Naufragio Crónico

Naufragio Crónico

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La inhóspita desolación de no saberte,
el insoportable anonimato del silencio
y la autista fiereza de las soledades,
carcomen como larvas capilares mis pies
erosionando gravemente mis sustentos.
La ausencia se apersona brutalmente
en el insufrible territorio del jamás.
Ya no hay palabras con que invocarte
ni algarabías que despierten tu júbilo,
el lenguaje agraviado es indomesticable,
vuelan ateridos los vocablos cálidos,
el ritual del amor se ha gangrenado,
ha perdido sus signos, las voces y su vértigo.
No hay promesa posible en ningún gesto
y han desertado las caricias por olvido,
los despojos del día se acumulan graves,
los sueños no convidan ninguna revelación,
huérfanos los cuerpos se marchitan.
Y deambulan secos y deshabitados
a un naufragio crónico, a una muerte anticipada.

SOLEDADES

SOLEDADES

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Se necesita un acicate para que el monstruo soterrado de las palabras vocifere verbos, latidos sin dolencias. Y expela rugidos que atraviesen la noche escueta, con vocablos paridos de las grietas oscuras del insomnio.
Y amorosamente lama mi página resquebrajada por falta de tu humedad.
Necesito un apuro antes de que llegue el alba, y la noche no haya resuelto sus entuertos.
Un acopio de palabras insurrectas, antiguas e inauditas, que se amotinen transgresoras del desasosiego náufrago que no encuentra espejo en las pupilas.
Un consuelo sin lástimas que suture los boquetes del infierno y del deseo postergado e indomable.
Un preludio que arda en la exacerbación del descuido y sus derrumbes,
para dar un vuelco esperanzador y reinventarse en los sueños.
Un verbo denso e inagotable, atroz en su pertinencia, que invoque sólo y nada más, tu sutil presencia lastimada por esta soledad invencible.

Entre certezas y soledades

Entre certezas y soledades

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Tengo una alma constante
aderezada con salsita de hambre
que busca las certezas de la humildad
y el manso sosiego de las soledades.
Habitante de la luz que emanas,
huésped de un cuerpo magro
al que le reconoce sus fatigas;
se reinventa con el sol,
colecciona atardeceres, lluvias,
lo mismo que aromas de azahares
y cúmulos del cielo azul,
en el cuenco de mis manos
para los días de pena,
menores desde que tengo un perro,
que también reconoce mis fatigas,
y homenajea con el difícil arte de la espera.
Y nunca ve más verde el jardín del vecino
porque sabe que la ventana es nuestra.
Compañero de nubes, apegos y tardes solitarias,
presiento que tiene un corazón lunar
donde una estrella titila
sobre su borde más cercano.
Se acerca al alma mucho a mucho…
Y a mi poco a poco,
para no sobresaltar un corazón
que construye sobre escombros y soledades.
Soledades
disueltas en el profundo silencio
de la tarde desvaída.
Ahí encuentra calor y se reencuentra
como quien se mira atento en el espejo.
En el inmenso abrazo de un cielo rojo
donde se refleja la grandeza de los sueños.
Y la voz de un Dios piadoso que reclama:
Dejad que se acerquen más los perros.

A la vera del olvido

A la vera del olvido

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Ahora, que el silencio…
colgado de las estrellas,
golpea la noche sin ti,
no será el fuego testimonio
ni podrán las tórtolas cantar
en el incendio de la aurora.
Vienen rayos aleteando en el horizonte
con un clamor de lluvia.
Y las hojas lloran la benevolencia del cielo,
los árboles pernoctan a la vera del olvido.
Y gimen los versos maduros de sol,
no puede el dolor cantar su hambruna,
ni musitar fados los poetas ultramarinos
en cualquiera de las lenguas romances.
Saramago desterrado, me mira nostálgico
una mañana a la orilla del Guadalquivir,
un sueño vago se muere por vivir,
nada es lógico ni tangible,
todo es sórdido y amargo,
desde que faltas en mi…
La ceguera es un fardo.
Me han contado las nubes de tu ausencia.
Y el río se despeña en saltos agónicos
porque añora la orilla sin tus pasos.
¿A dónde irá la luna triste, y sin ti?
aquella luna de lluvia y solitaria,
que te regale una noche de octubre,
ya no hay canto que la alcance
ni sueño que la imagine,
nada queda bajo el tropel del desasosiego
sólo letanías y reclamos moribundos.
Un silencio espeso, derrumbado
sin algarabías que acicateen la tarde,
en los soportales de la muchedumbre
el vino sabe a lejía y las miradas a nadie.
Mustio de soledades me olvida la lumbre.

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