieron. Y pudieron ver un señor aparentemente mayor, con pelo largo y una barba de años, vestido andrajosamente con harapos.
— ¿Quién es usted?— preguntó Fernando.
—¿ De verdad no me reconoces?
— ¿Braulio?— preguntó Fernando
—Así es, mi querido hijo—contestó.
— ¡Pero las últimas noticias que tuve del pueblo, es que habías fallecido! dijo Fernando con voz de asombro.

Los demás, no daban crédito a la escena .Todos le creían muerto. Si bien era verdad, que nadie asistió al funeral, por mandato de doña Leonor…recordaron.
—¡ Es usted un miserable! apostilló Fernando. ¡Calla hijo, tú no sabes nada!
— ¡No me llame hijo, usted no es mi padre!
—Te lo llamo porque lo eres!— contestó Braulio.
— ¡Esta usted loco!
—Yo no miento Fernando ¡eres mi hijo biológico!
—Tu hermana lo sabía, pero guardo el secreto de tu madre. Ja,ja,ja,ja—rió Braulio.
¡Todos quedaron estupefactos!
“Definitivamente aquel hombre ¡había perdido el juicio!”, pensó Fernando.
— En vida de tu padre, tu madre se encapricho de mi, ja,ja,ja. ¡Y el tonto de él, creyó que tú eras su hijo!.
— ¿Pero dónde ha estado todo este tiempo?
Escondido en una cueva en el monte. ¡Yo sé sobrevivir!
—¡Ha matado a personas inocentes!
—El panadero metió las narices, donde no debía. Y tu hermana era culpable, de culparte de la muerte de mi hija…..tu otra hermana.
¡Una víbora era tu hermana Juana! ¡Eso es lo que era!
A lo lejos se oían, cada vez más cerca, las sirenas de la guardia civil.
De repente Braulio se desmoronó y cayó al suelo como un guiñapo. Todos escucharon el disparo proveniente de la casa.
Pudieron comprobar el tiro que atravesó el corazón del anciano.
Corriendo hacia la casa, y empujando la puerta, entraron los tres hombres junto a Fernando.
Miraron por todos los rincones…allí no había nadie. Solo en la tenebrosa habitación, seguía el cadáver de su madre…

Carmen Escribano.

 

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Los hermanos

Los hermanos

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LOS HERMANOS

The road is long
With many a winding turn
That leads us to who knows where
Who knows where…”

Bob Russell / Bobby Scott – He ain’t heavy, he’s my brother

¡Que no me voy a ir. No puedo dejarlos aquí. Quiero que mi mamá esté a mi lado y no la voy a dejar aquí! –Jasmín miraba a su padre de forma retadora, era la primera vez que lo hacía y le temblaba la voz–. Su padre la miró y asintió.

El temblor de la tierra se hacía cada vez más fuerte. Los refugiados que venían huyendo de otros pueblos vecinos les habían dicho que las tropas que se acercaban venían con la orden de exterminar.

El pueblo había sufrido su dosis de exterminio matutino a través del ruido de los aviones que dejaron caer sus cargas explosivas, destruyendo lo poco que quedaba del mercado, el hospital y dejando su rastro de destrucción en las casas.

Su madre cayó herida en una pierna y no podía mantenerse en pie, así es que la tendieron en un catre debajo de lo poco que quedaba del techo de lo que había sido su casa. Jasmín corrió hacia el hospital para buscar ayuda y fue cuando vio que sólo quedaban sus ruinas. El personal médico sobreviviente iba de un lado a otro intentando salvar a la gente atrapada en medio de la destrucción, otros corrían a atender a los heridos del nuevo ataque. Vio gente con heridas terribles, gente desmayada del dolor, gente con el pecho abierto en dos, gente sin piernas ni brazos… Su madre apenas tenía una herida en la pierna y con un dolor terrible en el alma volvió a casa.

Entretanto, su padre había regresado del mercado. Oyó que les contaba a los vecinos que durante el bombardeo pudo escudarse en un portón metálico logrando salir ileso con apenas unos pocos rasguños. En cuanto cesó el revoloteo de los aviones salió de su escondite y se vino corriendo a la casa. Agradeció mucho la ayuda de los vecinos con su mujer. Un vecino le dijo que debían irse del pueblo. Las tropas avanzaban sin tener ninguna resistencia y, en uno o dos días llegarían al pueblo, dijo.

Poco a poco el pueblo se fue vaciando, poco a poco en sus calles solamente iban quedando despojos humanos y ruinas abandonadas. El sol fue secando la sangre regada en el piso y un olor nauseabundo empezó a flotar en el aire. Se oían quejidos y lamentos por los rincones. Pronto empezaron a oír el aleteo de las aves de rapiña que se acercaban a su festín.

Su madre de forma entrecortada le había dicho a su padre que huyeran y la dejarán ahí, a lo que su padre se había negado de forma muy vehemente.

La guerra te obliga a verte a ti mismo como un lastre, que era lo que pensaba la madre. La guerra te obliga a ver a otros como un lastre; es lo que pasaba con aquellos cuerpos destruidos que se lamentaban pidiendo ayuda; una ayuda que nunca les sería concedida, simplemente porque aquellos que pudieron darla o bien yacían a su lado, muertos; o bien los habían abandonado a su suerte, tratando de sobrevivir a cualquier precio.

Jasmín escuchó que sus padres hablaban en voz baja. Cuando dejaron de hacerlo, la llamaron. Su padre le dijo que tomara a su hermano y se fueran del pueblo, que se irían bajo el cuidado de algún vecino rezagado. Que ellos iban a estar bien. Jasmín sintió como su rostro infantil se iba calentando y con rabia contenida le dijo a su padre:

–¡Que no me voy a ir. No puedo dejarlos aquí. Quiero que mi mamá esté a mi lado y no la voy a dejar aquí!

¿Su padre acaso la tomaba por tonta? Sabía muy bien, que ellos no iban a estar bien. Sabía que en el mejor de los casos serían apresados y destinados a algún campo de concentración o sino simplemente serían asesinados. ¿A qué jugaba su padre?

Su padre la miró con lágrimas en los ojos y asintió. En su mente se dijo que, de todos modos, ya era muy tarde para que sus hijos se fueran a juzgar por el temblor del piso que iba cada vez en aumento, indicando que las tropas se iban acercando; poco importaba de cual bando fueran, lo que si era seguro es que llevarían a cabo su campaña de exterminio total.

Una niña de 9 años y un niño de 4 difícilmente pudieran moverse más rápido que ese ejército. Sí, lo mejor era quedarse todos juntos y jugar esa última partida de ajedrez con la muerte.

Miró a su hija y con infinita ternura la abrazó y le dijo: Está bien, nos quedaremos todos juntos. Pero quiero que me hagas una promesa… No sé qué vaya a pasar cuando lleguen las tropas, pero sea lo que sea… no importa lo que nos pase a tu madre y a mí, si tú y tu hermano logran sobrevivir, quiero que hagas lo que esté a tu alcance para que ambos sigan vivos. ¡Promételo! ¡Júralo, hija mía! Jasmín, en medio de su sorpresa, y con los ojos muy abiertos realizó el juramento.

El padre empezó a urdir cómo hacer para que las tropas no dieran con el escondite de sus hijos. Con restos de las paredes derruidas, ladrillos y adobes rotos fue construyendo un escondite en donde sus hijos pudieran caber. Al cabo de dos horas de arduo trabajo, el escondite estaba terminado. Conforme pasaban las horas, el temblor en el piso se hacía cada vez más fuerte, señal de que los tanques y las tropas estaban cada vez más cerca.

En un pequeño morral colocó los pocos alimentos que había en la casa y los puso dentro del escondite de sus hijos. Jasmín y Ulíses entraron en el escondrijo y él lo selló con el material más liviano que pudo encontrar de tal manera que Jasmín fácilmente pudiera moverlo cuando las tropas se hubieran ido. Antes de cerrar el escondite los miró y les dijo: Pase lo que pase no hagan ningún ruido. Hoy en el pueblo se está jugando el juego del escondite. Gana el que no sea encontrado. Deben salir solamente cuando no haya ningún ruido, cuando el temblor en la tierra sea muy suave y cuando no escuchen ninguna voz. Ambos pequeños asintieron. El padre finalizó: Cuando salgan no se acerquen a ninguna tropa que no tenga casco azul o casco blanco. Escóndanse para que ninguna tropa los pueda ver. Sólo salgan cuando vean a los cascos azules o cascos blancos. Los miró con todo el amor del que fue capaz de mostrar en ese momento, cerró el escondrijo y se fue al lado de su mujer.

El escondite estaba ubicado en una parte alejada de la casa derruida, en un rincón de lo que había sido el patio trasero. Visto desde fuera realmente parecía una estructura pequeña que se había derrumbado y que no generaba ningún tipo de sospecha de que alguien pudiera estar dentro.

El temblor se hizo más fuerte y su fuente era cada vez más cercana. El piso temblaba al paso de los tanques y empezaron a escuchar a lo lejos voces, gritos y ráfagas de disparos. Escucharon como unos soldados hablaban entre sí. Parecía que estaban tratando de obligar a alguien a darles información acerca de la resistencia, pero ese alguien no les respondía nada. Jasmín y Ulíses no lograban ver nada desde su escondite. ¿Sería su padre a quien interrogaban? ¿Por qué su madre no decía nada? Algunos soldados eran partidarios de llevarlos detenidos, otros decían que mejor era matarlos. Oyeron una ráfaga y la discusión de la soldadesca terminó. Pronto sintieron como los soldados se alejaban.

Esa noche no se atrevieron a salir. A lo lejos se escuchaban voces, es verdad que ya no había gritos ni temblores, pero la presencia de esas voces los mantuvo dentro del escondite.

A la mañana siguiente, se despertaron asustados con nuevos temblores en el pueblo. Los tanques se estaban movilizando. Poco a poco, las voces se fueron difuminando en el aire y los temblores se hacían cada vez más tenues. Jasmín miró a su hermano Ulíses y le dijo:

–Ya se están yendo del pueblo, pronto podremos salir y reunirnos con nuestros padres.

–¡Shhhhh!. Si hay alguien por ahí puede oírnos–, respondió Ulíses con su voz infantil en un tono muy bajo y muy serio.

El tiempo se hizó eterno, mientras el temblor de la tierra aún se sentía pero muy lejos. Las voces hace mucho tiempo que habían dejado de escucharse. Nadie emitía ningún ruido humano en el pueblo, solamente se escuchaban a las aves de rapiña que merodeaban los cadáveres cada vez más putrefactos. El olor se estaba haciendo cada vez más terrible.

Jasmín decidió que era hora de salir del escondrijo. Empujó el techo del escondite y éste fue cediendo poco a poco. Al cabo de pocos segundos, ella y su hermano eran libres para ir a donde pudieran. Jasmín salió y le pidió a Ulíses que se quedara dentro del escondite. Ulíses empezó a llamar a sus padres sin obtener respuesta.

Jasmín logró ver dos bultos inermes tirados en el suelo de la casa y supo que eran sus padres. No quiso avanzar para verlos por última vez. ¿Qué vería? Sus cuerpos mutilados y golpeados. ¡No, prefería recordarlos llenos de vida! Se volteó y fue hacia el escondite y le dijo a Ulíses que a sus padres los habían descubierto y se los habían llevado los soldados, pero que ellos eran los ganadores de juego del escondite y tenían que caminar mucho para que les dieran su premio.

Pronto empezaron a caminar en el medio de la desolación. Pronto salieron a los restos de lo que había sido su pueblo; donde ella, Jasmín, había aprendido a leer, donde había aprendido a ayudar a su padre en su trabajo del mercado, donde había aprendido a amasar la masa del pan con su madre, donde jugaba fútbol con sus vecinos.

La desolación fue la única compañera de viaje que tuvieron en el camino. Ulíses se cansaba de caminar y quería descansar, pero Jasmín sabía que eso no era posible, así es que lo empezó a cargar en la espalda. Su padre había metido dentro del morral de provisiones una tela larga que servía perfectamente para hacer el rebozo que le ayudaría a cargarlo. ¿Cuántas veces había visto a su madre cargar a Ulíses en la espalda? Incontables veces. Haciendo memoria y con la ayuda de Ulíses, que le echaba sus brazos en el cuello y sus piernas en las caderas, logró hacer el rebozo, para ir avanzando en una ruta que no sabían a donde los llevaría. Así fueron pasando los días y sus noches, con el hambre rugiendo en sus estómagos, el frío ateriendo sus cuerpos y trabando sus músculos, con el desamparo como único cobijo de sus almas.

Varias veces volvieron a escuchar el temblor en el suelo y voces humanas. Una vez más, se acercaban las tropas. Oo veces tuvieron que esconderse y a lo lejos pudieron ver que esas tropas no tenían cascos azules ni blancos, quedándose quietos en su escondite para no ser descubiertos, con el miedo mordiéndoles el alma.

No había mucho que hacer bajo el cielo lleno de estrellas excepto pensar y Jasmín pensaba mucho. Empezó a recordar las últimas palabras de su padre. Comenzó a analizar, una a una, cada palabra, cada frase:

“Pase lo que pase no hagan ningún ruido”, eso se lo dijo a ambos… pero el “Hoy en el pueblo se está jugando el juego del escondite. Gana el que no sea encontrado.”, eso era con Ulíses, yo soy demasiado grande para tragarme ese cuento, se dijo. Fue entonces que recordó aquella película italiana que habían visto en la plaza del pueblo hace algunos años. Su padre había usado casi las mismas palabras que aquel padre le dijo a su hijo en el campo de concentración.

“Deben salir solamente cuando no haya ningún ruido, cuando el temblor en la tierra sea muy suave y cuando no escuchen ninguna voz.”, ese mensaje era para ambos.

“Pase lo que pase no hagan ningún ruido”, eso se lo dijo a ambos… estaba claro que no había que hacer ningún ruido para no ser descubiertos, pero por qué “pase lo que pase”… de repente lo supo.

Supo que su padre siempre había sabido que él y su madre no saldrían con vida del pueblo. Supo que después de tapar el agujero de su escondrijo, se fue junto a su esposa para reconfortarla y esperar el final. Supo que aquel a quién interrogaba la tropa era a su padre. Supo que las ráfagas que escucharon habían sido las que cegaron las vidas de sus padres.

¿Su padre también había escogido el lugar del escondite para que nada de lo que fuera a pasar fuera visible a sus ojos? ¿Su madre estaba al tanto de todo esto?

Sí, la guerra te obliga a planear y calcular lo indecible para que alguien de tu familia logre sobrevivir, así sean dos niños huérfanos desorientados, rodeados de caroña y de muerte.

Esa noche, Jasmín lloró desconsoladamente. Ulíses se le unió aun cuando no entendía el porqué de ese lamento.

Siguieron el camino sin ningún rumbo. Entraban a pueblos arrasados por las tropas de cualquier bando. Hurgaban en medio de los cadáveres buscando algo de comida o algo para abrigarse por las noches. Entraban en las casas derruidas buscando un poco de agua. Poca cosa conseguían.

Sí, la guerra te obliga a transformarte en un animal, disputando el agua y la comida a los chacales y las aves de rapiña; a los perros y gatos que fueron, en algún momento, las mascotas de alguien.

La promesa que Jasmín le había hecho a su padre, la llenaba de fortaleza y determinación, pero sentía que las fuerzas de Ulíses iban mermando, así como las suyas propias. Ulíses caminaba cada vez menos y necesitaba que lo carguen. Jasmín lo llevaba largos trechos en su espalda pero eso la iba desgastando cada vez más y más.

El ruido de los tanques volvió a escucharse en el amanecer de aquel día. Con el pasó de los días había aprendido a calcular qué tan lejos estaban las tropas dependiendo de la magnitud del temblor en la tierra. Sin duda alguna, se trataba de unas tropas que habían estado de descanso, empezaron a avanzar hace muy poco tiempo y estaban bastante cerca de donde ellos se encontraban.

Jasmín se salió de la carretera de tierra por donde iba con su hermano a cuestas y se ocultó a un lado de ella, en la parte de abajo del barranco. Nadie los podría ver desde donde se encontraban.

El temblor se hacía cada vez más cercano y pronto una nube de polvo amarillo fue apareciendo al ritmo del avance de los tanques. Las voces de nuevo empezaron a escucharse. Jasmín miraba hacia arriba para poder ver de cuál color eran los cascos de aquellos soldados. Vio como un grupo de soldados se salieron de la carretera y se pusieron a ver la aurora. Las palabras de su padre retumbaban en su cabeza: “Sólo salgan cuando vean a los cascos azules o cascos blancos”. Los rayos del sol iluminaron los cascos de aquel grupo de soldados y Jasmín logró ver que todos eran azules y blancos.

La voz de auxilio le salió desde el fondo de su ser. Salió de su escondrijo y empezó a agitar los brazos. Los soldados se pusieron alerta y la apuntaron con sus armas. Sin embargo, ella estaba determinada a avanzar. Sabía que si nadie los auxiliaba pronto su hermano moriría y ella, probablemente, correría la misma suerte. Así es que empezó a contar su historia mientras iba subiendo el terreno por el que había bajado para ocultarse.

Los soldados le advirtieron que si seguía avanzando dispararían. Jasmín, al ver la reacción de esos hombres, pensó que su padre se había equivocado y que no podría cumplirle su promesa. Se detuvo y cerró los ojos, como si al cerrarlos no fuera a escuchar las ráfagas de las metralletas y quedó a la espera de aquel ruido, que se había hecho tan familiar para sus oídos, que señalaría el fin de su vida y la de su hermano.

Sin embargo, lo que escuchó fue a un soldado que en su mismo idioma, le preguntaba detalles sobre su pueblo, quién era el que iba en su espalda y otro sin número de preguntas. Jasmín abrió los ojos y fue contestando cada pregunta sin ningún titubeo.

El soldado le dijo que no avanzara más, que sería él, el que bajaría a auxiliarlos. Vio como el soldado iba bajando por el peñasco. Pronto llegó a su lado y la miró inquisitivamente. Miró el morral de provisiones prácticamente vació y tomó a Ulíses entre sus brazos mientras agitaba el brazo pidiendo ayuda. Vio como un casco blanco empezaba el descenso hasta llegar a ellos. Tendieron a Ulíses en el suelo y mientras esperaban que el casco blanco empezara a examinarlo, el soldado miró a Jasmín y le dijo:

–Llevabas una carga muy pesada en tu espalda.

A lo que Jasmín respondió entre sollozos pero con toda la alegría contenida en su interior:

–¡No señor, nunca fue una carga… No es pesado, no lo es… Es mi hermano!

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Veinte años

Veinte años

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No es fácil crecer sin sentir los labios de tu madre antes de dormirte, sin que sus dedos se deslicen por tu frente cuando te has constipado. Javier lo sufrió desde que tuvo cinco años. Los abuelos le cuidaron, pero eran muy viejos y con muchos achaques como para sustituirla. 

El padre, Francisco, nada más enterrarla, se marchó a trabajar a Brasil. Fue puntual, no falló un solo mes durante veinte años enviándole dinero; así la ropa, la comida y los estudios, incluso los caprichos, estuvieron siempre cubiertos. Pero lo que nunca recibió Javier  fue una carta o una llamada suya cada celebración de cumpleaños. Tampoco le sujetó el sillín cuando estaba aprendiendo a montar en bici ni dieron juntos unas cuantas patadas al primer balón de futbol que tuvo. Francisco prefirió talar la selva o dejar preñadas a las indígenas y a Javier solo le quedó el recuerdo de alguien altísimo y de brazos musculosos, de cerrada barba y ojos como meteoritos, muy distintos a los suyos claros. Esa imagen de su padre, y la de los últimos instantes de vida de Aurora, su madre, permanecían inalterables a pesar del tiempo transcurrido.

Por eso, Javier llevaba una foto de Aurora sonriendo, jovencísima y con las mejillas sonrosadas, de fondo en su teléfono movil. Por eso, fue como el choque de trenes cuando la miró antes de aceptar la llamada y escuchar aquella voz.

—Hijo, quiero verte. He regresado hace una semana, por fin me he jubilado, y me parece que es el momento de recuperar todo lo que nos hemos perdido estos años.

—¿Papá… eres tú? Dos décadas sin escuchar una palabra de tu boca, no esperarás que salga corriendo a tu encuentro.

—Javi, en serio, quiero pedirte perdón mirándote de frente. Sé que lo tenía que haber hecho mucho antes pero me volqué en el trabajo para olvidar lo que nos había pasado. Te lo ruego, aunque solo sea esta vez, accede a comer conmigo mañana. 

Por descontado que en esa primera llamada no le iba a hablar de los marcadores tumorales, pensó Francisco al mismo tiempo que esperaba la respuesta de Javier.

El restaurante era uno en el que mesas, cubiertos, cuadros y lámparas te hacían levantar las cejas desde que cruzabas la puerta; todo tenía, o lo parecía, más de un siglo, aunque su estado de conservación fuera excelente. Frente a la mesa que ocuparon había un daguerrotipo que mostraba a un grupo de ‘Yanomani’, lo que le sirvió a Francisco de bomba de achique para el porque de su huida y el de su largo silencio. Fue triturando la verdad hasta retorcerla; mendigando el perdón con el único propósito de conseguir una mano que apretara la suya cuando llegara el final, aunque durante ese reencuentro tampoco pensaba contarle lo del mes de vida que todavía le quedaba.

Javier habló muy poco, se dedicó a ser muy paciente y a soltar hilo igual que haría un pescador de atunes con caña. No tardaría en cansarse de aletear, pensó. El inesperado anzuelo que ya tenía dentro de su boca lo impediría. Entonces, llegaría el momento que tanto había esperado.

La botella del Ribera del Duero que Francisco bebió prácticamente en su totalidad, sumada a la segunda copa de Cardenal Mendoza tras el café, abrieron su esclusa de las lágrimas.

—Vamos, papá… lo que faltaba… Los camareros no nos quitan ojo porque están deseando recoger e irse. Este espectáculo no les interesa.

—Es que abandonarte, hijo, fue como cortarme un brazo — tapándose la cara con las manos, sollozó unos segundos antes de continuar — … pero aquella imagen de tu madre muerta sobre la acera y tú llorando en el balcón, me perseguían, necesitaba alejarme, estar en otra galaxia. De no haberlo hecho, yo también me habría arrojado al vacío… 

Busca los ojos de  Javier que, abochornado, manipula la pantalla del móvil para ver la foto de Aurora; pero le queda todavía una última frase: 

—Javi, lo que ocurrió ese día, ¿tú lo habrás olvidado, verdad? Apenas levantabas un palmo del suelo.

—Sí, por supuesto — responde Javier sin que se le note la bilis que le remueve el estómago y continúa: —Déjalo ya… ¿por qué no vamos a mi apartamento y así lo conoces? Está a la vuelta de la esquina. Te puedo hacer otro café y aunque Coñac no compro, tengo un orujo casero que te gustará.

Francisco se ha repanchigado en el sofá de piel y la bomba de la cafetera suena como si alguien escarbara en la tierra. La nevera pita porque, sin dejar de mirar a su padre, Javier se la ha dejado abierta tras sacar el licor y rebuscar el frasco con cianuro de hidrógeno en el fondo del cajón donde guardan las servilletas. Se asusta al oír el «piii piii» y casi se le cae de las manos pero Francisco no ha escuchado nada. Se encuentra arrullado por el sopor del alcohol y por oleadas de calor que ascienden por su pecho desde que Javier le puso la mano en el hombro al entrar. Ha sido más sencillo de lo que esperaba, piensa Francisco mientras los cojines de plumas parecen acariciarle.

—Te va a gustar, me lo traen de Galicia, de la aldea donde nació el abuelo — le dice Javier cuando deja la bandeja sobre la mesita y se sienta en una silla frente a él.

No quiere dejar de ver sus ojos, las venas del cuello, sus manos cuando tenga los primeros espasmos. Siempre soñó que aquellos brazos que empujaron a su madre, se volverían de goma un minuto antes de que él lo arrojara al vacío. No será necesario. Con el primer sorbo, el abismo por el que caerá empezará a abrirse.

—¡Qué rico! Sabe a almendras amargas — y Francisco vuelve a beberlo. Pequeños sorbos. Una, dos, tres veces más.

Francisco ve en la mirada de Javier, la de Aurora tras la discusión que tuvieron. Unos ojos silenciosos pero que le gritan lo que no desea escuchar, unos ojos que se vuelven lanzas cuando ella se gira y entra en la terraza. Unos ojos en los que ya veía que lo abandonaría. Pero no como ella quería hacerlo sino chocando contra el hormigón.

Bebe el último trago casi al mismo tiempo que la primera náusea aparece. Necesita inspirar dos veces seguidas porque el aire no le llega a la garganta. Se pasa la mano por ella, la masajea y, de ahí, la lleva hasta el pecho. 

Con la siguiente convulsión adivina por qué Javier, desde que se ha sentado, no ha movido un solo músculo y no deja de observarlo, sonriendo a la vez.  Aquellos ojos azules de niño que lo miraron con terror, son ahora un espejo cóncavo que le devuelven el crimen que cometió.


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El juramento

El juramento

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Recuerdo que mi padre era un ser extraño para la época en la que vivió en donde las etiquetas sociales era lo primero que se aprendía. Toda la gente estaba clasificada desde que nacía; mi padre, también, aunque lo ignoró. Me fascinaba contemplarle en silencio y soñar que algún día yo sería como él, hasta una excelente maestra, exactamente como él.

Parecía una tarabilla esperando que escampara para reemprender el vuelo entre azules y grises. Jamás discutía, escuchaba, repetía las palabras ajenas. Asentía y parecía meterse en el alma humana del que estaba hablando con él. A veces pensaba que hubiera sido un buen sacerdote, un pastor de almas tránsfugas, corazones descarriados, pero no para someterse a una religión, porque papá no creía en falsos dioses, sino para cultivar la grandeza del ser humano.

Él decía que todos estábamos hechos de material de primera, pero que ignorábamos nuestro potencial.

Se pasaba el día en la buhardilla refugiado entre sus libros. Sólo necesitaba un sillón, una mesa para escribir y un ventanal desde donde veía el cielo con su arco iris. Los árboles floreciendo, la nieve colarse en las aristas del huerto, o el mar en la lejanía batiendo su poderío entre gaviotas y espuma.

El camino hasta llegar a nuestra casa en otoño se encharcaba con las lluvias y si estaba seco, era una alfombra entre dorados y bermellones. Mi madre se enfadaba mucho con él cuando después de volver de la escuela nos sacaba a saltar charcos o a hacer cantar a las hojas secas. Después, cuando la luz del membrillo caía sobre nuestras sombras, íbamos al corral a decir adiós a las gallinas, a los dos cerdos y a la vaca Lola. Allí había un calor muy especial; papá muchas veces nos decía que debíamos mirar con gratitud a nuestros animales pues gracias a ellos podíamos alimentarnos. Pancho, nuestro perro, giraba las orejas cada vez que le oía hablar, parecía que entendiera los matices de su voz.

Madre, cuando volvíamos de nuestras travesuras, nos tenía preparado el chocolate con picatostes. Yo la abrazaba, me gustaba su olor a jabón, mientras que papá olía a virilidad. Yo en aquel entonces no sabía lo que era un hombre, pero mi padre como si estuviera adivinando mis pensamientos, me contestaba que algún lo sabría y que sería uno de los descubrimientos más fascinantes de mi vida; por desgracia, lo supe mucho antes de que las primaveras me convirtieran en mujer.

Corría el año mil novecientos treinta y siete y mi nación estaba dividida; había estallado la guerra, una contienda de hermanos contra hermanos. No obstante, mi padre en cierto modo nos hacía vivir al margen de aquella guerra tan absurda. Aquel otoño del treinta y siete mientras íbamos recogiendo leña para el duro invierno que nos esperaba, nos hizo prometer a los cuatro hermanos que jamás nos separarían nuestras ideas y que nos respetaríamos; juramos solemnemente su petición mientras a lo lejos se oían disparos.

Aquella noche los fusiles llamaron a nuestra puerta. Nosotros estábamos ya en la cama, padre en la buhardilla leyendo y madre cosiendo al lado del fuego. Sé que él los vio venir, pero no le dio tiempo a avisarnos. Madre quedó sentada mientras su sangre corría entre los pliegues de su labor. Papá como buen maestro que era quiso hacer razonar a aquellos locos que creían que con el fuego no hacían falta las palabras y eso. Precisamente, hundió a su mundo. Primero le ataron y después le hicieron ver cómo fusilaban a su hijo mayor. Después, cómo violaban a sus tres hijas. María tenía dieciséis años, Ana, catorce y yo, once. Antes de que tatuaran su cabeza con dos disparos, aquellos locos vocearon al unísono “¡Fascistas!” … Desaparecieron en la oscuridad de la noche.

Han pasado tantos años que la memoria se ha convertido en un desván donde se alojan hasta los trastos más inservibles… Como el odio que corre por mis venas hasta el día de mi muerte; lo juro por mi padre.

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Junto a él llegó la eternidad

Junto a él llegó la eternidad

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Junto a él llegó la eternidad
El pasillo es angosto y ruidoso, está alicatado desde el suelo hasta el techo con un pequeño baldosín de color blanco roto por la antigüedad, es un túnel aséptico hasta lo impersonal que me acompaña en el camino hasta el quirófano, que tantas veces he visitado, visitas que viene sucediendo con más frecuencia los últimos meses. Los chirridos constantes de las ruedas denotan la velocidad inusual del traslado en la incómoda camilla, los fluorescentes amarillentos, dispuestos intermitentes en el techo alumbran sin sentimiento alguno la autopista de pasillos del centro sanitario. El vocerío atropellado a ambos lados del cuerpo resuena en mis oídos cada vez más alejado, el murmullo del sequito disminuye, y cómo a cámara lenta la vida me abandona paulatinamente. O, mejor dicho, abandona la materia que me acompaño todos estos años. Total, ha sido un simple amasijo de huesos, órganos, piel y carnes varias que conformaron el cuerpo, un organismo el que me acompaño, al que no le puedo pedir ni reprochar nada, dado que de forma suficiente e incluso llegaría a decir de forma notable estuvo a la altura de algunos excesos cometidos sobre él. ¡Qué narices! cumplió su cometido unas decenas de años sin darme demasiado trajín durante el corto y bacheado viaje de la vida.
Bisoño ante el nuevo estado, novel en él, torpe me muevo entre las iluminadas tinieblas que me rodean, cálidas nebulosas de mullido algodón blanco me abrazan transmitiendo sensaciones de paz. Emocionado volvía a sentir la paz que un día las circunstancias me perdieron, y que hasta hoy no la había vuelto a encontrar. Rendido ante ese placentero estado, fue cuando una sombra asomó dibujando los tímidos trazos de un rostro, una cara conocida que aumentaba aún más si cabe la agitación calmada que estaba experimentando. La faz conocida, inminente, en breves instantes iba a coronar completamente el ser de luz que tantos años hacía que no veía y que tanto había deseado reencontrar. Sus facciones, aunque dulcificadas eran las mismas que recuerdo del último día que nos vimos, como si fuera ayer, como si fuera el día que salió por la puerta para no volver más, el día que se marchó sin avisar, sin despedirse de nadie, no lo hizo de ninguno de nosotros.
Nunca volvió a excepción de algunas esporádicas visitas nocturnas, visitas que ahora sé que eran reales, visitas tan auténticas como la realidad que estoy viviendo hoy en mi primer día en la eternidad. Ahora apeado ya de la montaña rusa en que se convirtió mi existencia cercenada por el destino de tu ausencia. Hoy por fin he vuelto a sentir tu tacto, vuelvo a verte, a olerte y sobre todo hablarte y escucharte, tenemos tanto que hablar, que sentir, que compartir.
—Nunca has sentido nada igual, ¿verdad hijo? –pregunto con un tono dulce—
—No, jamás, la sensación más parecida a esta la sentí con nueve años papá —Le contesté—
Fue justo en la época que el verano se resiste a dejar de caldear de alegría estival el mes de octubre. Como cada año desde que tengo memoria, habíamos pasado los tres meses de estío entre interminables y matutinos baños de mar, junto con largos y repetidos paseos al atardecer, unos paseos tan repetidos como lo eran los escaparates vistos una y otra vez. Eso sí, semanalmente mi madre nos premiaba con una tarde de sesión doble de cine, y además con un poco de suerte echaban alguna peli de Bud Spencer y Terence Hill. Fue después de unos de esos veranos. Ya de vuelta en el marco gris de una ciudad dormitorio cualquiera, de cualquier cinturón industrial, con el moreno dorado aun luciendo salado en la piel. Y es entonces cuando no tengo más remedio que asumir a regañadientes las obligaciones, el deber impuesto de la rutina, de la realidad encorsetada que someten las normas. Y llegó el día de volver, y de sufrir de nuevo la cruel incomprensión de las cuadriculadas mentes infantiles que me rodeaban, un círculo vicioso y ridículo que te obliga a destacar compitiendo en campos tan limitados, como limitada era la imaginación de mis compañeros de aula, unos sobresalían por sus dotes en el fútbol, otros por su maña en las peleas, algunos por su habilidad con la bici, y así sucesivamente hasta completar el mundo infantil de las mil y una chorradas, y no hace falta decir que yo no destacaba en ninguno de esos campos ni por asomo.
Pero ese otoño iba a ser diferente, no recuerdo cómo, pero «sufrí» un pequeño accidente que traía consigo la secuela de permanecer con la pierna inmóvil durante diez días dada la gravedad del esguince que me diagnosticaron. Qué alegría me dio escuchar las palabras del médico que preciosidad de palabra «esguince»
—He de decir que fue una de mis palabras favoritas junto a gripe y gastroenteritis durante años.
Así con la misma fortuna que saltas varías casillas en el juego de la oca, de esguince a esguince me salté diez días de clase, acercando en el salto un poco más las vacaciones de Navidad. Mi madre probetica deambulaba preocupada por cómo iba recuperar esos días de estudio, y yo en cambio no cabía en mi de gozo, eran diez días sin pisar las mazmorras del colegio.
Mi madre para que estuviera cómodo me adecuo el sillón de escay marrón cerca del ventanal de la terraza, y para asentar la pierna se trajo el taburete de la cocina, y lo acolchó con un viejo cojín que había metido en una especie de funda de lana adornada con varias supuestas flores tejidas de diversos colores imposibles, era uno de los frutos de la labor de alguna tediosa tarde materna. Hablamos de la época que le dio por hacer de punto todo tipo de prendas y complementos varios, aunque previamente para ahorrar no solo en las prendas ya confeccionadas, que también, en vez de comprar los ovillos listos para usar, compraba la lana a granel y te hacía poner los brazos tiesos al frente como si fueras un airgamboy sin glamur ninguno, y te colgaba de ellos durante horas la lana mientras tiraba y tiraba enredando ovillos de diferentes colores. Fruto de su encomiable labor siempre recordaré un jersey marrón, de un marrón menos intenso que el escay del sillón, un tono así ¿cómo decirlo? Un tono de color mierda de oca —Para entendernos— Con el cuello redondo que me arrancaba las orejas al entrar y al salir de la cabeza una y otra vez, lucía dos cenefas bajando a ambos lado del pecho al estilo las chorreras de un mariachi, una manga era un pelín más larga que la otra, y para postre me tiraba de sisa, realmente ofrecía una imagen enjuta para ser un niño. También podría hablar de una bufanda y sobre todo de unos guantes en los que le fallo la toma de medidas, y tuve que llevar los dedos encogidos estilo las garras de «Lobezno» todo un trimestre, de hecho, parecía un idiota preparado para arañar a quién osara acercarse, sólo me faltaba rugir al compás que andaba. Mi problema siempre fue que nunca he sabido decir que no, me decía.
—anda hijo póntelo que te lo ha hecho tu madre con todo el cariño del mundo —Lo decía hablando de ella misma en tercera persona—
Y ahí por la penilla me ganaba. Lo que fue una lástima es que, siendo coetánea de Amancio Ortega, y compartiendo los dos la pasión por la confección y la moda el resultado final haya sido tan dispar.
Volviendo al esguince, el primer día permanecí sentado como un rey y como cualquier novedad no estuvo mal, pero en el segundo día el aburrimiento de la exigua programación de la primera cadena y la aún peor segunda cadena, junto con el dolor en las posaderas me empezaba a desesperar, el esguince realmente no dolía nada era un buen aliado. El tercer día, ante las cuarenta y ocho horas de quejas previas, esa tarde cuando llego de trabajar mi padre me sorprendió con un pequeño libro de brillantes tapas negras que sujetaba entre las manos.
—¿Te acuerdas de eso, papá?
—sí, lo recuerdo perfectamente, —me contestó—
—¿Pues sabes una cosa? en ese momento cambiaste gran parte de mi vida, me abriste la ventana para sacar a pasear la imaginación.
—Con agrado dibujaba una sonrisa y asentía con la cabeza—
No parecía que hubieran pasado tantos años sin vernos, era como si el paréntesis de mi vida no hubiera existido nunca.
Al acercarme el libro, el título me llamo considerablemente la atención, «Juan Salvador Gaviota». Pero fue al hojearlo cuando desprendió en mí una fragancia maravillosa. En ese momento la magia de la literatura que tenía entre las manos comenzó a instalar su elixir en mi interior. Nada tenía que ver con el olor rancio de los cansinos libros de texto que tanto tenía que cuidar según mi madre. No había llegado a leer la segunda página cuando el hechizo de la lectura obró un nuevo milagro, las letras pasaban a ser imágenes vivas en la retina, sorprendido y sin mover un musculo había huido del sillón para ver y vivir las secuencias que sucedían dentro de la narración, hasta el jersey marrón con chorreras parecía haber recuperado el buen patronaje sobre mí torso.
Siempre me he preguntado, que era curioso que el primer libro que cayó en mis manos me hiciera sentir tan identificado con el protagonista. Como él, toda la vida he querido volar muy alto, muchas veces vuelos con el rumbo perdido buscando mi sitio, quería encontrar la paz y la libertad, encontrar mi lugar a pesar del riesgo a una caída brusca contra el oleaje de la realidad, contra la cual choqué muchas veces. Otros libros vinieron a lo largo de la vida, muchas palabras pasaron por mis ojos estos años, pero nunca más volví a ver una letra, leía desde la ventana que asoma al horizonte de la libertad.
Y así, como la pequeña gaviota después de tantos años remontado el vuelo para después caer y seguir intentándolo infinidad de veces. Es ahora en el punto final de la vida y del inicio de la eternidad, y con mi visión alejándose de la camilla rodeada de tristeza, los llantos contrastan con la alegría del vuelo, el gozo de volar junto a él, junto a mí padre, de alcanzar juntos la suficiente altura para no volver a caer jamás del sueño en el plano eterno.

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